Derechos Humanos

Bibiana: aunque muramos de miedo, si no buscamos nadie lo hará

Cuando nos restregó la fiscal que Manuel no andaba en cosas buenas, le dije: “si le consta que mi hermano es un delincuente, búsquelo y métalo a la cárcel, para eso hay leyes y no para que anden desapareciendo gente”

Gráfico: El Pinche Einnar | POPLab

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Texto: Kennia Velázquez

Cuando se llevaron a mi hermano Manuel, se llevaron la parte más bonita de mi vida. Aunque siempre nos sentimos abandonados por el lado paterno, yo sentía que a pesar de la pobreza y las dificultades lo tenía todo porque sabía que mis hermanos estaban bien y había mucho amor.

Nuestra vida siempre ha sido un poquito complicada. Después de que enviudara, mi mamá se dedicó a trabajar, sola nos sacó adelante, nos dejaba encargados con gente en el rancho Refugio de Munguía, para poderse ir a trabajar como empleada doméstica a Irapuato. Le pagaba a gente para que nos cuidara, nos mandaran a la escuela o nos dieran de comer en lo que ella llegaba del trabajo.

Somos cuatro hermanos, yo soy la tercera y Manuel es el segundo, él y mi hermana mayor se fueron a vivir con mi abuela materna y yo los extrañaba mucho. Cada ocho días los íbamos a visitar y para mí era una alegría enorme verlos, comer juntos era maravilloso, como una celebración. A él le gustaba todo lo que preparaba mi mamá, no hacían falta grandes cosas, nos íbamos al campo y recogíamos verdolagas y mi abuelita solía hacerlas con chile súper picoso, frijoles y tortillas hechas a mano y con eso éramos felices. Luego nos íbamos a pasear, a ver el cerro, a correr por el campo.

Ninguno de los cuatro acabamos la escuela: Manuel fue un tiempo a la secundaria y luego se metió a trabajar en el campo; yo sin avisarle a mi mamá dejé la escuela primaria, porque yo estaba muy chica y se veía mucha droga, me faltaba medio año para terminar sexto, ya hasta ahora de adulta, trabajando y con mis niños terminé hasta la preparatoria.

A los 13 años comencé haciendo limpieza en casas, luego tuve suerte, porque me llegaron a contratar como secretaria sin tener la escuela terminada y más recientemente, estuve en la empresa automotriz General Motors en Silao, como operaria.

Siempre nos frecuentábamos, nos procurábamos. Ahora que desapareció Manuel las cosas han cambiado mucho, la familia se ha distanciado. La desaparición de Manuel nos cambió la vida.

Gráfico: El Pinche Einnar | POPLab

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Cuando se dio la desaparición de Manuel, yo todavía estaba trabajando y estaba embarazada. La última vez que estuvimos juntos, tenía cinco meses de embarazo y en esos días no lo veía mucho, estudiaba y trabajaba, los turnos en General Motors son de doce horas. Había días que salía de trabajar y sin haber dormido toda la noche, me iba a la preparatoria, y luego a atender a mi niño. Y el resto del día a lavar, recoger, planchar y demás cosas de la casa. Casi no me daba tiempo de ir a ver a Manuel. A mí me quedó remordimiento de conciencia de no haberlo frecuentado todo ese tiempo.

Manuel desapareció el 8 de enero de 2018. Dejé de trabajar por la desaparición y porque estaba a punto de dar a luz, me puse muy enferma, pensé que iba a perder a mi hijo. De hecho mi mamá me dijo que Manuel les había marcado para que yo no me preocupara. En febrero nació mi segundo hijo y decidí salirme para cuidarlo y porque me sentía bien desesperada y quería salir a buscar a mi hermano.

Yo no sabía que había desaparecidos, veía en Facebook que estaban matando mucha gente en Irapuato, me daba miedo, pero me sentía tan alejada de esa situación de violencia. A mí el que me preocupaba era mi hermano el chico que se iba de fiesta con sus amigos y cada vez que sabía de algún suceso violento lo buscaba.

