Seguridad

Introducción: Reconsiderando el festín interpretativo

¿Qué tenía de excepcional el 17 de octubre, en concreto? ¿Cómo se verían las secuelas de aquel día? Entre tantos comentarios, destacaron tres interpretaciones principales.

Por Philip Johnson

Hace un año, la ciudad de Culiacán —capital del Estado Mexicano de Sinaloa— presenció un enfrentamiento violento entre sicarios y agentes de seguridad. Los sucesos se publicaron en las portadas de los medios de comunicación, tanto nacionales como internacionales, a la vez que provocaron un frenesí de comentarios y análisis.

Para conmemorar el aniversario, esta colaboración entre el Noria Research Mexico and Central America Program (El Programa de Investigación Noria sobre México y Centroamérica), el Mexico Violence Resource Project (El Proyecto de Recursos sobre la Violencia en México) y la Revista Espejo vuelve a contemplar los hechos del 17 de octubre, para volver a examinar los acontecimientos y sus interpretaciones. En los análisis que se presentan a continuación, los investigadores, periodistas y ciudadanos de Culiacán hacen una reflexión sobre lo sucedido en aquella ciudad, su por qué y sus secuelas. 

¿Qué sucedió el 17 de octubre?

Durante las tempranas horas de la tarde del jueves 17 de octubre, las fuerzas de seguridad rodearon a una gran casa en la colonia de Tres Ríos, Culiacán. Los agentes detuvieron a Ovidio Guzmán, uno de los hijos de Joaquín “El Chapo” Guzmán, un miembro del Cártel de Sinaloa de alto rango. Los sicarios del cártel respondieron de inmediato, tomaron las calles y libraron una serie de enfrentamientos contra las fuerzas de seguridad en Tres Ríos y otras zonas.

La respuesta del cártel frenó toda actividad en la ciudad. Los hombres armados iban en camionetas, tomaron el control de puentes y sitiaron las vialidades principales de la ciudad. Detuvieron camiones y autobuses por la fuerza, los vaciaron y les pusieron fuego en las encrucijadas de la ciudad, produciendo grandes columnas de humo. Las personas que se encontraban en restaurantes, supermercados y gasolineras se tiraron al suelo o corrieron para resguardarse, mientras que los sicarios y soldados se dispararon entre sí. 

Guzmán permaneció detenido en un lugar desconocido mientras que la violencia empeoraba en toda la ciudad. Los reclusos de la Prisión Aguaruto de Culiacán subyugaron y desarmaron a los carceleros. 55 prisioneros se escaparon. Con los puntos estratégicos de la ciudad bajo el control de los sicarios, los refuerzos militares no pudieron entrar a la ciudad. Un convoy de sicarios se apoderó de una unidad residencial de las familias de los soldados y tomaron a algunos rehenes. Bajo la creciente presión, las fuerzas de seguridad liberaron a Ovidio Guzmán. Según el conteo oficial, unas 13 personas murieron durante la violencia.

En su momento había poca claridad con respecto a lo que sucedía en Culiacán. Las imágenes y videos se difundieron a través de las redes y corrieron los rumores. Surgieron versiones contradictorias sobre quién había sido detenido y por qué, además de quién había iniciado la violencia. La secuencia y la explicación de los eventos se esclarecieron unos días después.

En su conferencia de prensa de la mañana del 18 de octubre, el Presidente López Obrador declaró su apoyo a la decisión de liberar a Guzmán (posteriormente, reconocería que él mismo dio las órdenes de liberarlo). En una afirmación que se difundió ampliamente, declaró que “no puede valer más la captura de un delincuente que la vida de las personas comunes”. Otros detalles surgieron después. La DEA había solicitado la extradición de Guzmán, y durante los días anteriores a su captura, los oficiales de seguridad de México y los EEUU viajaron por el Estado de Sinaloa. El operativo militar que detuvo a Guzmán era pequeño y, al parecer, poco preparado para la acción.

FOTO: Héctor Parra.

Interpretaciones del 17 de octubre

El alto drama que se desenvolvió, de manera intensa, en las redes sociales aquel día provocó una gran cantidad de análisis durante los siguientes días y semanas. Muchos analistas de seguridad y comentaristas de política lo describieron como un acontecimiento excepcional, y comenzaron a augurar las consecuencias severas que seguramente vendrían. Las reacciones variaron entre el shock, indignación e incredulidad. Un observador comentó que “Nadie podría imaginar un espectáculo tan malo de Netflix…“, “¿Esta combinación de capturar al hombre y luego liberarlo? Eso es nuevo”. Sin embargo, no todos estuvieron de acuerdo: ¿Qué tenía de excepcional el 17 de octubre, en concreto? ¿Cómo se verían las secuelas de aquel día? Entre tantos comentarios, destacaron tres interpretaciones principales.

