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Maíz criollo, la otra cara del campo sinaloense

De acuerdo con la investigación de la periodista Raquel Zapien “Maíz criollo, la otra cara del campo sinaloense”, publicado en Pie de Página, en ese otro campo los productores intentan mantener sus cultivos tradicionales ante un mercado desigual.

Sinaloa destaca a nivel nacional por su gran producción agroindustrial, misma que es exportada casi en su totalidad a Estados Unidos; sin embargo, poco se habla del cultivo de maíces nativos en comunidades rurales históricamente relegadas.

De acuerdo con la investigación de la periodista Raquel Zapien “Maíz criollo, la otra cara del campo sinaloense”, publicado en Pie de Página, en ese otro campo los productores intentan mantener sus cultivos tradicionales ante un mercado desigual.

El reportaje relata cómo es que para estos campesinos sinaloenses los apoyos gubernamentales son casi inexistentes. Tampoco se les ofrecen precios de garantía, no cuentan con sistemas de riego ni certeza cuando lloverá, ya que conforme pasan los años la temporada de aguas se acorta.

Esas parcelas también forman parte del campo sinaloense aunque no se habla mucho de ellas, debido a que Sinaloa es más conocido por sus extensos valles de maíz blanco que surten a la agroindustria con rendimientos superiores a la media nacional, soportados en el uso de semillas mejoradas, sistemas de riego, agroquímicos y desarrollo tecnológico, necesario para cubrir la creciente demanda de alimento en nuestro país.

Sin embargo, la realidad es que en 14 de los 18 municipios del estado existen comunidades rurales que aún cultivan 14 de las 59 razas de maíces nativos de México. El maíz criollo y el frijol son la principal fuente de sustento para los pobladores que aún viven en esas comunidades.

Por ejemplo, en el municipio de San Ignacio se encuentran las únicas cuatro comunidades de Sinaloa que reciben un incentivo económico exclusivo para el cultivo de maíces nativos. El apoyo lo otorga la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas porque las tierras se encuentran en el área de influencia de la reserva natural de la Meseta de Cacaxtla.

Estas comunidades son Cabazán, La Labor, El Tule y El Veladero. Por ahora, el incentivo es de 150 pesos por jornal, es decir, por día de trabajo. Hasta el año 2016, la Conanp apoyaba a 16 poblados de los municipios de San Igancio, Concordia, Rosario y Escuinapa, pero por los  recortes presupuestales muchos agricultores quedaron fuera del programa, según datos públicos del organismo federal.

En estas localidades se utiliza el sistema de cultivo tipo milpa que acompaña al maíz con calabaza, frijol y chile. Un año siembran en una parcela y al siguiente año siembran en otra para darle un descanso a la tierra y dejar que los residuos de la plantación se desintegren y nutran el suelo.

Los productores de San Ignacio dicen que cuando una hectárea da buen rendimiento se obtienen entre 800 kilos y una tonelada, pero cuando la temporada es mala, la producción anda entre los 500 y 600 kilos en promedio.

La cosecha se emplea para el autoconsumo y para alimentar al ganado principalmente, aunque en algunos casos, cuando se tienen excedentes, se vende la semilla.

Productores invisibles

Los productores de maíces nativos han sido relegados históricamente. Incluso, se carece de un registro oficial, estatal o federal, que indique con certeza el número de agricultores, hectáreas dedicadas a este cultivo, volumen de producción y ubicación.

La Coordinadora de la Fundación Semillas de Vida, organización dedicada a la promoción y defensa de los maíces nativos, reconoció que hasta el momento no se conoce un registro nacional que indique cuánto es lo que se produce, quienes y en dónde.

Al respecto, la periodista Raquel Zapien consultó a Pedro Sánchez Peña, investigador de la Facultad de Agronomía de la Universidad Autónoma de Sinaloa (UAS), quien ha estudiado al maíz criollo por más de tres décadas y con el apoyo de un equipo de colaboradores logró identificar cinco de las 14 razas registradas en el estado.

El académico advirtió que la conservación de las razas nativas que se realiza en esas parcelas es importante porque esas semillas contienen genes que se utilizan para mejorar el rendimiento del maíz blanco que se produce a gran escala en Sinaloa.

Sinaloa, el granero de México

El maíz es el cereal primordial en la dieta de la población mexicana, que en promedio consume 335.8 kilos por habitante al año.

Por esa razón se cultiva en todos los estados del país y representa el 88.3 por ciento de toda la producción nacional de granos, según se indica en el Panorama Agroalimentario 2020 publicado por la Sader en diciembre pasado.

Ese mismo documento señala que Sinaloa es el principal productor a nivel nacional seguido de Jalisco, Michoacán, Estado de México, Guanajuato y Chihuahua.

Sembrando Vida

Concordia es el municipio de Sinaloa que produce y conserva la mayor cantidad de razas de  maíz puras, 13 en total, según los registros del investigador Pedro Sánchez Peña.

A diferencia de otros años, la cosecha de enero se realizó en un contexto nuevo: 90 agricultores de 27 comunidades de ese municipio fueron integrados al Programa Sembrando Vida como parte de un proyecto de preservación y rescate de maíces criollos. Desde este año, recibirán un aporte mensual de cinco mil pesos para que sigan cultivando la semilla.

Sembrando Vida es un programa que el gobierno federal puso en marcha en 2019 como una estrategia para generar empleos, impulsar la autosuficiencia y frenar la migración de las comunidades rurales a partir de  la reforestación con árboles frutales y maderables. La meta es sembrar más de 40 mil hectáreas y generar 200 mil empleos permanentes pagando jornales a los campesinos. Además de atender la pobreza rural, con este programa agroforestal también se pretende ayudar a contener la degradación ambiental.

Agricultores de maíz criollo de El Tule, San Ignacio. Foto: Raquel Zapien/2020.

Solo siete municipios de Sinaloa fueron incluidos en Sembrado Vida desde el 2019 con una selección de 25 mil hectáreas para plantaciones de árboles: Ahome, El Fuerte, Choix, Sinaloa de Leyva, Badiraguato, Mocorito y Cosalá.

Concordia no fue considerado, sin embargo, se le reasignaron recursos que ya estaban destinados a otros municipios de la entidad. El origen de ese apoyo no fue motivado solo por los maíces nativos, sino por la desolación y falta de oportunidades que generó la violencia.

Hace alrededor de tres años, muchas familias de la zona serrana fueron obligadas a dejar sus casas, sus animales y sus parcelas; la mayoría migró a la cabecera de Concordia o a la periferia de Mazatlán.

Trabajar la tierra y cultivar maíz criollo ha sido la única alternativa para quienes decidieron permanecer o regresar a sus pueblos.

El otro campo

Luego de un extenso análisis Raquel Zapien concluyó que la situación de las mujeres y hombres de las comunidades rurales de Sinaloa que custodian el maíz criollo es muy similar a la que se ha documentado en otras zonas de México.
También es evidente que tienen claro el vínculo entre el medio ambiente y sus cultivos, pues relacionan la falta de lluvias y agua con la tala inmoderada de árboles y con el cambio climático.
Y aunque cada día producen menos, han sorteado las adversidades trabajando la tierra como les enseñaron sus ancestros para obtener el alimento de su familia y su ganado.
En el otro Sinaloa, del que poco se habla, están las mazorcas descendientes de los teocintles que fueron domesticados como cultivo por lo antiguos habitantes de Mesoamérica.
Ahí están, resistiendo a la falta de agua y resistiendo el olvido en las parcelas de las comunidades rurales del “granero de México”.

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