Manuel era tan buena persona y yo sentía que estaba a salvo en el rancho… nunca me imaginé que íbamos a pasar por un tema de desaparición en mi familia.  Él siempre trabajó en el campo, en granjas lecheras, en unos terrenos de maíz, en campos de fresas… a mí no me queda claro por qué se lo llevaron, yo he preguntado si andaba en malos pasos y la gente dice que no. Que lo veían trabajando en su moto repartiendo molino para los puercos en las tiendas. Yo fui al rancho a preguntarle a la gente qué sabía, pero nadie me quiso decir nada. Sólo mi tío -que tiene 80 años- me dijo que unos hombres armados se lo llevaron.

Ese día me habló mi cuñada como a las 10 de la noche y me dijo que mi hermano no había llegado del trabajo. Cuando colgué el teléfono salí a poner la denuncia y luego le avisé que había denunciado y ella me pidió que la quitara, porque tenía mucho miedo, no quiere saber nada de la búsqueda y abandonó la casa donde vivían.

Ella sabe que yo lo estoy buscando, entonces sólo me comunico cuando les consigo apoyos para ella y sus dos niños. Pero casi no me comunico con ellos. Yo no tengo manera de ayudarlos, no tengo solvencia económica. Dependo de lo que mi pareja me da, pero he tratado de que las autoridades se hagan un poquito responsables de eso y trato de conseguirles las más ayudas que puedo.

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Aquí lo malo es que la Fiscalía nunca investigó absolutamente nada, lo único que había en su carpeta era mi declaración y nada más. Yo iba diario al SEMEFO a buscarlo y siempre me decían que no había cuerpos sin reconocer.

Una vez mi mamá me acompañó a revisar los avances de la investigación y pasó una persona que al ver a mi mamá llorando le dijo: “ay señora no esté aquí con su lagrimerío, si su hijo anduviera en cosas buenas, usted no estaría aquí. Vienen aquí a chillar pero primero no cuidan a sus hijos.” Después supe que esa mujer era la fiscal en Irapuato.

Yo me exalté mucho y le dije “usted ni conoce a mi hermano, no han investigado nada. Si a usted le consta que mi hermano es un delincuente, búsquelo y métalo a la cárcel, pero no le falte el respeto a mi mamá. Para eso hay leyes, para que los delincuentes estén en la cárcel y no para que anden desapareciendo gente”.

Duele mucho la discriminación de la gente conmigo y con mis compañeras. Yo creo que aún la gente que anda en malos pasos no se merece morir de esas maneras, no se merecen estar desaparecidos. Cuando te desaparecen a alguien, desaparecen tu manera de sentir, de vivir, la manera de convivir con las personas.

Después conocí al colectivo “A tu encuentro”. En una publicación en Facebook que decía: “todas las personas que tengan un familiar desaparecido y quieran información los vamos a esperar en el DIF de Irapuato”. Yo tenía mucho miedo de ir, no sabía quién convocaba la marcha, no sabía si era verdad. Mi pareja estaba preocupada de que fuera, me decía “¿a qué vas? ¿Y si te pasa algo?” pero de todas formas fui.

Ahí nos atendió la fiscal y nos trató horrible, nos dijo que nosotras no éramos víctimas de nada. El colectivo fue creciendo y ahora somos muchas las familias, cada día hay más gente desapareciendo.

Una creería que porque nos hemos reunido con el gobernador Diego Sinhue, con el fiscal Carlos Zamarripa, con el alcalde de Irapuato, Ricardo Ortiz, con el encargado de seguridad, que las cosas iban ser mejor, pero sólo aprendieron a fingir que nos tratan bien. Yo hoy voy a la fiscalía y ya no me tratan mal, pero nos dan atole con el dedo. Nos dicen que les pidamos lo que necesitemos, que les marquemos a cualquier hora, “estamos trabajando, usted no se preocupe”. Pero ves la carpeta y todo sigue igual.

Yo era muy ingenua, la primera vez que nos reunimos con el gobernador y que nos abrazó y nos dijo que estaba con nosotras, que iba a salir la ley de desaparecidos por decreto y la comisión de búsqueda, yo salí feliz. Yo le creí, pensé que iba a encontrar a mi hermano. Pero van pasando los días, los meses y me doy cuenta que fueron palabras, fotos para la prensa y ahí quedó todo. Ya no le creo a ninguna de las autoridades.

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Un año viví con mis abuelos porque mi mamá planeaba irse a Estados Unidos. Hice el cuarto de primaria en el rancho, fue la época que más conviví con Manuel y con mi hermana.