La primera interpretación consiste en hacer una comparación entre los sucesos del 17 de octubre y una guerra o conflicto civil, con la advertencia de que la situación se podría intensificar hasta convertirse en un enfrentamiento más general entre la delincuencia organizada y el Estado. Esta interpretación se reforzó con el uso frecuente del lenguaje militar para describir el 17 de octubre como una  batalla o un asedio. Un análisis de la revista Time comparó la violencia en Culiacán con una “insurrección masiva” y un “panorama de Siria”, mientras que otros escribieron que Culiacán parecía una zona de guerra y se sintió como tal. 

Según la segunda interpretación, se advirtió que las acciones del gobierno pusieron un ejemplo peligroso y serviría para animar a los delincuentes a emplear la violencia para ganarse más concesiones del Estado. Muchos comentaristas señalaron el carácter inédito de que el Presidente diera órdenes para liberar a un delincuente buscado. Algunos afirmaron que la liberación de Guzmán había establecido un precedente nuevo, y dijeron que los cárteles seguramente lo tomarán en cuenta. Otros alegaron que el caso de Culiacán establecía un patrón para otros grupos delictivos: “Si puede suceder en Sinaloa, podría suceder en media docena de otros lugares, y ahora los cárteles tienen su fórmula”.

La tercera interpretación percibió a la liberación de Guzmán como una rendición de la autoridad del Estado, la cual podría desanimar a la ciudadanía y debilitar la lucha contra la delincuencia organizada. Las noticias y análisis usan términos como “capitulación” o “rendición” con frecuencia. La revista de noticias Proceso publicó en su portada una fotografía de vehículos en llamas, con la frase “Ustedes mandan”. En entrevista con el periódico New York Times, un analista hizo declaraciones similares: “El Presidente ha transmitido un mensaje muy duro a la ciudadanía de Culiacán: Aquí manda el cártel. Otros escribieron que “López Obrador ha optado por abandonar el poder legítimo del Estado” y que “esto representa una victoria para el Cártel de Snaloa, y una derrota para todos los demás”.

No todos los comentaristas criticaron la liberación de Guzmán, aunque prácticamente nadie defendió el carácter poco preparado del operativo para capturarlo. Algunos aplaudieron la decisión de valorar la vida de los civiles y soldados por encima de la captura de otro delincuente. 

¿Qué sucedió después del 17 de octubre?

Hasta la fecha, los acontecimientos del 17 de octubre se invocan con frecuencia en los análisis de la política de seguridad del gobierno de López Obrador. Más que un precedente, los comentaristas citan el caso como el mayor ejemplo de la futilidad de la postura de López Obrador hacia la delincuencia organizada de “abrazos y no balazos”. En lugar de inaugurar un nuevo paradigma de la violencia urbana, el acontecimiento se ha convertido en un símbolo de la incapacidad de López Obrador de frenar los conocidos patrones de violencia.

Los niveles de violencia siguen aumentando durante la presidencia de López Obrador, tal y como sucedió durante los dos sexenios anteriores. El 2020 se proyecta como el año más violento que se ha registrado en la historia de México, noticia que ha ocupado un lugar central en los medios de comunicación mexicanos. Si bien es cierto que la violencia incrementa a un paso menos acelerado, no ha dejado de incrementarse, con una cifra anticipada de 40 mil asesinatos para el año 2020. Las fuerzas de seguridad no han dejado de arrestar a los jefes de organizaciones delictivas, a pesar del caso de Culiacán, y de manera contradictoria en cuanto a la retórica de López Obrador de reducir la intensidad de las políticas de seguridad.

A un año de los acontecimientos, parece haber pocas señales de un “efecto Culiacán”. No hay indicaciones claras de un nuevo precedente o paradigma de acciones violentas de parte de los grupos delictivos. Aunque persisten las formas letales y no letales de violencia, no parece tratarse de algún nuevo tipo de guerra. Al contrario, parece muy similar a la violencia que ya existía antes del 17 de octubre de 2019. Si bien la liberación de Guzmán pudo haber perjudicado la reputación de la estrategia de López Obrador en materia de seguridad, el Presidente y su partido siguen adelante, con pocas indicaciones de una “renuncia total de la autoridad del Estado”.

En breve resumen, parece que poco ha cambiado durante el último año. Las historias y análisis que se presentan a continuación nos pueden ayudar a entender el por qué.

*Philip Johnson es candidato a doctor en CUNY Graduate Center, fellow en el Centro de Estudios México-Estados Unidos y miembro del programa México-Centro América de Noria Research.

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