Narcotráfico

Proyecto Amapola | La amapola en Guerrero: maná, incertidumbre y adormidera social

Si seguimos la definición de la amapola como “adormidera”, podemos considerar que en términos de economía política la planta funcionó, y sigue funcionando como una “adormidera social”.

Por Romain Le Cour Grandmaison

Introducción

“En los ochenta, y si te vas hasta la crisis del 94, con un kilo de goma te comprabas una camioneta del año. O te hacías una casa completa, con buen material. Tenías dinero para mucho, y para rato. Era así el negocio. Claro que también era peligroso, pero no había forma de no entrarle… No hay nada que te deje tanto dinero como eso, ¿entiendes?”[1]

Abordar la cuestión del cultivo de amapola con sembradores del estado de Guerrero es encontrarse enseguida con dos temáticas centrales de la producción de drogas: la ilegalidad de la tarea y del recurso, por una parte; y su fantástica rentabilidad, por otra parte. A pesar de lo evidente que parecen ambos ejes, pocos estudios se enfocan en las dinámicas sociales locales asociadas con los cultivos ilícitos y las consecuencias concretas de la ilegalidad en la vida cotidiana de los productores.

Para documentarlos, este capítulo se enfoca en la creación y circulación de la riqueza generada a partir y en torno a la flor de amapola en Guerrero. Analizaremos las particularidades sociales de una riqueza cuya rentabilidad es “anormal”. En efecto, el dinero de la producción y comercialización de las drogas – sin caer en los mitos de cifras multimillonarias asociados con el trafico internacional – tiene efectos considerables en las sociedades en las cuales se producen y trafican.

Romain Le Cour Grandmaison – All Rights Reserved – Guerrero, 2020

En México, se han documentado los booms de la marihuana en Sinaloa y en Michoacán durante los años setenta y ochenta[2]. En un lapso de tiempo reducido, campesinos de pocos recursos tuvieron acceso a una fuente de ganancia que rompió brutalmente los marcos de rentabilidad existentes. Estos, como en la entrevista introductora, suelen describirse a través de equivalentes legales de conversión: la venta de un kilo y medio de marihuana equivale a una tonelada de maíz; un año de trabajo en California; o casi diez años de sueldo de un peón agrícola en Michoacán[3].

En Guerrero, tanto en la región de la Sierra como de La Montaña, abundan los mismos testimonios. Desde los años ochenta, y hasta la crisis económica del mercado de la goma de opio a partir de 2017 y 2018, la rentabilidad de la amapola no tuvo equivalente:

“Históricamente, el precio fluctuaba, claro. Pero nunca bajaba de los 8 o 9,000 pesos el kilo. Si sacas 10 kilos de goma, son 80,000 pesos. Si le quitas los gastos, puedes llegar a 60, 65, incluso 70,000 pesos. Limpios. Son cuatro o cinco meses de trabajo. ¿Cuándo vas a sacar 70,000 pesos en cuatro meses de chamba [trabajo] con maíz o frijol? Imposible.”[4]

La rentabilidad de la actividad yace  simultáneamente en la demanda – en este caso el consumo estadounidense y canadiense – y en la ilegalidad del producto. La remuneración es elevada por los riesgos y los pagos indispensables al transporte de la sustancia hacia los mercados del norte. Desde las manos de los campesinos, cada vez que el producto pasa por un intermediario, su precio se multiplica. Cuando se transforma, por ejemplo de goma en heroína, se incrementa exponencialmente. Cuando cruza retenes del ejército, fronteras internacionales y llega a las calles para su distribución, el precio ya explotó.

Partiendo de estas observaciones, analizaremos la amapola como un recurso económico que perturba los equilibrios sociales y económicos. Para entender esta dimensión perturbadora, usamos la imagen del maná. El término bíblico caracteriza un “manjar milagroso”. En el sentido común, un “bien o un don que se recibe gratuitamente y de modo inesperado”[5]. En el vocabulario económico, se usa para describir las ganancias asociadas con la extracción petrolera y la situación de renta que suelen provocar: por el azar de contar con reservas en hidrocarburos, varios países desarrollan una dependencia económica casi exclusiva hacia el recurso providencial del petróleo o del gas, resultando particularmente vulnerables frente a las fluctuaciones y caídas del mercado.