Manuel iba en la secundaria y mi escuela estaba a un lado, de regreso nos íbamos caminando, era un camino muy largo y corríamos y nos jalábamos los cachetes, nos hacíamos cosquillas y bromas pesadas.

Cuando se llevaron Manuel se llevaron a la persona que más me ha hecho reír en mi vida, en esa época él ya trabajaba y lo esperábamos para comer, porque aunque llegara cansado y de mal humor, no faltaba que hiciera un chiste que nos alegrara, por eso lo esperábamos con muchas ansias.

En el tiempo en el que viví en el rancho Manuel me llevaba a las fiestas. él nos daba dinero, no ganaba mucho, pero le alcanzaba para subirnos a los juegos a mí y a mis hermanos, éramos felices… Todos esos recuerdos los guardo con mucho cariño, yo sé que tal vez no es mucho que alguien te dé para un juego, pero sí lo es cuando no hay dinero y hay necesidades en la casa, entonces eso lo valoras muchísimo.

Luego de ese año yo regresé con mi mamá y Manuel y mi hermana se quedaron con mis abuelos, pero aunque no vivimos juntos nos queríamos mucho.

Él era muy cariñoso conmigo, teníamos los dos un apego emocional muy grande, siempre fui su apoyo y él fue el mío. Ya grandes, una pareja que tuve me engañó, Manuel estuvo conmigo, siempre me decía “tú vales mucho, vas a salir adelante, no lo busques”. Y yo le decía: tú me dices eso porque me quieres y soy tu hermana y él me dijo: “precisamente, porque nadie te conoce mejor que yo, sé lo que vales”. No solía dar muchos consejos, pero era una persona muy cariñosa.

Lo extraño todos los días y le pido a Dios que me lo devuelvan en vida. Siempre he tratado de aferrarme a la idea de que no lo voy a encontrar muerto, que un día me van a hablar de la fiscalía y que me van a decir “ya encontramos a Manuel, lo tenían en algún lado pero está bien”.

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Esto es algo muy difícil, yo puedo aceptar que las autoridades nos den la espalda… no que lo acepte, sé que es lo que hay. Pero cuando la misma familia te empieza a pedir que ya no busques, es muy difícil.

Las compañeras sabemos que si nosotras no movemos un dedo, que si nosotras nos paramos, nadie los va a seguir buscando. De hecho yo sé que nadie los está buscando allá afuera, nosotras sabemos que tenemos que seguir en la lucha, haciendo lo que nos toca hacer, para obligar a las autoridades a que nos respondan como debe de ser.

Y no soy la única, una compañera busca sola a su hijo, su marido dice que por ahí debe de andar y un día va a regresar. Como que las mujeres tenemos más la idea de que, si no nos ponemos a buscarlos, no van a regresar.

Al principio me moría de miedo, no quería que nadie supiera que estaba en el colectivo, pero ahora me doy valor con mis compañeras.

En este camino se van perdiendo amistades, se va perdiendo de todo. Una vecina me vino a decir que me iban a matar por andar buscando a mi hermano, que ya le parara, me insinuó que tenía miedo de vivir al lado de mi casa, por el peligro que represento por buscarlo. Yo no le expliqué nada, la gente no acaba de entender que ya nadie estamos exentos de que nos pase algo. Nadie, absolutamente nadie.

También tenemos muchos gastos, se necesita dinero que no tenemos y sólo nosotras sabemos de dónde lo sacamos, o cómo ahorramos o qué dejamos de comprar para poder ir a las búsquedas. Yo estaba acostumbrada a tener un sueldo, a ser una mujer independiente y pues ahora dependo de mi pareja y tenemos otros gastos. Trato de ser cuidadosa y gastar lo mínimo, lo indispensable para las búsquedas, trato de ser ahorrativa para que no se vea afectada la casa. Encontrar trabajo en estos tiempos es difícil, hay gente que me dice que busque algo para trabajar en casa, pero no hay.

Muchas están perdiendo su trabajo, hay ocho compañeras a las que ya les pusieron ultimátum, les dicen que o buscan a sus familiares o se ponen a trabajar, porque ya no van a dar permisos. A otras diez ya las corrieron.

