Ciudadanía

“Estoy cansada de temer por los míos”, una madre recuerda el terror del Jueves Negro

Mi instinto de mamá protectora me obligaron a convertirme en control de mando y darle instrucciones: no regreses por el celular, mantente agachada todo el tiempo, observa rutas de escape por si alguien entra, mantén la calma, te amo…

NOTA DEL EDITOR: El texto reproducido a continuación se trata de una reflexión viva escrita por una madre culichi respecto a los eventos violentos que sucedieron hace un año, durante el llamado Jueves Negro. Al darle voz, ESPEJO busca acercar las reflexiones ciudadanas de cara a este suceso que aún sigue vigente en la psique de los culiacanenses.

Parecía un día normal. Mucho tráfico en la mañana, los automovilistas pitando el claxon antes de cambiar al verde del semáforo, niños con uniforme escolar en los asientos traseros y la sensación de prisa que siempre traemos en este rancho grande, como en las grandes ciudades.

Alrededor de las 3 de la tarde un mensaje de Whatsapp de número desconocido rompió mi cotidianeidad, – mami, estoy bien, hay balacera afuera del sushi pero estamos encerradas en la bodega -. Le marqué de inmediato al número ajeno, se escuchaba tranquila – ¿por qué no me mandaste mensaje de tu teléfono?- le pregunté. – Es que cuando empezó la balacera lo dejé en la mesa- me dijo.

Mi instinto de mamá protectora me obligaron a convertirme en control de mando y darle instrucciones: no regreses por el celular, mantente agachada todo el tiempo, observa rutas de escape por si alguien entra, mantén la calma, te amo. Pongan a cargar el celular de tu amiga, ve si alguien necesita ayuda, abraza a quien lo necesite, no te expongas; como buena culichi que sabe en teoría lo que debe hacerse en esos casos.

Como fiera herida con cachorro en peligro exclamé – un chigadísimamadre – en voz alta. Mi tía asustada me preguntó qué pasa, le mostré el mensaje del celular. Había llegado a su casa de pasada por un encargo de mi madre pero me entretuve comiendo y platicando. Ella, con su templanza habitual me dijo que no me preocupara, que seguro todo pasaría rápido.

Le mandé mensaje a un amigo periodista – ¿qué está pasando? – le pregunté. “Hay un desmadre, no salgas para nada, voy llegando a la procu, esto parece una película de guerra”. Mi hija está en el Sushi Factory – le dije -. Exploté, se me salieron las lágrimas, sólo alcancé a decirle: por favor cuídamela (como si pudiera) pero de alguna manera saber que él estaba ahí me daba cierta tranquilidad, sabía que me mantendría informada con la verdad, confío en él como no confío en las autoridades.

Entré a Twitter para ver el panorama virtual, me asusté mucho, una amiga y compañera de trabajo que vive en el centro nos decía por un grupo de Whatsapp que acogió a personas en su casa, que la balacera se escuchaba horrible, que los balazos seguían. Vi un video de una camioneta con rótulo de Telmex que traía una metralleta en la caja, como los tanques de guerra; hombres de negro, algunos con pasamontañas, otros con su típico aspecto buchón con barba de candado y gorras a las que no les quitan el interior de cartón para que sigan viéndose cuadradas.

Yo estaba al otro lado de Culiacán, ahí la vida seguía su ritmo normal, no se escuchaban balazos ni sirenas. Subí a la terraza para ver el panorama en la vida real. Me sentí en Irak o en Siria o en cualquier otro país en guerra, de esos del medio oriente, se veían nubes de humo negro hacia el norte de la ciudad, como en los noticieros y en las películas de esas tierras tan lejanas. Allá arriba en lo despejado, alcancé a escuchar las ráfagas de las metralletas.

Otra vez se me reventó la burbuja en la que a veces trato de sumergirme para no recordar la realidad en que vivimos. Ese día marcó un hito, “los malos” mandan y están dispuestos a matar y morir por rescatar a líder. Desde hace años siento que vivimos en una sociedad enferma. Esa enfermedad se llama NARCOCULTURA y ya nos rebasó, se volvió aspiracional y un modus vivendi, hasta quienes no son narcotraficantes o trabajan directamente con ellos ostentan una actitud prepotente y acelerada.

