Ciudadanos Ejemplares

Pablo y el Fokemón iluminado

Entonces el llantero le reviró nomás para no quedarse callado: “En las llantas nos vamos a sentar”. Nunca pensó que de aquel pasaje trivial de lo cotidiano saldría una verdadera convicción de vida.

Pablo Ramírez, artesano de las llantas. FOTO: Josué David Piña / ESPEJO.

Pablo Ramírez, artesano de las llantas. FOTO: Josué David Piña / ESPEJO.

Pablo Ramírez todavía lo recuerda. Fue un día de quién sabe qué mes de hace 10 años. Algo así, porque no tiene fecha precisa. De una plática cualquiera vino la idea del Fokemón. Ese Fokemón iluminado que le ayudo a encontrar su convicción de vida.

Y desde entonces Pablo se dedica a este raro oficio de darle uso a lo que ya no sirve.

Un reniego de su mujer por las sillas reventadas en su casa fue el primer paso de la idea. “Te acabaste las sillas que teníamos aquí”, le reclamó. “En qué vamos a sentarnos ahora”.

No había sillas en la casa ni en la llantera. Las visitas se las habían acabado. Pablo recuerda que a su llantera llegaban clientes con sobrepeso. Las sillas que tenía para que se sentaran mientras esperaban la desponchadura eran de plástico. Todas las quebraron. De ahí vino el coraje de su mujer.

“En qué vamos a sentarnos ahora?” Bendita pregunta.

Entonces el llantero le reviró nomás para no quedarse callado: “En las llantas nos vamos a sentar”. Nunca pensó que de aquel pasaje trivial de lo cotidiano saldría una verdadera convicción de vida.

Pero faltaba la cereza del Fokemón, ese ex camionero caído en la droga que se la llevaba en la llantera. El día del alegato estaba ahí. Y se metió a la plática. Opinó en la discusión sostenida por Pablo y la mujer.

“Está fácil: ponles una tabla. No, tabla no. Mejor téjele unas cuerdas”, dijo el Fokemón.

Pablo le hizo caso. Buscó unas tiras de hule que tenía por ahí para hacer otras cosas. Clavó y tejió las tiras a como pudo sobre la llanta. Luego el Fokemón puso otra llanta debajo y ya medio tenía altura de silla.

Hasta el mismo Fokemón se sentó. Y se amortiguaba en ella. La pegó a la pared para usarla como respaldo.

“Así fue dándose la idea. La idea también viene de esa persona drogadicta. Lo que no se me iluminó a mí en su momento, a esa persona, no en su sano juicio por la droga, me iluminó. La batalla fue iniciar”.

Torcidas, chuecas, salieron las primeras sillas. Y luego Pablo se dio a la tarea de que fueran más estéticas. Les armó respaldos. Les colocó una reposa brazos.

CONVICCIÓN

Ahora, 10 años después, además de llantero, se dedica a elaborar sillas con llantas de carro y motocicleta.

Estoy en un grupo de ecologistas. Somos personas que cuidamos el medio ambiente. Eso me motiva más a seguir trabajando ese material que dura cientos de años en destruirse, en degradarse. Me motiva a sacarle provecho. Me siento orgulloso de hacer esto, de sacar este material del basurón o de las calles”.

Pablo Ramírez tiene 62 años de edad. En su niñez fue ladrillero, como muchas de las familias de la colonia Loma de Rodriguera. Dejó ese oficio. Entonces se compró una “doble rodado” y se dedicó a llevar mercancía para tiendas de abarrotes a la sierra, comida para ganado. Luego se fue a Estados Unidos…

Tiene 35 años de llantero y 10 elaborando sillas, mesas, jarrones, macetas, columpios, juegos para parques y demás con llantas de carro. Tardó más de 50 años en encontrar su razón, en hallar la convicción de vida.  

“Si mañana llego a morirme trato de dejar una huella. Y la huella que quiero dejar es enseñar a la gente que se puede sacar mucho provecho de cosas que ya aparentemente ya no sirven. Se me va el día rapidísimo porque hago lo que me gusta. A veces, cuando estoy haciendo una silla, ni me acuerdo de comer”.

FOTO: Josué David Piña / ESPEJO.

CEMENTERIO DE LLANTAS

Los camaradas de los talleres de moto le guardan material. Pablo se los cambia por sillas. Dice que seguido se mete al cementerio de llantas en el basurón. El desperdicio nutre su convicción. El lugar lo dota de la materia. Allá remueve, busca, hurga y se trae su botín.

Pablo Ramírez dice que tarda un día en terminar una silla que vende en 700 pesos. La gente lo busca, le pide sillas. Tiene página de Facebook (Pablo Ramírez y Muebles de Llantas). “Ahí ve lo que hago y  me piden”.

El día que tiene mucho pedido suspende su trabajo en la llantera; de hecho, dice, tiene como un mes cerrada porque se dedicó a hacer un tren con llantas que donó al parque de la colonia Loma de Rodriguera. También ha elaborado un juego y columpios para niños. “Es que tengo un nieto de un año y cinco meses”.

Pablo estaba tomando agua y no encontraba dónde poner el vaso. Lo puso en el piso y al mover la silla tumbó y lo quebró.

“Chingada madre”, dijo Pablo. Se levantó y fue a la llantera a armar un porta vasos para la silla.

No estaba ahí el Fokemón iluminado. Pero algo le aprendió.

Comentarios

Reflexiones

Ver todas

Especiales

Ver todas

    Reporte Espejo