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Navidad y Año Nuevo las pasábamos con Manuel, en su casa, era la tradición de todos los hermanos de reunirnos en el rancho, vernos ahí, comer y celebrar.

Llegábamos temprano, las mujeres nos poníamos a cocinar. No escuchábamos música porque él siempre vivió en situación precaria. No tenía estéreo, sólo tele y sin internet. Entonces no era de poner música pero ni falta nos hacía, prendíamos una fogata, hacíamos tamales, atole… todo el día nos la pasábamos comiendo y en la noche íbamos de casa en casa a pedir dulces.

Eso se acabó. Ahora cuando nos vemos o nos reunimos sólo hablamos de la desaparición de Manuel. A veces estoy platicando con mi mamá de cualquier cosa y de pronto ella empieza a llorar y me dice “ya quiero encontrar a tu hermano, ¿qué te han dicho?” … yo la veo mal, ella tiene diabetes, es hipertensa, ya está grande. Dice que no quiere morirse sin saber de él. Mis hijos y los otros nietos ven esos episodios. Yo sólo le digo: “mami, lo sigo buscando y un día lo vamos a encontrar”.

Cuando hablo con mi hermana es lo mismo, me pregunta qué he sabido de Manuel, qué sé de tal fosa o de un cuerpo que encontraron, ese es nuestro tema de conversación. Con un familiar desaparecido ya no hay vuelta atrás, ya no puedes convivir en familia.

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Con la pandemia nos fue pésimo porque llegó justo cuando estábamos en las mesas de trabajo para que saliera la ley de desaparición en el Estado de Guanajuato. Todos los diputados habían dicho que querían conocer nuestras historias, nuestras necesidades. Fuimos a algunas reuniones y empezó la pandemia y ya no pudimos seguir. Dijeron que sacarían la ley sin nosotros pero tomándonos en cuenta. Salió la ley sin nuestras sugerencias.

Tuvimos que hacer un plantón en plena pandemia porque pusieron como comisionado de búsqueda a un administrador de empresas, sin experiencia.

En la fiscalía no nos atienden, ni en el SEMEFO, que solo con cita. Yo entiendo el tema de la pandemia pero ellos también deberían entender que nuestros desaparecidos están afuera, no sólo con riesgo del COVID, sino con riesgo de su vida. Siento que la pandemia ha sido utilizada como pretexto para no atender un problema que los gobiernos no quieren atender.

Yo le tengo respeto al coronavirus, pero la pandemia no nos puede parar, porque es una desesperación diaria. Tener un familiar desaparecido es una enfermedad más grave que COVID, porque se te enferma el corazón, la mente, el ánimo…

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Yo sé que es complicado entenderme, en estos casi tres años he ido a muchas reuniones, salgo mucho, siento que descuido a mis hijos.

Antes era una mujer plena… aunque la felicidad es efímera, una vive feliz cuando tiene a la familia completa. Desde que se llevaron a Manuel vivo con miedo, no hay día que no sienta ese vacío… A veces cuando estoy comiendo o cuando me voy a dormir, me da culpa de que no estoy en la calle buscándolo y yo estoy muy a gusto y no sé si él está sufriendo o qué estará pasando o qué le estarán haciendo.

Con mis búsquedas quiero enseñarles a mis hijos el amor de hermanos, porque si un día a uno le pasa, el otro lo va a buscar, entre los dos deben cuidarse. Yo sé que si yo me hubiera perdido, mi hermano hubiera hecho lo mismo por mí.

Aunque no he regresado a estudiar o a trabajar siento que no he hecho sacrificios por mi hermano, simplemente son prioridades: concentrarme en el colectivo y ayudar a la gente a que sus familiares regresen a sus casas, porque sé lo que se siente.

El miedo a veces me impide disfrutar la vida, mis hijos no van a crecer como yo crecí, jugando en las calles con los amigos. Tienen prohibidísimo salir a la banqueta si no estoy yo, no pueden despegarse de mí ni un momento. Y eso les afecta en su desarrollo, veo que son cohibidos, no conviven si no estoy yo, pero prefiero eso a que un día les pase algo y no sepa de ellos.