La ley y los cultivos ilícitos

Lo que sucede con la amapola es lo mismo que pasa con cualquier actividad productiva dominante. En ese sentido, aquí analizamos la flor como: 1) algo que transforma profundamente los equilibrios de la vida económica local; 2) y como una riqueza inesperada, asociada con un mundo exterior –la amapola no es endémica y sus derivados, el opio y la heroína, no se consumen en las zonas de producción–.

Luego, la amapola integra una variación crucial: el recurso “providencial” es ilegal. No se puede entender el peso de la amapola si dejamos de lado las implicaciones socio-económicas de su ilegalidad.

De ahí, surgen varias preguntas centrales. Para los habitantes de las zonas de producción en Guerrero, ¿qué consecuencias sociales tiene la inmersión en una economía ilícita? ¿Qué sabemos de las características de una vida laboral llevada a cabo en la ilegalidad? Por ejemplo, ¿qué implica esto en términos de construcción de la ciudadanía, de vida familiar, de relaciones entre habitantes, o de interacciones con las autoridades públicas? Por ende, ¿qué impacto tiene el estigma de la criminalización puesto en la cara de regiones y poblaciones enteras?

Nuestro trabajo de campo se desarrolló en zonas rurales de Guerrero que entraron en la economía de la amapola a partir de los años ochenta y noventa, en un contexto de reformas estructurales del Estado, de privatización y transformación empresarial de la agro-industria en México, y de pobreza estructural y vulnerabilidad laboral crónica. Para esta entrega, dejaremos de lado las cuestiones de represión, violencia e inseguridad de la economía amapolera, para concentrarnos en sus aspectos sociales y económicos[6].

Usaremos la palabra “ilegal” en su sentido más estricto: una actividad “que viola la ley”. Así, buscamos evitar posturas normativas del actor “bueno” o “malo”, y ciertos acercamientos romantizados hacia los cultivadores de amapola en México. Nuestro propósito no es plasmar categorías de entendimiento exógenas sino describir y analizar, de la forma más objetiva posible, las condiciones de vida de decenas de miles de familia del México rural.

Un recurso perturbador

Lo que revela el trabajo de campo conducido en la Sierra y La Montaña de Guerrero entre 2018 y 2020, es el carácter revolucionario de la aparición y del desarrollo de la economía amapolera.

Cuando recuerdan el inicio de la producción de la goma, nuestros interlocutores describen un recurso que transforma las perspectivas de trabajo, las relaciones entre campesinos, el valor de la tierra e incluso las costumbres y prácticas de consumo. Estamos frente a un giro económico fundamental de los últimos cuarenta años.

Los campesinos explican, por ejemplo, que la rentabilidad de la goma los llevó progresivamente a limitar, y a veces a abandonar la siembra de alimentos como el maíz y el frijol, así como a remplazar cultivos comerciales como el café, por ejemplo. Así, en un período de dos generaciones la amapola se convirtió en la fuente de empleo y de ganancia casi exclusiva de zonas enteras de Guerrero, y terminó definiendo una forma de vivir, como lo explica un hombre originario del municipio de Leonardo Bravo, en la Sierra: “Hoy en día en la Sierra los jóvenes son amapoleros. Es la realidad. Y la culpa es nuestra, de los papás. Fueron años de excelente precio, entonces toda la familia se va haciendo amapolera. Ya llevamos cuatro generaciones que se dedican a esto,

son cuarenta años, fácil. Los precios de la goma nos hicieron dependientes, nos dedicamos únicamente a esto. Y estamos hablando de veinte años de precios buenos… Éramos agricultores, campesinos, ganaderos, obreros… Los precios nos hicieron gomeros. Y el gobierno nos hizo narcos”[7].

Los mismos comentarios se escuchan en La Montaña. Un señor mayor del municipio de Malinaltepec se quejaba de que los jóvenes “ya no son campesinos, son amapoleros, y no saben cultivar o trabajar de otra cosa”[8]. A pesar del sesgo generacional, es claro que los campesinos se convirtieron en mano de obra especializada en la amapola: cultivadores, peones, rayadores, y algunos corredores, acopiadores, cocineros de heroína, transportistas, traficantes o sicarios. Así, la amapola ha creado ramos enteros de actividad, como si fuera cualquier otra industria local.

