Clima

El baile de los Gracejos, una danza agrícola para atraer la lluvia

Desde hace una década Isabel y Jorge se han dedicado al rescate de la danza tradicional de los Gracejos de Quecholac, un baile agrícola con influencia prehispánica que busca atraer las lluvias y también se hace para cumplir mandas y honrar a la tierra

Por Aranzazú Ayala Martínez @aranhera
Foto de portada: Marlene Martínez

Jorge toma el chirrión con calma y se prepara para moverlo: lo lanza hacia un costado y luego hacia arriba; con cuidado serpentea en el aire y después el chirrión baja al suelo. En ese breve momento se quiebra, estalla, como invocando desde dentro una fuerza ancestral.

Un trueno. Otro. Es muy difícil reconocer a Jorge detrás de la máscara que parece de madera, la cual simula el rostro de un anciano que parece salido de las entrañas de la tierra: es un Gracejo.

Con el sonido de los látigos de hilos ixtle invocan la lluvia. Eso es lo que hacen los Gracejos con su baile, moviéndose ceremoniosamente al son de la armónica, golpeando la tierra y tronando su chirrión. Isabel y su esposo Jorge cuentan que una vez los Gracejos salieron con sus chirriones en mano a bailar en el centro de Quecholac y apenas habían avanzado unas cuadras cuando el cielo se descompuso y cayó una tremenda tormenta.

Desde hace una década, Jorge Trujillo e Isabel Fernández, habitantes de Quecholac, emprendieron la travesía de rescatar la historia y tradiciones del municipio del triángulo rojo, más conocido años atrás por sus índices de violencia que por su riqueza cultural.

Por ello, juntos crearon la asociación Quecholarte y Cultura A.C., además del Museo Comunitario, a un costado del ex convento en el corazón de la cabecera municipal. A la par, una de sus actividades principales, por iniciativa de Jorge, ha sido el recuperar la danza tradicional y el hacer las máscaras con las que salen a bailar. Don Jorge lidera la única cuadrilla en Quecholac que todavía conserva la historia y tradición de los Gracejos.

Los Gracejos

Somos los únicos que bailamos así, dice don Jorge. Cuando la gente los ve, sobre todo quienes tienen más edad, recuerdan cuando eran parte de las cuadrillas de Gracejos.

Trujillo, ahora mascarero, baila desde pequeño. El señor Luis Camarillo fue quien le enseñó y lideraba la cuadrilla de niños; don Jorge lo buscó hace casi una década para que también le compartiera los toques de la armónica y los pasos. En ese entonces el señor tenía 94 años y cuando llegaron a contarle del proyecto de rescate de la danza, sacó su armónica y se puso a bailar.

Don Luis Camarillo ya falleció, pero la cuadrilla que surgió con su apoyo es la única que mantiene la tradición original en toda la región y la conforman cerca de 40 personas. Los demás, dice Jorge, ahora salen “a echar relajo”, se saben los pasos, pero no el significado.

La tradición es una forma de petición de lluvia, y luego de agradecimiento. Antes era también una manda, y si querías que algo se cumpliera tenías que bailar siete años seguidos. Isabel ha investigado que el bastón, en forma de serpiente, tiene simbolismo de agua. Este es un atributo que tienen deidades del agua como Tláloc, que tiene un cetro en forma de rayo de serpiente; mientras que el chirrión, que al estallar emula al sonido del trueno, es una forma de pedir fertilidad.

También han encontrado similitudes con otras danzas pero lo que la distingue es su solemnidad. “No es una danza movida, o alegre como los Diablos o Tecuanes (…) es más como ritual porque todo lo hacen, hacen más énfasis en los pasos porque todo es más fuerte, como hacia la tierra. Es como pedirle a la madre tierra que les provea de buena siembra, es muy ceremoniosa”, cuenta Isabel.

Hay registros de los Gracejos desde al menos 1717: en los archivos del Curato de Quecholac encontraron que incluso hay edictos donde se prohibía la danza (originalmente llamada de los Cacalotes o los Armados), porque la gente iba a las procesiones más a ver a los danzantes que a las figuras religiosas.

En Todos Santos la costumbre era que quienes bailaran llevaran ropas viejas, de sus familiares difuntos, para ayudar a conducir a las almas hacia el más allá y confundir a los malos espíritus, para despistarlos y que no sepan quién está vivo y quien está muerto; a veces también usaban la piel de algún animal muerto. Los Gracejos también son intermediarios no solo entre la tierra y las deidades, sino entre los planos y dimensiones.

El corazón del maguey

A menos de diez minutos en auto del centro de Quecholac inician los cerros: al pie de uno de ellos se oculta una cueva dentro de un pasadizo de grutas, todo flanqueado por arbustos, biznagas y gigantescos magueyes. La geografía de los montes es así, con pasadizos ocultos de grutas que pareciera que llevan al inframundo. Ahí, en esos cerros, don Jorge camina ágil, casi sin ver al suelo, buscando la planta ideal para hacer la máscara.

Para Isabel y Jorge es importante no solo saberse los pasos, sino los orígenes del baile: por qué, desde cuándo, por qué las máscaras, la vestimenta, los sonidos.

“Antes de que se conocieran como gracejos la gente mayor los [conocía] como viejos, ‘ya vienen los viejos bailando’, decían”, explica Isabel.

Incluso la vestimenta de los Gracejos es ropa como de ancianos, porque generalmente llevan un cotón de lana. Es, dice Isabel, una forma de rendir tributo a los ancestros que, según la cosmovisión prehispánica, son los intermediarios entre las deidades y el ser humano.

Foto: Marlene Martínez

Mientras camina por una explanada conocida como “La cruz de los solteros”, Trujillo explica que las máscaras se hacían tradicionalmente de cuero de chivo, pero en la búsqueda por usar un material que no implicara destruir otra cosa, descubrió que los magueyes secos se podían utilizar como madera. Él no mata nada, utiliza la cactácea que ya murió para darle una segunda vida.

Para don Jorge el ser Gracejo además de ser parte de su vida es una ceremonia, un ritual. Y no sólo eso sino seguirlo compartiendo, difundir la danza, hacer nacer las máscaras de sus manos. El mascarero incluso ha participado en encuentros internacionales por las piezas que hace.

Originalmente no se podía saber quiénes estaban detrás de las máscaras. Esto responde un poco a lo que se hacía en Día de Muertos. Jorge cuenta que cuando se ponen la máscara incluso tiene que cambiar la voz, para despistar a los vivos y a los muertos y ocultar su identidad.

Jorge sigue caminando y encontrando magueyes para mostrar qué es lo que sirve y qué no: los idóneos son los que ya dieron familia, que se reconocen por tener varios agaves a su alrededor, y después de cumplir su ciclo mueren. Entonces el mascarero, que va cargando un hacha por todo el monte, corta desde abajo el quiote, que parece el tronco del maguey, para llevárselo y sacar de ahí una máscara, el rostro de otro Gracejo.

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