Culiacán

Precedente, ruptura y memoria en el marco de la violencia en México

¿Qué significaba ser sobreviviente, no solamente del Jueves Negro sino del miedo constante que se vive en la ciudad? Para poder reexaminar los sucesos, para entender su verdadero impacto, tenemos que escuchar las historias de sus víctimas.

Por Dr. Michael Lettieri

El 18 de octubre, los vecinos de Culiacán salieron cautelosamente del resguardo de sus hogares y negocios. Al hacerlo, le hicieron frente a la memoria de la violencia, pero también a la cuestión de lo que los acontecimientos significaron. A los nueve días, realizaron una marcha por la paz, la cual desfiló por una de las avenidas principales de la ciudad hasta convertirse en una manifestación en un parque céntrico. Se trataba de una expresión de resistencia, un rechazo a la caracterización tan frecuente de la ciudad como un lugar de delincuencia irremediable. Sin embargo, tanto la marcha como la violencia misma dejaron muchas cuestiones sin resolver. ¿Qué significaba ser sobreviviente, no solamente del Jueves Negro sino del miedo constante que se vive en la ciudad?

Una buena parte del presente expediente se ha enfocado en una sola cuestión: ¿Acaso el 17 de octubre representa un nuevo precedente, como afirmaron tantos analistas en su momento? Y de ser así, ¿en qué consiste dicho precedente? Es una cuestión de interpretación fundamental. De tantos sucesos en la guerra contra el narco en México que supuestamente “establecen un precedente”, muchos tienen características que son, con frecuencia, impredecibles e incluso imperceptibles. No nos propusimos la tarea de reexaminar los sucesos del 17 de octubre con el fin de identificar a aquel Jueves Negro como un indicador definitivo de un deterioro en la situación de seguridad, sino que nuestra intención es sugerir una examinación más allá de la superficie, más allá de los ligeros efectos inmediatos, para poder entender lo que sucedió. En muchos sentidos, los acontecimientos siguen siendo incomprensibles. El significado de aquel día aún persiste en la incertidumbre, tanto para aquellos que lo vivieron como para los que pretenden analizarlo desde lejos. No obstante, dos conclusiones quedan muy claras. Primero, el día no representa un parteaguas nacional en materia de seguridad, cosa que tantos auguraron durante los días posteriores al suceso. Segundo, para aquellos que lo vivieron, el sentido que cobran los acontecimientos todavía representa un trauma complejo.

Desde hace más de una década, nuestro discurso sobre la crisis ha seguido la lógica de las noticias sensacionalistas, las cuales pretenden, a cada rato, encontrar algún nuevo paradigma, una dinámica más aterradora y amenazante que las anteriores. Consideran que, cuando hay que reavivar las noticias repetidas y aburridas sobre la inseguridad y la violencia, lo mejor es publicar una nota sobre los primeros degollados, sobre la fosa común más grande, el decomiso de droga más grande o el peor error que ha cometido el gobierno. A menudo el aniversario de estos acontecimientos pronto se olvida, la idea del “precedente” solamente sirve para el momento preciso, y rara vez resulta útil para la retrospección.

Pocos sucesos se perciben como significativos a un año de suceder. La conmemoración anual de los desaparecidos de Ayotzinapa, lejos de representar una tendencia, es la excepción, el suceso poco común que aún mantiene su relevancia a lo largo de los años de violencia. Sin embargo, el mismo caso de Ayotzinapa tampoco fue inédito: a los sucesos del 26 de septiembre los antecedieron otros casos de desaparecidos en masa en San Fernando —los cuales quedaron, entre la mayoría, en el olvido— incluyendo la masacre notable de 72 migrantes en 2010 y la brutalidad paulatina de 2011, cuando desaparecieron a más de 300 personas. Otras olas menores de desapariciones también habían azotado a Guerrero, Baja California y otras zonas.

Tal vez lo que le confiere a un suceso una importancia casi histórica no sea un cambio catastrófico o duradero en la dinámica de la seguridad, sino la misma rabia: la rabia que provocan la corrupción y malicia de las autoridades, la rabia que provocan la impunidad y la indiferencia. En este sentido, el 17 de octubre podría carecer de las características necesarias. Si bien no cabe duda de que el operativo inicial fue mal planeado —y posiblemente carecía de legalidad— cabe reconocer que el gobierno no se empecinó en persistir en sus errores, y así evitó una matanza, decisión que muchos culiacanenses agradecieron de manera pública.

