Ciudadanía

Un Grito para los 500 de abajo

Es un Grito para 500 invitados. Todos acomodados en sillas sobre la explanada. Todos sentados: abuelos, jóvenes, madres, niñas, niños. Veintidós filas de por 22: 484 invitados del pueblo, de las colonias.

Y la manchita azul, el hombrecito que apenas se ve desde el centro de la explanada del Palacio de Gobierno acaba diciendo los tres vivas a México.

Pero no se detiene ahí. Sigue. “¡Viva Sinaloa!”, dice. Y por último suelta la cantaleta de su gobierno: “¡Puro Sinaloa!”.

Antes, en el discurso de los héroes que dieron patria y libertad, el hombre del traje azul había vociferado: “¡Viva el personal de Salud de Sinaloa!”.

La mezcla del héroe patrio con médicos, enfermeras y enfermeros que combaten a la pandemia del Covid-19 en los hospitales de la entidad, fue novedad en el rompimiento del protocolo del 15 de Septiembre.

El personal de Salud de Sinaloa. Ese que cuelgan mantas en los puentes peatonales. Ese que va a la Catedral a dejar escritos de inconformidad. Ese que aquí trabaja bajo protesta porque se dice abandonado en la lucha por el gobierno estatal y el federal, y por las malas decisiones en el manejo de la pandemia. Ese que dice que no hay apoyo oficial para enfrentar al Covid-19.

Porque mientras los gobernantes lanzan vivas a la patria, la pandemia suelta mueras en todos lados. En Navolato y Culiacán. En Ahome, Guasave, Angostura. En Salvador Alvarado y Mocorito.

Entonces el hombrecito que apenas se mira desde el centro de la explanada tira de una cuerda para hacer sonar la campana. Ondea la bandera que un soldado le ha dado en un lugar inaccesible para los 500 asistentes de acá abajo. Los invitados del pueblo.

Se escucha otro grito, la casi ofensa para algunos y la payasada para otros: “¡Viva Quirino!”. Y los paleros de arriba, los del balcón, los cercanos al poder, aplauden la desmesura.

ANTES DEL GRITO

Sobre el oscuro escudo de Sinaloa la campana aguarda en silencio, muda. En el balcón del Palacio no hay prisa para el Grito. Parece todo listo para una fiesta cualquiera, no para un Grito.

Es un Grito para 500 invitados. Todos acomodados en sillas sobre la explanada. Todos sentados: abuelos, jóvenes, madres, niñas, niños. Veintidós filas de 22 espacios cada una: 484 invitados del pueblo, de las colonias.

Casi todos traídos en camiones conseguidos por el Gobierno de Sinaloa. La gente platica desde sus sillas, a distancia. Habla alto para escucharse, para que las voces superen los dos metros que le separa y que puso de moda la pandemia. Habla por celulares que les iluminan las caras. Comen frituras. Algunos niños se aburren. Hay sillas apartadas con botellas de agua.

Escuetas filas de invitados se deshacen por los costados de la explanada. Y un asta bandera sin bandera, siendo un tubo, una antena, la versión solitaria del “palo encebado” de los viejos festejos en las rancherías.

Policías estatales apostados por la Insurgentes, por la Lázaro Cárdenas. Dos puestos de auxilio sin apremios. Paramédicos estirándose, sacándose la modorra. Patrullas en paz, ambulancias adormecidas.

No hay tumultos ni apretujones. La gente se pone a la moda de la pandemia con cubrebocas sonrientes, de tela, de un solo color, de marcas deportivas, tantos sucios por el uso.

Un 15 de septiembre inolvidable por inédito, como aquel 17 de octubre de 2019.

UNA DESPENSA PARA MI ABUELA

Mercedes pregunta por un Oxxo, una tienda abierta. Quiere comprar algo para comer. Llegó a hace más de hora y media, a las 20:30. Ya tiene un chingo hambre. Eso dice.

Por los alrededores de Palacio no hay puestos de antojitos mexicanos ni comida chatarra. Fueron prohibidos por las autoridades de Salud como medida preventiva para evitar contagios. Aunque si Mercedes caminara por la Lázaro Cárdenas hacia “La Canasta” encontraría la carreta de esquites de don Rosario pegada a una de las vallas de seguridad; aquel viejo de manos rápidas ante los pedidos es el único vendedor ambulante a un kilómetro a la redonda de la fiesta del Grito.