No es la primera vez que nos toca vivir algo así, en el 2008, cuando atraparon al Mochomo, mi hija y yo estuvimos encerradas en un clóset mientras ejecutaban personas en los alrededores de donde vivíamos – ¿mami, nos van a matar? – me preguntó mi hija quién en aquel entonces tenía 10 años, era una niña y yo estaba emperradísima pensando que ningún niño, ningún ser humano debería de vivir algo así. Pero esta es nuestra realidad, como diría Cristina Pacheco “aquí nos tocó vivir”. No termino de acostumbrarme, no quiero acostumbrarme a vivir así, estoy cansada de temer por los míos.

Pasaron las horas, veía los acontecimientos por redes sociales, yo me sentía como fiera enjaulada, no podía dejar de pensar en mi hija. Temí no volver a verla, le envié un nuevo mensaje: hija te amo mucho, al rato nos vamos a abrazar. Fue horrible esperar a que pasara todo. Intenté mandarle mensaje a mi amigo, no le llegaron, le marqué, entró buzón directo, sentí que mis piernas eran como tiras de trapo, endebles.  Empecé a sudar helado intentando mantener la calma. Me marcó como a los 15 minutos desde otro número – dile a tu hija que se salga y camine una cuadra por la Josefa rumbo al Botánico, aquí la voy a esperar, intenté llegar caminando pero no pude. No me dejaron pasar hacia allá. Acaban de dar toque de queda a las 7 PM – me dijo.

Se me salía el corazón, mi cabeza estallaba – pero ¿es mejor que salga y camine o que se quede encerrada? dime la verdad – dije entre sollozos… – cálmate, respira, esto puede durar días o ponerse peor, dile que salga y corra sin voltear a ninguna parte solo hacia el carro, dame su número, le voy a marcar – me dijo.

Hablé con mi hija y le di las instrucciones: salgan y corran directo al carro, mi amigo las espera – mamá ya vente a la casa tú también, habrá toque de queda y no quiero que estés lejos, ya quiero vernos – me dijo en tono tranquilo. Tracé la ruta en mi mente para evitar avenidas principales, me despedí de mi tía quién me preguntaba si estaba segura de salir a la calle – ya quiero ver a mi hija y a mi mamá, quiero llegar a mi casa – y salí corriendo al carro. Llegué muy rápido, le dije a mi amigo que me esperara, dijo que tenía que seguir trabajando, yo sólo quería agradecerle con un abrazo enorme el recoger a mi hija y a mi mamá de camino, por llevarlas a casa.

Llegué a casa, abracé a mi mamá en el comedor, estaba muy tranquila, siempre me ha dado pendiente que no le tenga miedo a nada. Corrí a abrazar a mi hija y solté el llanto pero ahora de felicidad de volver a verla, de abrazarla, de sentirla respirar. Su rostro denotaba paz pero sentí su abrazo fuerte y amoroso, como cuando las personas se reencuentran después de mucho tiempo de ausencia.

El trayecto a casa me pareció surrealista, la gente andaba como si nada caminando en las banquetas, echando chisme. Había poco tráfico pero al pasar por el puente de la Aquiles Serdán vi las manchas de los coches quemados y todavía se observaba humo. Sentía miedo de andar en la calle pero era más mi anhelo de abrazar a mi hija y a mi madre.

Agradezco haber llegado bien a casa, sin embargo, pienso que Culiacán no ha tenido paz desde que tengo memoria, vivimos en una falsa sensación de tranquilidad porque no somos Ciudad Juárez o Nuevo Laredo o cualquier otro lugar donde la guerra entre cárteles haya sido constante y evidente.

