Historia

Los cambios en los roles de la mujer “culichi” durante la época revolucionaria

Estos características fueron abordadas y explicadas por la historiadora Cinthia Guadalupe Jorquera Núñez en su tesis de maestría “Imaginarios femeninos en Culiacán, 1900-1929”

Actualmente, la defensa y reivindicación de los derechos de las mujeres por equilibrar la balanza de la desigualdad entre ellas y hombres se ha convertido en una demanda que se posiciona cada vez más en la opinión pública.

Esto porque a lo largo de la historia la idea que se tenía sobre las mujeres era la de un destino entregado a lo privado, es decir, al hogar, al cuidado de la familia: desempeñarse como futuras esposas y madres de familia.

Por ejemplo, en una página del periódico de la ciudad de México, El Tiempo Ilustrado, publicaba en 1912 se leía:

“La educación de una señorita es muy incompleta, a menos que haya aprendido a cocinar, cocer, ser amable, vestirse decentemente, evitar la ociosidad, arreglar bien la casa, a dominar su espíritu, cuidar a los niños, ser alegre de corazón y rápida de pies”.

Este tipo de publicaciones en la prensa de la época ayudaba a perpetuar ciertos imaginarios femeninos o idealizaciones sobre ellas, y de cuál debía ser su rol en la sociedad.

Estos características fueron abordados y explicados por la historiadora Cinthia Guadalupe Jorquera Núñez en su tesis de maestría “Imaginarios femeninos en Culiacán, 1900-1929”, donde se dio a la tarea de estudiar a las mujeres a través de las ideas que dominaban en la sociedad culiacanense durante las primeras dos décadas del siglo XX.

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La investigadora pone como punto de partida los últimos años del periodo conocido como el Porfiriato, así como de los cambios estructurales producidos tras el acontecimiento bélico de la Revolución, y como esta etapa sentó las bases para que se hicieran pequeños cambios, especialmente en los roles sociales al romper ciertos códigos y normas a las que estaban supeditadas por el hecho de ser mujeres.

Entre la documentación consultada por la historiadora, se encuentra el plan de estudios del Colegio Rosales (antecedente de la Universidad Autónoma de Sinaloa), que en 1913 mostraba como en su mayoría, las mujeres tomaban clases de dibujo, español, lectura y escritura, idiomas como francés o inglés; reflejando con esto como las carreras ofrecidas para el sexo femenino continuaban siendo limitadas, situación que se veía posteriormente en el mercado laboral al que accedían ellas.

Aunque la realidad era, que por lo menos entre las mujeres de clase alta y media, en su mayoría no trabajaban por lo expuesto al inicio:

“Entre más ociosa e indolente más distinguida se le considera”, se lee en un periódico de esos años.

Al momento del estallido del movimiento revolucionario en 1910, que en Culiacán llegó un año después en 1911, la situación de las mujeres comenzó a virar poco a poco hacía lo público, comenzando por registrar como muchas de ellas se unieron de diversas maneras a la lucha armada. Se encuentran las adelitas, en su mayoría de clase baja quienes acompañaban a sus parejas dentro de los contingentes.

Aunque la mayoría se concentró en actividades y oficios serviles como cocineras o enfermeras, hubo quien logró ascender militarmente entre los hombres como coronelas o sargentas, como las sinaloenses conocidas como La Valentinay “La güera Carrasco”. Quienes provenían de estratos sociales más altos y mejor ilustradas, hubo quienes destacaron con sus ideas en el periodismo; tal es el caso de María Guadalupe Rojo y Cecilia Zadi.

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El movimiento revolucionario abrió una brecha para las mujeres, quienes tuvieron que adaptarse a las circunstancias que trajo consigo la etapa armada, lograron romper con los roles tradicionales, empezaron a realizar más tareas y ocupar nuevos espacios. No solo modificó su estilo de vida, sino que además contribuyó a que la sociedad comenzara a verlas de un modo diferente, consiguieron que fueran respetadas por demostrar su capacidad”, se lee en la investigación.

La oferta laboral se había diversificado, ya no se desempeñaban solo como profesoras de enseñanza primaria o mecanógrafas, sino que ya eran escritoras, periodistas, agentes de negocio, en el sector salud; ya no solo se les conocía como parteras y enfermeras, ahora ejercían como médicos, dentistas, veterinarias y farmacéuticas.

Sin embargo, cabe destacar que la historiadora precisa que varios elementos porfiristas van a seguir poniéndose de manifiesto muy entrado la época postrevolucionaria, ya que la prensa seguiría siendo reiterativa por las crónicas de moda para las mujeres de élite.

La prensa también continuó publicando, por ejemplo, sobre enlaces nupciales celebrados en la capital entre personajes importantes y miembros de las clases altas: “La unión matrimonial y la formación de una familia continuaban siendo prácticas que toda mujer esperaba realizar”, se lee.

“S. M. Armida I. Reina del Carnaval en Culiacán”, Yáñez, El mundo Ilustrado,
México, 19 de marzo de 1911, portada

Es importante dejar en claro que en la mayoría de las ocasiones, los imaginarios femeninos de estos años no contemplaban a las mujeres pobres, quienes vivían al margen de los prejuicios de las élites y del resto de las clases sociales, ya que “su única herencia es el hábito del trabajo”.

Si deseas leer la tesis completa de la historiadora Cinthia Guadalupe Jorquera Núñez puedes consultarla ingresando al siguiente documento:

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