Culiacán

¿Quién manda en Sinaloa? Respuestas, mentiras y posverdades del Jueves Negro en Culiacán

Cuando se habla de la posverdad se habla de hechos objetivos que se ofrecen de tal modo al receptor, que luego de filtrarlos por el cedazo de las emociones y la ideología pierden su fuerza como hechos generadores de una opinión pública seria y responsable. En Sinaloa podemos tener miedo, pero no podemos mantenernos indiferentes ante la falta de pena para el que ha cometido un delito, por la sencilla razón de que seguirá cometiendolos.

Por Dra. Patricia Figueroa.

 “¿Quién manda en Sinaloa?” Hace tres años, decidí hacer esa y otras preguntas sobre las relaciones de poder dirigiéndome exclusivamente a jóvenes de Los Mochis, Culiacán y Mazatlán. De entre 350 participantes entre 15 y 25 años de edad, el 75% consideró que son los narcotraficantes los que mandan en Sinaloa, apenas un 18% se refirió a los políticos, dejando muy abajo en la escalera del poder a los empresarios, los periodistas y los policías.

De estos mismos jóvenes el 98% se mostró convencido de que los políticos más influyentes de Sinaloa mantienen acuerdos con los narcotraficantes, mientras que el 86% consideró que, en definitiva, para que un narcotraficante sea exitoso, debe tener acuerdos con los políticos. Aquí se hace referencia a una brutal simbiosis con grados de protección mutua de elevados niveles. 

Esas percepciones están ligadas a la historia. Al menos tres generaciones de sinaloenses hemos sido testigos de pasajes violentos relacionados con el narcotráfico y que han quedado grabados en la conciencia colectiva. Vale aquí preguntar: ¿cuál fue la novedad del llamado Jueves Negro?, y ¿qué pasó en Sinaloa aquel jueves que no hayamos visto antes los sinaloenses?

El 17 de octubre de 2019, en Culiacán, poco después de la hora de la comida, la interconexión digital se manifestó de manera intensa y sin precedentes en la historia moderna de Sinaloa, para intercambiar las primeras imágenes, videos y audios a través de las redes sociales, principalmente Facebook, WhatsApp y Twitter, de un enfrentamiento entre militares –que recién habían capturado a Ovidio Guzmán- e integrantes del cártel de Sinaloa, quienes exigían la liberación de su líder.

La información fluyó de manera informal, plagada de fake-news y posverdades, se difundieron videos, prácticamente en tiempo real, del fuego cruzado en diversos puntos de una ciudad que se convirtió en zona de guerra. Los sinaloenses no sólo vivimos una angustia real, sino que también vivimos una realidad virtual, y más aún, una realidad aumentada. 

Algunas personas experimentamos esas “realidades” en la calle, en las oficinas, en las escuelas, en supermercados y restaurantes, en mi caso, desde la ventana de mi casa, asomándome con cautela para observar el humo de las unidades motrices que estaban siendo quemadas con el objetivo de bloquear la salida norte de la carretera Internacional de Culiacán; además de este, otros 18 bloqueos en puntos estratégicos se registraron esa tarde en la ciudad reconocida como el epicentro del narco en México.

La información y desinformación fluyó con una intensidad sin precedentes a través de las redes sociales, lo cual contribuyó a generar miedo, paralizar y descontrolar a la población. De inicio, se creyó que Iván Archivaldo Guzmán era el detenido y no su hermano Ovidio, transcurridas las horas, se dijo también que Ovidio estaba muerto. En otro video se mostraba a un hombre vestido con una casaca militar y con el rostro cubierto –supuestamente Ovidio en custodia-. Otro de los videos destacables fue el de sicarios ingresando a la zona habitacional donde se encontraban las familias de los elementos del Ejército.