Luego, la bonanza del maná crea una burbuja de circulación de dinero que transforma modalidades de consumo en las regiones. El primer espacio de gasto son las comunidades y los pueblos donde viven los sembradores y traficantes:

“En la época de las buenas había fluidez en la economía de la zona. Porque pues en cada pueblo el 95% de la gente siembra amapola, y el 5% se dedica a otra cosa fuera, pero es una economía fluida, entonces la señora de la tienda no siembra amapola pero vende refrescos, galletas, queso, pan, todo… Y la gente del pueblo, que saca dinero de la goma, pues gasta en esa tienda. Como hay fluidez económica con las ganancias de la amapola, el tiendero le va bien. También el que vende cemento, tabique, pues tiene sus ganancias porque el campesino que tiene un dinerito ya compra para hacer su casita de material, ya le echa piso a su casa, hay una ganancia que se está reinvirtiendo”[9].

Así, el dinero de la amapola circula en gastos cotidianos, en fiestas, celebraciones, bodas o ritos culturales y religiosos. Luego, y de forma quizás contra intuitiva respecto a los prejuicios que suelen existir acerca de los habitantes pobres de la Sierra y de La Montaña, es interesante ver como los recursos fluyen desde las zonas de cultivo hacia las ciudades más importantes de los los valles. Esto lo verificamos tanto en la Sierra como en La Montaña. Nuestros interlocutores explican que las ganancias de la amapola – que por razones vinculadas con la ilegalidad de las transacciones circulan en efectivo – se gastan en las ciudades de Chilpancingo, Chilapa, Tlapa de Comonfort, Tecpán de Galeana, Acapulco o Zihuatanejo:

“El dinero baja de la Sierra hacia la ciudad. La gente baja con fajas de billetes a comprar ropa, material para las casas, electrodomésticos, camionetas. Los que tienen más cerebro abren tiendas en Chilpancingo o compran terrenos, casas, ponen un negocio, una gasolinera. La ciudad se aprovechó mucho del dinero de la goma”[10]

Por otra parte, la región vive también con mercados ambulantes (tianguis) que salen de las ciudades a recorrer la Sierra y La Montaña para vender mercancías directamente en los pueblos. Esta situación nos la resume un habitante del municipio serrano de Coyuca de Catalán. La idea es clara. “Cuando la amapola está bien, estamos bien todos”:

“Acá se acostumbra mucho el tianguis. Son comerciantes de las ciudades que suben y recorren la Sierra con mercancía. Es comida, ropa, material de construcción, herramientas, juguetes para niños… y muchas chingaderas la verdad [se ríe]. Cuando estaba buena la goma, venían seguido, llegaban con camionetas llenas. Subían más cosas cuando era temporada de paga, después de la cosecha. Sabían cuando llegar. Se ponía el tianguis y luego se ponían las fiestas. La gente iba, se gastaba un dineral, comprábamos cualquier cosa, pero éramos todos felices. El vendedor también se iba de aquí feliz, vendía todo en chinga [rápido] y regresaba a las pocas semanas de nuevo, y así pues… Con la crisis, ya no venían. Estaba triste, casi vacío. Igual los entiendo, subían y no vendían nada, perdían dinero… Ahora parece que está subiendo todo de nuevo, están regresando poco a poco, lo cual a nosotros nos ayuda, sino tienes que bajar hasta la ciudad, y pues son muchos gastos de transporte, gasolina, días perdidos, y quién sabe lo que te puede pasar en la ruta…”[11].

Así, la economía amapolera no alimenta únicamente las zonas de producción, sino que  beneficia a gran parte del estado, ilustrando así las conexiones que existen entre las zonas serranas y los centros urbanos. Estos espacios viven en una relación de interdependencia fuerte, dentro de cual la amapola, por su espectacular rentabilidad, ocupa un papel primordial.

Ilegalidad e incertidumbre

La rentabilidad de la goma no impide que nuestros interlocutores cuenten una realidad hecha de incertidumbre. Lejos de las explicaciones macro-lógicas acerca de los mercados de las drogas que describen mecanismos aparentemente simples, bien organizados y perfectamente transparentes, nuestras discusiones y entrevistas relatan vidas adaptadas a lo efímero, expuestas a constantes imposiciones, obstáculos y amenazas. Momentos duros, entrecortados de períodos de respiro.