Aquí sabemos que nos “cuidan” los merosmeros y a veces hasta les aplaudimos cuando hacen limpia de ratas y/o asaltantes. Sentimos que podemos andar en la noche como si nada porque no es la CDMX donde es probable que te asalten en cualquier esquina. Pero no, aquí no vivimos en paz, los culichis que no tenemos nada que ver con el narco directamente ni nos apasiona la narcocultura sabemos que cualquier día podemos salir a la escuela o al trabajo y no regresar. Al menos yo, así lo siento.

Y no, no ha vuelto la paz a Culiacán. Mi rancho no conoce la paz, sólo conoce la simulación de las autoridades, la corrupción imperante y la narcocultura que ya nos rebasó pero también conoce la resiliencia. También cuentan las historias como la de Liliana que acogió a desconocidos en su casa, como la de un señor que cargaba en brazos a la hija de una señora (que vi en redes sociales), como la de mi compa que sacó de la zona de guerra a mi hija  y como la de muchos “los otros culichis” los que no adoramos al narco, ni creemos en Malverde, ni vemos narcoseries, ni nos emociona salir a la calle a festejar porque soltaron al hijo del Chapo. 

Y no soy ciega; conozco otras realidades diferentes a la mía. Entiendo que la juventud está expuesta a demasiada apología a los grandes narcos, la reproducimos en las narcoseries, en los narcocorridos, en las redes sociales y hasta en nuestro comportamiento acelerado y violento. Y puedo ver que para algunos jóvenes; sobre todo donde la pobreza y el hambre se respira en el aire, es una salida aparentemente fácil. O no tanto pero están dispuestos a pagar con su vida el ganar unos cuantos miles de pesos para ayudar a su familia a salir adelante. El hambre es cabrona y la falta de oportunidades y opciones le abonan a la “salida fácil”. Y lo siento aunque nunca haya sufrido tanta carencia.

También he conocido en el camino a jóvenes que no tienen carencias económicas, sin embargo les deslumbra la vida de lujos y excesos y anhelan sentir la adrenalina de ser un buchón acá, de los grandes. Y creo que tal vez están conscientes de que es casi imposible, pero igual están dispuestos a pagar con su vida y la de los suyos el probar un rush más fuerte de adrenalina, de emoción.

Quiero creer que es porque vivimos anestesiados, como animales heridos rumiando el dolor que traemos dentro, sobreviviendo y resistiendo para sentirnos aunque sea un poquito vivos.


Quiero creer que somos más los otros, aunque después de ver las redes sociales el pasado 17 de octubre de 2019, ahora llamado Jueves Negro, tengo mis dudas. Esta ciudad está enferma, hay mucha gente enferma; de poder, de ambición, de idolatración a falsos robinjuds, de creencias rancias, de creer que unos son los buenos y los otros los malos cuando en realidad todo está revuelto, y todos navegamos en este barco, en esta ciudad. Todos somos navegantes de este mar al que llamamos mundo. Todos tenemos derecho a vivir una vida digna, libre de violencia y aunque suene a cliché: a vivir en santa paz.

Anhelo con todo mí ser que llegue el día en el que todas las personas vivamos con los mismos derechos. Nada del otro mundo, simples y sencillos derechos humanos básicos como el acceso a una vivienda digna, acceso al alimento tanto del cuerpo como del alma. Comida, educación, cultura, música. Mucha música que nos alegre el corazón. Que construyamos todos juntos una sociedad más justa.

Pero primero lo primero, empecemos en casa. Nos invitó a observarnos, que nos demos cuenta de qué ejemplo les damos a nuestros hijos y actuemos congruentemente con la palabra. No nos queda de otra, sembremos amor y compasión y así, pian pianito (como diría mi abuela) cosecharemos lo mismo.

Que la paz y la serenidad iluminen nuestras vidas, todo estará bien.

Nos invito a sacar la casta, lo mejor de nosotros.

¡A ponernos las pilas!, que cuando escuchen de nosotros los culichis en otros lares, sea sinónimo de gente luchona y trabajadora, solidaria y cálida. Sí que lo somos.

ILIANA MEXÍA, MADRE CULICHI.

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