Mercedes también dice que está aquí porque su abuela no puede caminar. Iba llegando de su trabajo cuando le pidieron que fuera al Grito. Había camión de ida y vuelta. Aceptó a petición de su abuela.

“Me mandó mi abuela porque no puede caminar. Me dijo que le iban a dar una despensa. Ándale ve… Y me vengo… Me ando muriendo de sueño. Ya la apuntaron. Si no se la dan va a venir a reclamar”.

El año pasado estuvo aquí mismo. Vino a ver a la MS, la bandona. Su favorita. Y hasta en una loquera, dice, se subió al escenario. Se tomó fotos con todos los de la MS. No lo olvida. Fue otra cosa. No esta cosa de hoy. Tan sin chispa. Tan sin chiste.

“El año pasado no podíamos ni caminar. Estaba tupidísimo. Me subí al escenario. Me apostaron que no me animaba. Aah cómo no, les dije. Y me gané mil pesos”.

Ahí guarda las fotos con sus héroes de ese grito que sí fue grito.

EL CASTILLO PURO SINALOA

“¿Verdad que no va a haber cuetes?”, pregunta Verónica por celular. Luego mira a su alrededor, busca. “Aah sí, un castillo nomás veo yo. Estamos todos sentados. Hay como unas 300 sillas”.

En una de las esquinas, cerca de la estatua a Carranza, está la pirotecnia. Es el castillo encontrado por Verónica. Está apagado. En unos minutos más lo encenderán y aparecerá la matraca del actual gobierno: Puro Sinaloa.

Nadie sabe de más pirotecnia. Nadie sabe si a ciencia cierta si habrá cuetes. Esa es la expectativa de este grito para 500. Un grito que conmemora la libertad, la independencia de un país. Un país ahora encerrado, acorralado, metido en casa por una pandemia que le ha matado a más de 70 mil personas (casi 3 mil en Sinaloa).

Por eso hoy 15 de Septiembre de 2020 no hay fiesta. Por eso hasta doña Antonia no espera gran cosa y mata el tiempo revisando su celular. Solo espera que salga el gobernador, cumplir, subirse al camión de regreso a casa para que no se le haga más noche.

Luz está en las mismas. Es la única entre los 500 invitados que carga tres globos marchitos: verde, blanco y rojo. Muy patriota ella. Mexicana que se maravilla con los adornos colgantes en la explanada del Palacio donde no tarda en aparecer el junior hotelero que llegó a gobernador.

Luz batalla a su nieto. Lo trajo para que supiera de Historia, de los “héroes esos”. El chamaco tiene hambre y casi llora de aburrimiento. También llevan aquí más de hora y media, escuchando una música instrumental que alarga la espera de esta gente que preferiría otra cosa, algo del pueblo.

LOS VIVAS

La corneta pone serios a todos. Vienen las notas del himno nacional. A levantar la cara. A voltear al balcón, donde está la campana muda, donde ha golpeado la luz del reflector.

Los fotógrafos se arremolinan. El balcón revienta de flashazos.

“Allá arriba qué estarán diciendo: saludos a todos los mortales”.

“… Viva Hidalgo”, gritó el hombre de azul desde el balcón del segundo piso.

“Viva”, respondieron a coro los de abajo.

“Viva Morelos”.

“Viva”.

“Viva la Corregidora Josefa Ortiz de Domínguez”.

“Viva”.

“Viva Allende”.

“Viva”.

” Viva Aldama”.

“Viva”.

“Viva Matamoros”.

“Viva”.

Se acaban los héroes. Se acaban los vivas. Llega el repique de la campana. Alguien da la orden y aparecen los cuetes. La pirotecnia hace lo suyo. Lo que muchos estaban esperando.

Y el olor a pólvora invade la explanada, llega al Palacio, trepa al tercer piso. Sigue la tracatera. El grito se apaga.

Los 500 invitados se levantan. Caminan en busca de los camiones. Van de regreso a casa. En menos de tres minutos la explanada se vacía. Culmina la fiesta aunque aún queda la peste a pólvora, la peste del Covid-19.

El balcón se oscurece y el hombrecito de traje azul que se ve desde el centro de la explanada ya se fue.

Nadie ha vuelto a gritar viva Quirino. Se acabaron los valientes por aquí. Nadie se atreve a la vacilada ni a la desproporción.

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