Esto no significa que debemos hacer caso omiso de aquellos grandes sucesos o acontecimientos que podrían carecer de un sentido trascendental a largo plazo; sin embargo, sí podemos reducir nuestra tendencia hacia el análisis sobreextendido, optando por prestarle más atención a la experiencia inmediata de la gente que los vivió. Dicha perspectiva conlleva grandes implicaciones con respecto a la forma en que narramos la guerra contra el narco, además de la forma en que interpretamos el impacto de la violencia.

Dicha postura nos permitirá percibir aspectos que, aunque no sorprendan, sí revelarán verdades que no son aparentes. Al conversar con los mexicanos a lo largo de la República, uno pronto descubre que los sucesos con un sentido duradero no siempre son los mismos a los cuales los fuereños han atribuido trascendencia. En Culiacán, por ejemplo, en las conversaciones sobre la violencia que se vive en la ciudad actualmente, un punto de referencia sale una y otra vez: “Cuando mataron a Javier”.

El asesinato del periodista Javier Valdéz en mayo de 2017 fue —por lo menos dentro de ciertos círculos sociales— un momento de ruptura, algo más profundo que cualquier enfrentamiento que podría darse entre delincuentes y agentes de seguridad. Más que el asesinato de un periodista destacado a nivel internacional, para muchos representó también la muerte de un amigo, mentor y confidente. Aquí no se pretende afirmar que el asesinato de Javier representó un parteaguas de manera más trascendental que el 17 de octubre, sino que la violencia de la guerra contra el narco se ha grabado en miles de diferentes calendarios de luto. Se trata de diversos calendarios individuales y también colectivos, cuyos ciclos rituales giran entorno a muchos sucesos que no se publicaron en los medios de comunicación.

Para los familiares de los desaparecidos, el momento de violencia inédita no llegó en medio de una ráfaga, sino el día en que su ser querido desapareció. Lo que marca el tiempo, para ellos, no es un momento de arresto, cateo o explosión, sino algo mucho más personal, más doloroso.

En este sentido, todo intento de calcular o describir la violencia en México se queda corto. Al cuantificar a los muertos y desaparecidos, le atribuimos una finalidad cruel a los sucesos; más no podemos sumar todos los cumpleaños que nunca se festejaron, las sillas desocupadas en las comidas, los aniversarios que nunca se conmemoraron.

Para poder reexaminar los sucesos, para entender su verdadero impacto, tenemos que escuchar las historias de sus víctimas. Tres personas murieron aquel día en el fuego cruzado, y se supone que once más murieron en el combate. Para los amigos y familiares de esas 14 personas, aquel día de octubre representa el momento en el que toda su vida cambió de manera irreversible. Para muchos más, el terror y las memorias de aquel día persisten. La misma ciudad de Culiacán también se convirtió en víctima.

Los testimonios que se recopilan en Revista Espejo para el presente proyecto dan cuenta de dicho trauma. Nos hablan de niños que tienen miedo de volver a entrar a un supermercado, de ataques de ansiedad en los semáforos, de conductores cuyos vehículos aún conservan los impactos de las balas. La ciudad sufrió heridas, tanto visibles como invisibles, y el proceso de su sanación tuvo un carácter igualmente dual. Los recuerdos físicos de aquel día se borraron de prisa y las autoridades se aferraron a un discurso de firmeza que pretendía olvidar la violencia. Sin embargo, los vecinos de la ciudad no pueden olvidar el terror que sintieron.

Estos discursos colectivos son altamente informativos, pues nos ayudan a entender por qué incluso a los analistas de seguridad estratégica más astutos les cuesta predecir, explicar o resolver la violencia en México. La incorporación de esta perspectiva en nuestras percepciones nos ayudará a esclarecer la forma en que las poblaciones responden al trauma, al miedo y victimización, independientemente de las intervenciones de política y como una reacción a éstas. No obstante, en el caso de la mayoría de los sucesos, nunca se llega a hacer semejante reflexión.

El precedente pierde todo sentido si no va acompañado de la memoria, y si nunca hacemos una re-examinación de la violencia, jamás podremos aprender de ella. Esta tarea es indispensable, porque la “guerra contra el narco” no tiene dirección fija; tampoco se puede improvisar una narrativa de sus noticias, pues no se trata de una historia lineal, sino cíclica. No se trata del conteo creciente de muertes, sino de las incontables conmemoraciones, los incontables regresos a los momentos de trauma que marcan el paso del tiempo para los individuos y sus comunidades. Es cantarle Las mañanitas a los fantasmas. 

FOTO: Héctor Parra.

*Michael Lettieri es Investigador Senior de Derechos Humanos en el Centro de Estudios México-Estados Unidos en la Universidad de California San Diego y cofundadora de Mexico Violence Resource Project.
(Traducción de David Schmidt).

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