Lo que hay es fluctuación: nada dura, para bien o para mal. Ni la bonanza de la economía ilícita, de hecho, algo que los campesinos y tampoco los expertos logran concebir. Así lo explica un habitante del municipio de Heliodoro Castillo:

“La amapola estuvo buena desde los años ochenta más o menos. Y se puso muy muy buena hace como 10 o 15 años quizás, y duro unos 10 años [entre 2005 y 2015]. El precio estaba realmente bueno. No te digo que se vivía bien, pero te dejaba. Después se cayó todo… Pero nunca habíamos pensado que se podía caer el precio la verdad.”[12]

Esta incapacidad en prever la caída de la economía amapolera la comentan absolutamente todos nuestros entrevistados. En cambio, cuando analizan la crisis a posteriori, la vinculan con el régimen de incertidumbre crónica en el cual viven el cual está directamente vinculado con la condición ilegal de la actividad. El sembrador no solo no puede prever con certeza cómo se comporta el mercado – lo cual sucede también en los ámbitos legales – sino que no hay canales oficiales a los cuales acudir para obtener información, protección o respaldo.

Cuando siembra, el campesino ni siquiera sabe exactamente a qué precio se venderá el kilo de goma meses después. Al inicio de la temporada, llega información y circulan rumores que sitúan el precio en un orden de idea. Por ejemplo, en octubre y noviembre del 2020, los cultivadores habían vuelto a sembrar porqué había circulado la información de que “había demanda” y que la goma se iba a vender a “buen precio”: entre 8 y 20 000 pesos el kilo, según las zonas donde realizamos observaciones y entrevistas.

Romain Le Cour Grandmaison – All Rights Reserved – Guerrero, 2018

Esto nos ilustra varias dinámicas cruciales. Primero, las diferencias de precio considerables entre la Sierra y La Montaña – ésta siendo históricamente desfavorecida – e incluso dentro de las regiones mismas, entre los pueblos y comunidades. De nuevo, y a contrario de lo que expresan generalmente los estudios “macro” sobre la economía de las drogas, no existe una homogeneidad de precios, ni en términos temporales o geográficos. Lo que hay es una fluctuación extrema, que tiene que ver con factores sociales, económicos, territoriales y políticos.

Luego, y si dejamos de lado las cuestiones de las plagas o de la erradicación por parte del ejército, no existe ninguna garantía laboral para los campesinos. Las relaciones están fundadas en redes de confianza, círculos de intermediarios conocidos y en la capacidad del sembrador para acceder de forma ventajosa al acopiador o al comprador. Así lo explica otro habitante del municipio de Heliodoro Castillo:

  “El campesino no sabe si le sale bien, pues no hay modo de saberlo. Puedes tener una idea del precio año tras año, porque ya tienes experiencia. Entonces sabes que la goma de aguas [junio-septiembre] es la más barata y la vas a vender más o menos a tanto… Y la de secas [febrero-mayo] igual, y así vas. Entonces todo es una apuesta. Te lanzas a puras ciegas, no hay garantía, es ilegal pues… ¿Cómo te la pueden garantizar? ¿Quién? ¿El narco? ¿El acopiador? Nadie. La información la vas sacando con tus compadres [gente de confianza], con los vecinos, todo el mundo viene hablando de eso, comparando precio, y pues a ver qué te pasa”[13]

Por otra parte, es importante recalcar que la economía de la amapola, sobretodo para los sembradores, es una economía de la deuda y del préstamo. Los sembradores que no tienen suficiente capital acumulado de una cosecha a la otra – que son la mayoría – no pueden asumir la inversión en agroquímicos, útiles o mangueras – indispensable para el riego de la planta de amapola – antes de sembrar. Entonces se acercan a las tiendas de su pueblo para pedir prestado:

  “Vas con el señor de la tienda y le dices: “Señor, présteme 20 000 pesos, voy a invertir para la goma”. Y te los presta, porque sabe que no vas a perder. Únicamente tienes que estar al pendiente de la naturaleza pues, de las plagas, o un granizada. Ya cuando vendes tu goma, le pagas al de la tienda”[14].

Lo que no integra este comentario – además de la cuestión de la erradicación – es la incertidumbre del precio de venta. La economía del préstamo vive con el riesgo de la crisis. A partir de 2017 y 2018, los círculos de endeudamiento empeoraron a medida en que el precio de la goma se desplomaba. Así lo comentaba en noviembre del 2019 – época de precios bajísimos – un comerciante de La Montaña, en el municipio de Malinaltepec:

Pregunta: “¿Cuándo empezó a ser así que ya no había tanto?
Interlocutor : Pues ¿en las tiendas?
P: Sí
I : Pues, ya llevamos como tres o cuatro años creo… más o menos.
P: ¿Pero ha ido poco a poco, o ha habido un punto que se cayó el precio?
I: No… fue de chingadazo [repentinamente], sí… No pues, como yo te digo, a nivel población pues estamos casi… Más le ha afectado a los que tienen hijos estudiando, es difícil para estudiar… Pagar colegiaturas y todo… Uniforme, todo eso, pues… útiles.
P: ¿Y a usted le piden fiado ahí en la tienda a veces? ¿No da fiado?
I: No, ya casi pura lista tengo.
P: ¿Desde cuándo le deben?
I: Ya dos años, tres años.
P: ¿Ah sí?
I : Yo les digo que me vayan pagando poco a poco para que nos ayudemos.
P: ¿Ahora ya no abre la tienda tanto?
I : Abrimos un ratito. Como hay muchas tiendas, dejamos para que el otro venda.
P: ¿Y qué es lo que más pide como fiado la gente?
I : Pues refrescos, azúcar, fruta…
P: ¿Antes cada cuanto surtía su tienda?
I : Antes, cada ocho días iba yo a Tlapa…
P: ¿Y ahora?
I : No, pues ni al mes…”[15]

Lo que ilustra esta discusión es que la economía local y regional vive de los ciclos de siembra y cosecha de la amapola. Períodos de cuatro meses sacudidos recientemente por subidas y caídas brutales. Los afectados pueden ser el señor de la tienda pero también un traficante o un acopiador, lo cual abre riesgos de violencia y represión.

En cualquier caso, la deuda queda e influye en la vida de todos. Así, el campesino que debe dinero puede terminar trabajando en la parcela de amapola de un familiar, con el cual posiblemente puede compartir las ganancias, o venderse como peón durante una temporada a un vecino, y cubrir así parte de sus gastos con el sueldo, antes de cerrar su deuda. Al final, lo que relatan los habitantes de la Sierra y de La Montaña, son historias de vidas marcadas por la adaptación, por los  choques económicos, por redes de  solidaridad y por momentos  precariedad alimentadas por una constante desconfianza.

La adormidera social

El recelo no se difunde únicamente dentro de las comunidades, sino que se expresa también en contra del Estado, tanto a nivel municipal, estatal o federal.

De hecho, muchos de nuestros interlocutores asocian el desarrollo de la economía amapolera con una transformación de la actitud del gobierno hacia ellos. Nuestros entrevistados cuentan que los servicios públicos e infraestructuras, por ejemplo, eran mejores hace treinta o cuarenta años que hoy, y describen los vínculos estrechos que existen entre la política y los cultivos ilícitos:

Pregunta: “¿Cuál es la relación entre la política y la amapola?
Interlocutor: La política y la amapola se llevan bien, no te creas. El gobierno dice que lucha, que no sabe, que no ve. No es así. El gobierno sabe, te deja hacerlo y se enriquece con eso.
P: ¿Como funciona eso?
I: Mira, por ejemplo aquí en la Sierra, en los ochenta o los noventa, el gobierno miraba a la Sierra, veía la amapola y decía: “ah, pues no necesitan nada”. Y es un poco así la verdad, la gente de la Sierra no te va a pedir nada. Y como había dinero de la amapola, pues menos te pedían todavía. Al gobierno le queda perfecto, se desatiende por completo. De ahí que veas los caminos destrozados. Invierten cero recurso. Cuando llegué aquí, las rutas estaban mejor que hoy. Te lo aseguro. Y te hablo de los años ochenta, principios de los noventa. Poco a poco, el gobierno dejó de invertir. Dejó de mantener. Las rutas son un buen ejemplo de eso porque te das cuenta enseguida. Se van deteriorando y lo ves con tus propios ojos… Pues si la ruta está así de fea, imagínate como está el centro de salud, la escuelita…”[16]

Este testimonio concuerda con los estudios que han mostrado que la transformación del papel del Estado mexicano está vinculado con las reformas estructurales emprendidas en los años ochenta y noventa. Han transformado profundamente el mundo rural mexicano a través de políticas de privatización de la tierra, giro hacia una agro-industria de exportación y recortes presupuestarios a programas públicos de apoyo al campo.

