Sociedad

Conciencia antes que estigma | Vivir con VIH en Culiacán

‘Aquí en Culiacán es difícil porque es una situación no muy visible, hasta parece que nos educan para sentir miedo de ella’.

En el marco de la conmemoración del Día Mundial de la Lucha Contra el VIH/ Sida, en 2021 ONUSIDA señala que existe ‘una ralentización en el ritmo al cual se van reduciendo las nuevas infecciones por el VIH, se va aumentando el acceso al tratamiento y se va terminando con las muertes relacionadas con el sida.


Cifras de ONUSIDA precisan que para 2020, alrededor de 37.7 millones de personas viven con VIH en el mundo, de esta cifra, 1.5 millones se convirtieron en portadoras del virus solo en 2020 y más de 600 mil personas murieron por complicaciones relativas al Sida.

En el plano local, el departamento del programa VIH/Sida-Enfermedades de Transmisión Sexual reportaba que para el mes de octubre del presente año, Culiacán es el municipio con más casos registrados de VIH en Sinaloa.

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Tan solo de enero a septiembre de 2021, 258 personas empezaron su tratamiento en el estado, siendo en su mayoría pacientes de 20 y 40 años de edad.

El programa de apoyo y acompañamiento, ’Indetectables’, señala que ‘La persona que vive con VIH tiende a aislarse y a evitar las relaciones sentimentales o desechando la posibilidad de una relación con una persona de distinto estado serológico. La idea de transmitir el VIH a una pareja resulta tan aterradora que muchas personas deciden dejar su lado su vida sentimental y/o sexual’.

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Vivir en una ciudad como Culiacán siendo una persona seropositiva, representa un doble reto, el primero de salud y el segundo en contra de la discriminación que produce el estigma y que el silencio sea un acompañante implícito de esta condición.

Conversamos con Jose Luis, Michelle y Tania, culichis que han vivido de manera diferente el proceso de aceptación de su estado y han tenido que romper sus propios estigmas sobre el VIH en busca de salud física y emocional, mientras se permiten experimentar de nuevo una relación de pareja.

Tapar el sol con un dedo

A José Luis le dieron su diagnóstico hace apenas 3 meses, aunque la espera para confirmarlo fue larga, asegura que le dio paz conocer cuál era el origen de otros malestares que no le permitían seguir con su rutina de la manera en la que lo hacía.

“Yo ya me lo imaginaba, porque ya había estado allí, de hecho había pasado muchas veces por esa situación sin ser el protagonista, me tocó consolar al menos a 3 amigos cuando les dieron su resultado, con todos ellos fue como una bomba, pero cuando me pasó a mí simplemente me dejó como en un trance.

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Es muy diferente decirle a  alguien que todo va estar bien, a creer que todo va estar bien.

Afortunadamente yo he tenido apoyo de mis amigos a los que tuve la oportunidad de ayudar cuando se sentían mal, en estos tres meses no me han dejado solo, porque cuando uno pasa por esto a veces tienes ideas muy locas, es como si te apagaran.

Ahorita te puedo decir que todo está bien, no me he quebrado la cabeza pensando en cómo fue, ni en quién fue, porque eso no tiene sentido, no es que vaya a cambiar algo saberlo, siendo honesto me preocupa más pensar en qué voy a hacer, porque de cierta manera si cambia la rutina, sobre todo con las visitas al médico y tener que estar dando justificaciones en el trabajo.

Aquí en Culiacán es difícil porque es una situación no muy visible, hasta parece que nos educan para sentir miedo de ella, para callarnos y hacer como si nada, aunque realmente es una situación que viven miles de personas de todas las clases sociales, de cualquier preferencia sexual, la gente piensa que se puede tapar el sol con un dedo.

A dos de mis amigos no les fue bien cuando comentaron sobre su estatus en las empresas en las que trabajaban, o sea no los corrieron pero los orillaron a renunciar y no me gustaría que eso me pase a mí, eso es lo que más me asusta, porque me gusta mucho lo que hago.

De cómo estoy, te puedo decir que bien, creo que es más el shock de pensar que muchas cosas van a cambiar aunque no es así”

Cada vez son más las personas que comprenden que vivir con VIH no es una sentencia de muerte y que se puede llevar un estilo de vida totalmente normal, asi como disfrutar de una sexualidad plena. Si lo piensas bien, la idea de que una persona haya podido gestionar su problemática en una experiencia de aprendizaje vital para salir reforzado positivamente, puede ser seductor para muchas personas, explica el sitio web Indetectables.

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El amor es otra cura

Para Michelle conocer su estatus como seropositiva a los 16 años le provocó un shock que la mantuvo retraída alrededor de 4 años, la sorpresa la unió a su familia, pero la separó de muchos de sus ideales debido a los prejuicios que ella misma tenía sobre el VIH.

“Me desmayé como 3 veces en la prepa, desde la primera vez que pasó me empezaron a hacer estudios, los doctores pensaban que era algo muy grave, mi mamá estaba asustada porque le dijeron que podía cáncer o algo así, yo en ese entonces tenía muchos miedo.