Me encantaría que mi hermano conozca a mi hijo chico, a veces sonrío pensando el apodo que le pondría. Me duele mucho que mi hijo el grande ya no se acuerde de él, tiene 7 años y son casi tres años que no lo ve. Y yo le cuento que tiene un tío que lo amaba mucho y que a mi me chiqueaba… les hablo mucho de él.

Un día en la escuela a mi hijo le preguntaron a qué se dedicaba su mamá y él dijo: “a buscar a su hermano”. Yo me puse a llorar cuando la maestra me contó, porque yo sé que mis hijos no están para andar en las manifestaciones o en las marchas. El otro día estuvieron conmigo cinco horas en la procuraduría de derechos humanos porque fui a poner una queja. Sé que los he traído a lugares en los que niños de su edad no deben andar, pero lo debo buscar.

Yo sé que en el camino voy a encontrar a mi hermano y lo voy a regresar a casa y un día veremos esto como un mal recuerdo.

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Lo que nosotras queremos es que se les busque vivos y de inmediato. Queremos que sean transparentes con las fosas, a principio de año encontraron una muy cerca de donde desapareció mi hermano, nunca dijeron cuántas personas se encontraron ahí y en la Fiscalía dicen que las fosas en la ley no existen.

Hace poco les llamaron a 5 compañeras para ir a Santa Rosa de Lima a hacer una búsqueda acompañadas por la policía estatal. Decidimos que no irían porque era en el lugar más peligroso de Guanajuato, con la policía estatal que son los que nos han acosado, nos han perseguido, decidimos que no, porque son a los que les tenemos miedo. Luego vimos que hubo un enfrentamiento ahí, hubo personas muertas. Nosotras no podemos darnos el lujo de morirnos porque si nos matan, ¿quién los va a buscar?

Les hemos pedido a las autoridades que vayan a algunos puntos de búsqueda que tenemos ubicados, pero nos ignoran. Hay compañeras que se han ido a meter a comunidades bastante peligrosas a preguntar, la verdad sí da miedo irse a meter a esos lugares, la policía sabe dónde están las fosas pero nunca nos lo van a decir.

Ahora que fuimos a las búsquedas en campo y encontramos cuerpos, no sabía si era mi hermano, pero sabía que esas personas iban a regresar con sus familias y ya podrían estar en paz. Y yo sé que quizá un colectivo hará lo mismo en otra parte y quizá encuentren a mi hermano y me darán la paz que tanto necesito y el descanso que mi hermano se merece.

La fiscalía me asignó una psicóloga pero me insinuaba que no era adecuado andar en el colectivo, que quizá lo más conveniente era “soltar”. No regresé, no me dio confianza. A mí me sirve mucho cuando salimos a protestar y gritamos, o cuando hablamos entre nosotras; cuando encontramos a algún familiar desaparecido, aunque la mayoría han sido muertos…

Lo que queremos es que nos traten con dignidad, queremos ayudar a más personas, gané una familia hermosa con mis compañeras, yo las admiro mucho, me dan mucha fortaleza. Odio las leyes, pero he tenido que leerlas y aprender para ver si lo que pedimos es viable ¡y sí, es viable!

***

En todas las dificultades que he tenido en mi vida, desde que estaba chiquita, el amor es lo que nos ha ayudado. Cuando yo veo que pasábamos hambre, que en verdad vivíamos en pobreza, aún trayendo los zapatos rotos, yendo a la escuela con mochilas que le regalaron a mi mamá, el amor me rescató de todo eso. Ahora ya de grande me doy cuenta de la pobreza en la que vivíamos, pero el amor de mis hermanos y de nuestra madre nos hacía felices.

Y ese amor es el que me impulsa a buscar a mi hermano: el amor que le tengo y el amor que él me dio. Yo lo voy a buscar hasta que me muera, al igual que mi mamá, siempre le pido a Dios que no me lleve de esta tierra hasta saber qué fue de mi hermano.

Desde que se llevaron a Manuel siento que no estoy completa, que algo me falta y aunque esté feliz con mis hijos o con mis amigas, tengo un vacío que me ahoga. El no saber si lo están haciendo sufrir, o si lo hacen creer que ya nadie lo está buscando, o si en verdad está muerto y lo dejaron ahí tirado como cualquier cosa, eso es algo que no tolero. 

Yo lo voy a seguir buscando.

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