Culiacán

Historias de histeria | Muerte al perro

En la noche se alcanzaron a oír unos gritos, era un llanto de desespero, los otros vecinos habían ido a tocar a la puerta de Magali.

En la ciudad de Culiacán, los altos niveles de violencia han propiciado una grave descomposición social que se traduce en hechos que parecen sacados de relatos de terror, relatos que han trascendido la fantasía y se han convertido en el día a día de los habitantes de la urbe. En historias de histeria hacemos un recuento de aquellos sucesos que nos hablan de la necesidad de emprender acciones para devolver la paz y tranquilidad a todos los culichis.

Diana tenía la manía de escuchar música a todo volumen en el departamento que rentaba en  un pequeño complex de Stanza Florenza, era muy agresiva con el resto de los vecinos, lo digo porque la conozco, solía invitarme los jueves cuando iban sus amigos a echarle la vuelta y pistear.

Yo vivía en el departamento de al lado y confieso que le dejaba pasar muchas cosas, aunque era muy ruidosa, también era la vecina más ordenada, sacaba la basura en tiempo y forma y siempre barría la parte de enfrente de mi departamento y el de Magali, la otra vecina.

Magali es más brava, es muy descuidada, aunque siempre se está quejando del ruido, cuando no lo provoca ella. No se lleva nada bien con Diana, principalmente por las fiestas, no le gustan las reuniones.

De un tiempo para acá Magali había agarrado la maña de llevar a su perro a defecar a la parte de enfrente de nuestros departamentos, también lo soltaba para que regara la basura, sabiendo que Diana está muy obsesionada con la limpieza.

Cuando Diana llegaba de la escuela veía toda la basura regada y se ponía de inmediato a limpiarla, Magali salía a reírse de ella, disfrutando la escena. Los otros vecinos luego le contaban que había sido Magali y Diana corría a mi departamento a decirme que ya estaba harta que se las iba a pagar.

Ese martes no pasó la basura y cuando Diana se bajó del autobús alcanzó a ver el desorden frente a su departamento. Estaba sumamente molesta, pero se puso a recoger la basura, rápidamente.

Al otro día sucedió, llegó de la universidad y miró la basura regada, pero esta vez no la limpió, la dejó ahí, incluso pateo algunas cosas, se rio con malicia y entró a su departamento.

En la noche se alcanzaron a oír unos gritos, era un llanto de desespero, los otros vecinos habían ido a tocar a la puerta de Magali, que desesperada salió con su pug muerto en brazos. Se lo habían envenenado.

Diana corrió a mi departamento a contarme lo que había hecho, le había puesto veneno, a unas salchichas viejas que había tirado y embolsado perfectamente ese día que recogió la basura. Yo me quedé mudo, sabía que no había hecho bien, pero también entendía su hartazgo.

No me quise poner de ningún lado, pero me pesó demasiado la muerte del perrito.

Al otro día por la mañana Magali esperó a que Diana saliera de su departamento muy temprano para irse a la escuela cuando la abordó, la tomó del cabello y la estrelló contra el poste de luz más cercano.

Un pequeño grupo de vecinos acudió al lugar, pero nadie hacía nada.

—Tú me lo mataste — Le dijo Magali.

—Yo nada más tiré lo que ya no me servía, para qué no cuidas bien a tu perro — Le respondió Diana.

Se dijeron una sarta de insultos pero ya no pelearon.

Magali le dijo que se las iba a pagar y Diana solo le sonrió sin saber lo que pasaría.

La estudiante se fue del lugar casi de inmediato y duró todo el día pensando en lo sucedido.

Por la tarde cuando ya descansaba en su departamento, escuchó unos golpes en la puerta.

Salió rápido a ver y en cuanto giró la perilla entraron dos hombres a su departamento, uno la tomó a la fuerza y otro comenzó a hacer destrozos en su departamento. Todo pasó en menos de 15 minutos, la sala y la cocina quedaron completamente destruidas. La soltaron y le dijeron que se fuera, que ya no la querían en el barrio.

Se fueron y Diana se quedó llorando ahí sola. Cuando llegué alcancé a ver lo que había pasado al interior del departamento y corrí a ver a Diana, como pude la consolé y empezamos a limpiar los destrozos, mientras me contaba lo que había pasado.

Al otro día, cuando regresé del trabajo, Diana fue a tocar mi puerta para despedirse, había tomado la decisión de mudarse con una amiga suya cerca del centro. Me dejó un par de cuadros que siempre me habían gustado de su departamento y se fue en la camioneta de uno de sus amigos de la Uni que le había hecho el favor de acompañarla en la mudanza. Todo mientras Magali veía la escena desde su ventana.

¿Será que la constante exposición a hechos de violencia, narcotráfico, corrupción e impunidad y muchos otros más que ocurren constantemente en Culiacán y Sinaloa empiezan a afectar el correcto funcionamiento de la psique de los sinaloenses?

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