Historia

Derribar estatuas | La historia no es un cuento de heroes contra villanos

Los gobiernos han reproducido la Historia de México de una forma dicotómica y polarizante. Es decir, esa práctica de crear héroes y villanos para cada periodo de la historia de nuestro país. La constante alusión de liberales contra conservadores en el discurso oficial actual es un claro ejemplo de esto.

Luego del brutal asesinato del ciudadano afrodescendiente, George Floyd, a manos de un policía en la ciudad de Minneapolis el pasado 25 de mayo, dentro las múltiples protestas e impulso del movimiento antirracista se encendió un estímulo pasional por derribar monumentos y estatuas de personajes históricos considerados esclavistas por los manifestantes.

Este tipo de manifestaciones no es nada nuevo y se enfoca principalmente en evitar o ir en contra de la exaltación de ciertos periodos de la historia que no tienen nada de conmemorativo desde el punto de vista de ciertos sectores.

Sin embargo, este tipo de expresiones surgen principalmente por grupos de la sociedad civil que se sienten ofendidos o excluidos de las decisiones públicas pensando que de esta forma “borrarán la historia” y así lograrán eximirse de un pasado de opresión.

Lo anterior sale a relucir luego que el último caso de furia iconoclasta se suscitó días previos al 12 de octubre, efeméride que hace alusión al Día de la Raza en conmemoración de la llegada del navegante Cristóbal Colón al territorio que hoy es América en 1492. En redes sociales comenzó a surgir una campaña que invitaba a derribar la estatua de dicho personaje ubicado en el Paseo de la Reforma en la Ciudad de México.

En vísperas de este día se observaba como muchos usuarios señalaban a Colón no como un descubridor, sino como un asesino, un conquistador genocida, violador; y que por lo tanto, el 12 de octubre no había nada que celebrar. Al subir de tono la conversación pública en la esfera digital, el gobierno de la CDMX decidió remover la estatua con el propósito de “restaurarla de manera profunda”, lo que significaría que su ausencia en su recito original podrá prolongarse por algunos meses.

Al mismo tiempo de haber tomado esta decisión la jefa de gobierno, Claudia Sheinbaum, hizo un llamado a historiadores y a la ciudadanía en general sobre la permanencia de este monumento:

“A lo mejor valdría, ahora que se está restaurando, una reflexión colectiva de qué representa, sobre todo hacia el próximo año: los 700 años de la fundación lunar de Tenochtitlan, 500 años de la Conquista, 200 años del México Independiente y esta visión que todos aprendimos del descubrimiento de América, como si América no existiera antes de que llegara Colón”, expresó.

Derrumbar monumentos de este tipo sin lugar a dudas significa cierto desahogo simbólico de traumas colectivos, no obstante, también es importante analizar que los estudios históricos contemporáneos no parten de la vieja visión de que los actores de los acontecimientos pasados se dividen en buenos y malos.

Al llamado explícito de la jefa de gobierno de la CDMX cabe resaltar que quizás el problema en este tipo de debates públicos, mucho tiene que ver la manera en que los gobiernos han reproducido la Historia de México de una forma dicotómica y polarizante. Es decir, esa práctica de crear héroes y villanos para cada periodo de la historia de nuestro país. La constante alusión de liberales contra conservadores en el discurso oficial actual es un claro ejemplo de esto.  

En cuanto a las estatuas o monumentos en los espacios públicos cabe resaltar que su función social principal es preservar la memoria que el Estado está obligado a proteger. Borrar el pasado tajantemente puede conllevar a otro tipo de problemas.

Pero esto no debe confundirse con una postura en contra de las expresiones que gustan de intervenir este tipo de obras públicas con el fin de resignificar nuevas coyunturas políticas como se ha visto recientemente con los movimientos feministas.

Por otro lado, cabe aclarar que el viejo debate en torno al “descubrimiento” y consecuente conquista de América es un tema ya resuelto para la comunidad académica, por lo menos en México. En efecto América no fue descubierta: fue inventada. Esa es la narrativa del reconocido historiador Edmundo O’ Gorman en su obra clásica La invención de América, libro publicado en 1958.

Así, tal vez una propuesta pedagógica positiva en torno al tema podría ser hacer este tipo de obras especializadas más accesibles para todos los sectores de la sociedad, en especial para aquellos que se aferran en borrar los símbolos de un pasado doloroso: Ignorar la historia, con el riesgo repetirla que conlleva el olvido.

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