Luego de un montón de vueltas me llamaron de epidemiología, yo en ese entonces no hacía ninguna de mis vueltas sola, siempre estaba mi mamá conmigo y nos tocó juntas abrir el sobre que me confirmó esta situación, en ese momento me quedé ida, yo ya no fui la misma desde entonces.

Yo empecé a seguir el tratamiento, en aquel entonces eran otras pastillas, ahora ya nada más tomo una en la noche y seguí mi vida casi como si nada, traté de no decirle a nadie, ni mi papá sabía la situación, era un secreto entre mi mamá y yo. Pensaba que estaba bien así, pero a la larga terminó haciéndome mucho daño.

Ahorita ya tengo 24 años, 8 años después te puedo decir que viví un infierno por dármela de valiente y no ir a terapia, yo miraba que mis amigas tenían novios y yo también quería, pero cada que un muchacho se me acercaba yo terminaba evadiéndolo, sentía mucha culpa, muy a pesar de que yo sabía que no podía contagiar a nadie, me daba mucho miedo llegar a la parte en la que tenía que decirle ‘sabes qué, tengo VIH’, me daba terror pensar en sus reacciones.

Conocí a Miguel en la universidad, él estudió el primer año en mi grupo y siempre se portaba bien conmigo, me invitaba a salir y en las fiestas siempre bailaba conmigo, yo me estaba enamorando, pero siempre ponía una barrera, siempre lo apartaba, hasta que un día me confrontó, yo al final terminé diciéndole lo que estaba pasando y fue él que desde entonces me ha apoyado.

Comencé a ir a terapia, llevé a mi mamá y luego me sinceré con mi papá y mi hermana mayor, ha sido gracias a él y al cariño que me tiene que yo pude ver mi situación de otra manera, de una forma más real, te digo que no puedo creer que yo me perdí 6 años evadiendo a muchas personas, pensando que no iba a encontrar el amor y fue de cierta manera el amor el que me curó a mí”.

En una entrevista con El País, Álvaro de Mena, especialista en Enfermedades Infecciosas del Complejo Hospitalario Universitario de A Coruña explica que el “A los pacientes se les pone delante una realidad que no les gusta, que tienen que casar con sus situaciones personales y profesionales, y a la que deben decidir si dar o no visibilidad”. Por más que, gracias al tratamiento, puedan llevar una vida plena en el aspecto orgánico, su esfera psicoafectiva y social se resiente, algo que puede acompañarles toda la vida. “Dan miedo los análisis de empresa, los seguros médicos, la confesión a posibles parejas… Y aparecen la ansiedad, el insomnio, la depresión. Es lo que más vemos en consulta”.

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Heredar amor

Cuando Tania fue diagnosticada hace 8 años, el mundo se le derrumbó, truncó muchos de sus planes pensando que vivir con VIH le impediría realizarse de manera profesional y personal. Hace 3 años cumplió uno de sus más grandes sueños, ser madre.

“Al principio mi historia fue trágica porque yo misma me la imaginé así, y así la dirigí. Yo soy enfermera y podría parecer absurdo que alguien que se dedica a la salud pudiera tener estigmas tan fuertes hacia este tipo de situaciones, porque a fin de cuentas es eso una situación, una condición con la que se vive.

Tenía 21 años cuando me dieron mi diagnóstico, todavía estaba estudiando y muchas veces pensé en salirme de la universidad, ya no quería seguir, me sentía muy mal porque de cierta manera sentía que le había fallado a mis papás, a su confianza.

En aquel entonces yo vivía en Guadalajara, allá estudiaba. Mi mamá una vez fue a visitarme y yo le terminé contando, desde entonces me ha apoyado mucho, ella y toda mi familia.

Cuando inicié el tratamiento fue muy difícil, también empecé a ir a terapia, porque entendí que era algo que tenía que ir de la mano porque los bajones son muy comunes cuando vives así.

Terminé mi carrera y me fui a vivir a Ciudad de México, allá conocí a mi esposo, él también vive con VIH, y logramos entendernos muy bien, me ha ayudado mucho en todo este proceso.

Ahorita vivimos en Estados Unidos, allá ejercemos los dos, él en lo suyo y yo soy enfermera particular, venimos varias veces al año a ver a mis papás aquí a Culiacán. Llevamos una vida normal, de hecho yo mejoré muchos de mis hábitos a raíz de esto, desde alimentación, consumo de alcohol, ejercicio, todo para tener una mejor calidad de vida.

Lo que más me daba miedo de esta situación era que yo tenía mucha ilusión de ser mamá y aunque no se dio de una manera habitual, ahora tengo una familia a la que quiero mucho y trato de dar eso, el amor que mis padres me heredaron a mí’.

Para 2020 Sinaloa ocupaba el puesto 26 a nivel nacional en nuevos casos diagnosticados de VIH/SIDA representando una incidencia de 7.6 casos por  cada 100 mil habitantes, según datos de la Dirección de Prevención y Promoción de la Salud de Sinaloa.

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