Esto nos permite entender cómo y por qué se desarrollan las economías ilícitas con tanto éxito. No lo hacen en contra del Estado, sino que en gran parte representan una forma de adaptación a las condiciones impuestas a los trabajadores. Sigue nuestro entrevistado:

“El gobierno te ve y te dice: “Ah, pues si ustedes sacan dinero de la amapola, ¿para qué me piden apoyo? Ustedes hagan sus cosas, métanse todos con la goma, yo no me ocupo”. Y así fue pues. Las opciones se agotaron, el gobierno nos dejó con la amapola y listo. Se hacen de la vista gorda. Y además les permite quedarse con el dinero eh, no te creas. Todos los programas federales que supuestamente tienen que llegar aquí, ¿dónde están? ¿Dónde van? Y los fertilizantes que el gobierno paga y distribuye, ¿te parece que no saben para qué sirven? Para ellos, ese dinero cae. Pero por eso nosotros eso estamos así de jodidos, la amapola te da dinero un rato, pero no deja nada para la vida”.[17]

Este testimonio nos lleva a varios temas importantes. Primero, el carácter individualista de la actividad amapolera. A pesar de ciertos mecanismos de solidaridad, el cultivo, sus ganancias, perdidas y riesgos se manejan y su sufren de forma individual, es decir familia por familia. Segundo, y en línea con esta característica, el uso del maná varía muchísimo entre los hogares. En cada pueblo, nuestros interlocutores cuentan historias de algunas familias que supieron – y pudieron – ahorrar e invertir el dinero ganado con la goma: inversiones en material para mejorar la casa; adquisición de una camioneta que permite más autonomía; y en ciertos casos, la inversión en la escuela de los niños, de los cuales algunos logran completar estudios superiores y abrir así una trayectoria de movilidad social ascendente que los lleva generalmente a abandonar sus regiones de origen.

Sin embargo, si pensamos en términos estructurales, para la inmensa mayoría de las familias, el maná de la amapola no deja oportunidades de movilidad social. Puede permitir obtener un estatus social mayor dentro de las comunidades, tanto en la Sierra como en La Montaña. Existen casos de familias que se hicieron “importantes” o “poderosas” a través del comercio de la amapola, teniendo en mente que generalmente ya tenían un capital financiero – recursos, tiendas, tierras – o político – miembros que ocupaban u ocupan puestos claves, o tienen amistades con este tipo de perfiles – antes de cultivar amapola. En estos casos, la amapola se integra en una economía familiar ya asentada y la potencializa.

En la mayoría de los casos, la amapola solo permite vivir de un año al otro, entre ciclos de incertidumbre que yacen principalmente en el carácter ilegal del recurso. De ahí que la fantástica rentabilidad de la goma no tenga casi ningún impacto estructural en términos de desigualdades, pobreza, rezago educativo, discriminaciones de varios índoles, criminalización o inversión en infraestructura por parte del Estado.

Conclusión

Si seguimos la definición de la amapola como “adormidera”, podemos considerar que en términos de economía política la planta funcionó, y sigue funcionando como una “adormidera social”.

La amapola es una forma de subsidio extraño que permite que zonas rurales marginadas sobrevivan, mientras el Estado se desatiende de sus funciones sociales, educativas o desarrollistas. Lo que tiene de fundamental la “adormidera social” es que no solamente mantiene económicamente a las regiones, sino que alimenta la desatención pública, tanto gubernamental como de la sociedad en general.

Aquí aparece nuevamente la distorsión del público frente a la idea de que la economía de las drogas es un mundo estable, que responde a dinámicas mecánicas de oferta y demanda sin impacto en la vida de la gente. Este apartado buscó demostrar lo contrario. Si no nos acercamos a las realidades sociales, políticas y económicas de los cultivos ilícitos, no podemos entender las consecuencias que tienen en países como México.

Click en la imagen para acceder al especial.

[1] Conversaciones en la Sierra de Guerrero, municipio de Coyuca de Catalán, situado en la región de Tierra Caliente – Noviembre 2020

[2] Cochet ; Léonard ; Malkin ; Astorga ; Blazquez

[3] Cochet – Léonard

[4] Entrevista D.A – Chilpancingo – Octubre/Noviembre 2020

[5] RAE

[6] Estos temas se estudiaran en el segundo bloque de informes, publicados en abril 2021.

[7] Entrevista D.A – Chilpancingo – Octubre/Noviembre 2020

[8] Esta dinámica también la documenta Nathaniel Morris en el estado de Nayarit. Ver [links]

[9] Entrevista Chencho – 2018

[10] Entrevista D.A

[11] Entrevista en Corralito, noviembre 2020.

[12] Entrevista Chencho 2018

[13] Entrevista Chencho 2018

[14] Entrevista Chencho 2018

[15] Entrevista Malinaltepec – Noviembre 2019

[16] Entrevista D.A – 2020

[17] Entrevista D.A – 2020

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