Videos tomados desde celulares muestran personas huyendo de las balas, hombres armados con rifles, camiones y autobuses incendiados. Como parte del “espectáculo” diseñado para las redes sociales, se filtró un video de cinco jóvenes dentro de un auto, moviéndose al ritmo de una música estridente, armados con rifles de alto poder y usando máscaras con luces led. Hacia las 7 de la noche, aún no se sabía qué sucedía realmente y la duda de muchos era cómo los militares sacarían a Ovidio de Culiacán si por tierra era prácticamente imposible, quedaba sólo el aire como alternativa.

Algunos ciudadanos se transformaron automáticamente en “reporteros improvisados”, de modo que, además de registrar lo que pasaba con sus celulares también “narraban” lo que compartían: “Les informamos que en este momento (…) acaban de detener una góndola (camión de carga), la atravesaron y le prendieron fuego… la verdad que se está poniendo fea la cosa, es mejor custodiarnos, mejor estar encerrados en nuestra casita (…). Muchas gracias por su atención, ¡cuídense!, y hay que tener mucha fe”. Otros, entrada la noche, mandaban videos cortos sólo para dejar claro “que no está tranquilo nada”. Desde el balcón de mi casa se seguía viendo el humo de los camiones quemados (tomé al menos una foto motivada por el morbo) y vi cómo la mayoría de mis vecinos hacía lo mismo.

El cierre del Aeropuerto Internacional de Culiacán, la suspensión del servicio de Uber y del transporte público puso en jaque la movilidad de la ciudad, el cierre de supermercados, así como la suspensión indefinida de clases en todos los niveles, fueron noticias que de inmediato inundaron las redes. Dos videos sin mucho contexto, difundidos por las redes sociales, fueron motivo de diversas interpretaciones, algunas inocentes y otras conspirativas: el saludo entre militares y civiles portando rifles de alto poder, ¿colusión o rendición?; y la salida de varios hombres del penal de Culiacán (51 presos) ¿fugados o liberados? 

Entre los dimes y los diretes que se difundieron desde las plataformas de internet, y las imágenes y videos, muchos de ellos sin un contexto explicativo adecuado, fueron tomando forma las fake-news y las posverdades que hasta hoy, han ocultado fragmentos importantes sobre una realidad que no se dejó atrapar del todo por la conciencia colectiva de Culiacán y mucho menos de México y de una audiencia internacional que se mantuvo atenta a uno de los episodios más espectaculares y de mayor venta mediática en la negra historia de la cuna del narcotráfico mexicano. Dos tipos de violencia sometieron a Culiacán aquel día: una violencia explícita (física y real), representada por armas de alto poder, sangre y fuego y una violencia simbólica (virtual) expresada a través de las redes sociales con imágenes y palabras descontextualizadas y recontextualizadas con las cuales se logró igualmente sitiar la ciudad.

En una lógica “lógica”, un detenido de esa magnitud, solicitado con fines de extradición a los Estados Unidos e hijo nada menos que de “El Chapo” Guzmán, debía ser tratado con la mayor agilidad, cautela e inteligencia estratégica, lo que no sucedió. Las ráfagas de metralleta seguían escuchándose en varios puntos de la ciudad; sin embargo, si consideramos el número oficial de caídos de aquel día (8 personas muertas y 16 heridos), muchos de esos disparos fueron hechos al aire o con el doble objetivo de amedrentar a la población y amagar a las fuerzas policiales y militares. 

El viernes 18 de octubre de 2019 salí a la calle a explorar, a “sentir” el ambiente social, la ciudad de Culiacán estaba, en efecto, desolada. 

Ese día, los abogados de Ovidio Guzmán hablaron ante los medios de comunicación y prácticamente a modo de reclamo aseguraron que los elementos de las fuerzas federales se presentaron en el domicilio del hijo de El Chapo “sin ninguna orden de aprehensión a mano”, por lo que las propias autoridades reconocieron que no tenían elementos suficientes para detenerlo, ni mucho menos extraditarlo, fue entonces que el presidente “ordenó que se pusiera en inmediata libertad”. 

