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Detener la mancha tóxica de la mina Real de Cosalá, sin negligencia gubernamental

De nuevo, la denuncia de lo ocurrido en la mina Real de Cosalá no provino de dependencias que tenían conocimiento del problema desde hace dos meses sino de pobladores que comenzaron a sufrir pérdidas en sus hatos ganaderos y desde tal preocupación encendieron luces de alarma.

Aquello que para las autoridades en la materia ha pasado desapercibido y los directivos de la compañía consideran de riesgo mínimo, se convierte en un llamado urgente a la intervención gubernamental para investigar y atender el derrame de material de la laguna de jales de la mina Real de Cosalá, situación que podría desencadenar el desastre ecológico extendido a las márgenes del río San Lorenzo.

Conforme se regularicen las lluvias el afluente retomará su corriente y es posible que el material tóxico salga de la zona en que se ha mantenido y los daños que hasta ahora son muy localizados con la mortandad de ganado se amplíen a todo el cauce. Por ello la importancia de que la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente y la Comisión Nacional del Agua eviten negligencias y retrasos en la atención.

A partir de la preocupación de los habitantes de las comunidades afectadas, ESPEJO ha dado seguimiento puntual a las versiones y temores de lugareños y ello aparte de atraer la atención de otros medios de comunicación originó que Isabel Mendoza Camacho, secretaria de Desarrollo Sustentable en Sinaloa, retomara el caso del cual la dependencia afirma tener conocimiento desde abril.

Llama la atención que las instancias oficiales de cuidado del medio ambiente le hayan permitido a la empresa minera la alternativa de construir pozos a lo largo de la vertiente del río para que al generalizarse las precipitaciones pluviales el agua jalara la mancha tóxica a esos hoyos y supuestamente ahí quedara enterrado el material contaminante. ¿Es ésta una solución científicamente factible?

De nuevo, la denuncia de lo ocurrido en la mina Real de Cosalá no provino de dependencias que tenían conocimiento del problema desde hace dos meses sino de pobladores que comenzaron a sufrir pérdidas en sus hatos ganaderos y desde tal preocupación encendieron luces de alarma. Aquí se origina el apremio a que esta vez se actúe en serio, con investigaciones que lleven a la realidad que ha de ser atendida sin la clásica salida de “muerto el niño se cierra el pozo”.

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