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#HoyPorTi | Luchar contra la Covid y el narco

Ahora la lucha de los docentes comunitarios no era contra la violencia, sino la de buscar cómo atender a los adolescentes desplazados en algún lugar de Culiacán –sin acceso a computadoras o internet– para continuar su educación a distancia.

Las balas llegaron a las paredes de la telesecundaria en Bagrecitos, justo ahí es el límite de este pueblo al norte de Culiacán, donde ocurrió una masacre el 24 de junio del 2020.

Esa fecha marcó a cientos de mujeres y hombres que vivían a una hora de la ciudad, la capital de Sinaloa, lugar donde había otra amenaza latente, la de enfermar de COVID-19 como ya sucedía con miles de personas en ese momento.

La masacre de 16 personas en Bagrecitos ocurrió en medio de la pandemia, cuando se atravesaba por el pico más alto, pero había que salir del pueblo o vivir la amenaza de morir entre balas.

A un año de esa herida, aún hay casas vacías, otras incendiadas y unas más con sus fachadas dañadas por los balazos. Así está, por ejemplo, la Telesecundaria Federalizada #95, donde las balas tocaron la fachada y destruyeron parte del mobiliario indispensable para las clases.

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Las personas más vulnerables eran las jóvenes, quienes estaban a cargo de Ángel de la Cruz de la Cruz y de José Manuel Vergara Félix, dos maestros que tuvieron que aprender una nueva manera de enseñar desde antes de esta masacre.

El reporte de la Secretaría de Seguridad en Sinaloa estableció que la masacre ocurrió por confrontaciones entre grupos armados dedicados a la producción de drogas ilegales.

Cuando ambos profesores llegaron a Bagrecitos tuvieron que adaptarse a esa realidad. Ahí se había normalizado ver a personas armadas, que los jóvenes fueran reclutados por el crimen y que pasearan por la carretera como policías comunitarias, solo que con el fin de cuidar un territorio para negocios ilícitos.

Aun así, los maestros no se rindieron. El método que utilizaron fue el del ejemplo, mostrando distintas opciones de vida, como el estudio de una licenciatura o ingeniería, a través de expertos que compartían sus experiencias.

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«Un día llevamos a un experto en lombricomposta, porque no te puedes alejar de eso que ellos viven y por eso también tienes que enseñarles cosas que mejoren las actividades del campo, nos dimos cuenta que les gustaba, tanto que los papás también iban y participaban», aseguró el profesor Ángel.

Pero la situación cambió y todo eso que construyeron se vino abajo por esa masacre. A un año después de ese suceso, el pueblo y alrededores permanen casi deshabitados.

Ángel y José Manuel se enfrentaron así a una crisis que creció cuando voltearon a la ciudad, donde había centenas de personas enfermas, con centros comerciales cerrados, con la vida cortada por una pandemia que amenazó fuertemente a la capital sinaloense.

Ahora la lucha de los docentes comunitarios no era contra la violencia, sino la de buscar cómo atender a los adolescentes desplazados en algún lugar de Culiacán –sin acceso a computadoras o internet– para continuar su educación a distancia.

Las autoridades locales dieron a conocer que por lo menos 400 familias dejaron sus hogares. El terror tocó la puerta en Bagrecitos, pero también asestó en otras comunidades como La Pitahayita, Tepuche, La Reforma, Caminaguato, San Rafael, La Ceiba, El Vino y El Barco. 

Los profesores tocaron y tocaron puertas sin éxito, hasta que dieron con el Instituto de la Juventud de Culiacán, donde ya atendían a las personas que habían migrado de forma forzada desde Bagrecitos.

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Hablaron con una decena de burócratas, hasta que encontraron quién escuchara una propuesta interesante: rescatar a jóvenes del crimen en medio de la pandemia.

El hombre que les escuchó se llama Alonso Ramírez. Este les dijo que solo había un lugar para hacerlo, un viejo centro deportivo olvidado en la colonia 21 de marzo, al sur de Culiacán, prácticamente al otro extremo de la ciudad.

«Nos fuimos y adaptamos todo, desde cero», explicó el maestro José Manuel.

Es verdad, no había más que polvo y muebles viejos, el único espacio disponible y alejado de las zonas con mayor número de contagios en Culiacán. Era esto o dejar que la pobreza evitara que siguieran sus clases por falta de computadoras o internet.

Los maestros decidieron adaptar un salón en el Centro de Barrio de la colonia 21 de marzo para seguir atendiendo a las y los adolescentes que permanecieron en Culiacán, y no solo en su educación.

Colocaron computadoras, todas alejadas para evitar los contagios. Convirtieron el lugar en un espacio donde había 30 alumnos recibiendo clases en línea de manera constante.

Venían porque aquí eran escuchados y acompañados por dos maestros que decidieron arriesgarse durante la pandemia, que solo en Culiacán ha arrebatado la vida a 2 371 personas según cifras oficiales.

Estos docentes solo guiaron hasta donde pudieron. Conforme pasó el tiempo las y los adolescentes dejaron de asistir, poco a poco, casi en silencio.

«Hubo quienes tuvieron que dejar la escuela para trabajar, otros se fueron con sus familias de Culiacán por miedo», narró Alonso Ramírez, el hombre que ayudó a conseguir este centro.

El centro cerró, ya no hubo más clases. Los maestros tienen la esperanza de que volverán a encontrarlos, quizás no en un aula porque ellos enseñan telebachillerato, pero sí tratando de cambiar la vida en Bagrecitos lejos del crimen que los hizo huir.

Esta historia es producida como parte del Fondo Resiliencia, un programa de The Global Initiative Against Transnational Organized Crime (la Iniciativa Global contra el Crimen Organizado Transnacional, GI-TOC), en coordinación con Iniciativa Sinaloa A.C.  

Créditos: 
Texto: Marcos Vizcarra
Ilustración: Martha Rivera
Edición: Miriam Ramírez

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