Días después, como epílogo de este burlesque mediático se difundió en las redes sociales un comunicado supuestamente del cártel de Sinaloa (CDS) donde se disculpaban “públicamente” con la población por los acontecimientos que “se derivaron de la irresponsabilidad de las fuerzas federales, quienes menospreciaron el poder de nuestra organización”. Así en mayúsculas el CDS buscaría dejar claro que “NO ATENTÓ CONTRA LA INTEGRIDAD FÍSICA DE NINGÚN CIUDADANO AJENO A LOS ACONTECIMIENTOS”, lo que implicaría que los ciudadanos no corríamos en riesgo de ser objetivos directos del cártel.

Este comunicado resultó parte del gran espectáculo mediático que, al final, definía los hechos de aquel día. El humo y las llamas que se difundieron por esos nuevos medios electrónicos fueron parte de la creación de realidades alternativas, aumentadas, y muchas veces distorsionadas.  Desde las entrañas de las redes sociales surgió una posverdad, o post-truth sobre el 17 de octubre. 

Mientras las notas alrededor del mundo se enfocaron en la detención y liberación de Ovidio Guzmán, en el caos al que fue sometida una ciudad por “una guerrilla urbana”, y en la rendición del Estado mexicano, el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador se limitó a justificar, minimizar los errores e interpretar los hechos: “se tornó muy difícil la situación, y estaban en riesgo muchos ciudadanos, muchas personas, muchos seres humanos y se decidió proteger la vida de las personas”. 

FOTO: Héctor Parra.

No puede valer más la captura de un delincuente que las vidas de las personas”, dijo el Presidente, lo que no dijo es que la captura de un delincuente, cualquiera que sea su nivel o su delito, es una obligación del Estado como parte de la garantía de un Estado de Derecho que, por lo pronto, en Sinaloa se percibe inexistente. El presidente nunca explicó cómo, ni cuántos, ni por qué estarían en riesgo esas vidas a las que se refería de manera tan abstracta. Tampoco reconoció la crisis de desaparecidos en el estado y durante su más reciente visita a Sinaloa a principios de agosto de 2020, se atrevió a asegurar que “la estigmatización de Sinaloa de ser un estado de mucha inseguridad y violencia pues no corresponde a la realidad” esta posverdad ofende a las víctimas de desapariciones forzadas, de homicidios, de feminicidios, y de otros delitos que, si bien no derivan en la muerte, son sumamente graves para quienes los sufren. Las fake-new y las posverdades son instrumentos de manipulación en la arena pública y política. Algunos políticos en los Estados Unidos las llaman «hechos alternativos», mientras que el sentido común nos llevaría a llamarlas simplemente falsedades. Cuando se vive con la atención puesta en un mundo digital es fundamental aprender a distinguir lo real de lo falso capturando los hechos con los ojos de la razón, porque la simple vista no es suficiente. Cuando se habla de la posverdad se habla de hechos objetivos que se ofrecen de tal modo al receptor, que luego de filtrarlos por el cedazo de las emociones y la ideología pierden su fuerza como hechos generadores de una opinión pública seria y responsable.  En Sinaloa podemos tener miedo, pero no podemos mantenernos indiferentes ante la falta de pena para el que ha cometido un delito, por la sencilla razón de que seguirá cometiendolos.  

Antes del 17 de octubre de 2019 los sinaloenses ya teníamos una respuesta clara a la pregunta ¿quién manda en Sinaloa?, sin embargo, los hechos ocurridos aquel día confirmaron la percepción generalizada sobre un cártel al que se dio la calidad de omnipresente y todopoderoso. Una verdad indiscutible entre esta maraña de falsedades, verdades a medias y posverdades es que el Jueves Negro se convirtió en una preciada mercancía digital en el mundo de las redes sociales, obteniendo millones de clicks y generando importantes ganancias con millones de vistas alrededor del mundo.

*Patricia Figueroa es periodista e investigadora, especializada en narcotráfico y corrupción. Es doctora en ciencias sociales por la Universidad Autónoma de Sinaloa y originaria de Culiacán.

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