Reflexiones

Jorge Ibarra

8 mil millones de habitantes en el mundo

A Damian le tocó nacer en un mundo que enfrenta una severa crisis medioambiental

La madrugada de este 15 de noviembre la población mundial alcanzó los 8 mil millones de habitantes, con el alumbramiento de un niño dominicano al que su madre tuvo a bien nombrar Damian.

Más allá de su nacionalidad, a Damian le tocó nacer en un mundo que enfrenta una severa crisis medioambiental que amenaza la existencia misma de la especie humana en el planeta tierra. 

En toda su historia, la población jamás había superado el límite de los mil millones. Fue apenas hace 200 años cuando la cifra comenzó a dispararse al amparo de la ciencia moderna y la industria, que sometieron a la naturaleza para que el hombre pudiera explotar sus recursos indiscriminadamente.

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Ciudades enteras brotaron sobre la superficie terrestre. Valles, bosques y océanos domesticados para satisfacer necesidades humanas cada vez más voraces. 

La gravedad del asunto ha estado oculta debido a las grandes desigualdades económicas y sociales. Por eso se dice que si cada persona tuviese el nivel de consumo de un norteamericano promedio, harían falta otros 3 planetas para abastecer la demanda de bienes que el mercado nos induce a adquirir. 

El cambio climático ya no es una suposición o una posibilidad. No hay vuelta atrás, hemos cruzado el punto de no retorno. Lo que ahora está en juego es ver la forma en que gestionaremos un mundo más hostil.

Aún así todavía hay quienes se niegan a aceptar que las variaciones climáticas afectarán la vida humana. Da igual. La naturaleza será indolente con los negacionistas. Una de las principales características de los riesgos globales es su incapacidad para contenerse. 

Nadie se salva. Las sequías, por ejemplo, no solo impactan con la escasez de alimentos sobre las regiones donde se presentan. Sus efectos se sienten en cualquier parte del mundo debido al aumento de precios y al desplazamiento de poblaciones migrantes que saltarán fronteras cada vez más protegidas en su búsqueda de lugares para subsistir.

La pasividad, la falta de entendimiento y la rivalidad entre naciones tendrá como consecuencia el aumento de las desigualdades y un agravamiento de las tensiones internacionales y los conflictos étnico raciales al interior de las ciudades. 

Hay países que se rehúsan a controlar sus emisiones de carbono, o transitar hacia energías más limpias, solo porque ven en estas medidas una camisa de fuerza que limita sus posibilidades de crecimiento.

Por otro lado, si la gestión del cambio climático se deja en manos del mercado o de la iniciativa individual, las posibilidades para una vida segura y los pocos recursos disponibles seguirán acaparados por unos cuantos desarrochadores que se imaginarán merecedores de último lote de gracia.

¿En manos de quién está nuestro futuro? Hay por ahí unos hipermillonarios, como Elon Musk, Jeff Bezos y Mark Zuckerberg que se atribuyen ellos mismos la encomienda de salvar a la humanidad. Sus proyectos, sin embargo, no disponen una alternativa que reduzca el impacto sobre los recursos, ni una mejor distribución de los mismos.

Por el contrario, imaginan escenarios de conquistas espaciales e interplanetarias, cápsulas que orbitan la tierra y mundos virtuales gestionados por sus empresas. Una mera extensión del colonialismo de siempre.

Partamos de una premisa básica. No hay lugar a donde podamos ir. La tierra es nuestro único hogar y nos lo estamos acabando.

Si algo bueno trajo consigo la reciente pandemia que nos mantuvo aislados durante casi dos años, es una revalorización del papel del Estado para enfrentar las amenazas. El problema es que ese mismo Estado puede aprovechar las emergencias para excusarse de sus compromisos hacia con los derechos humanos y la cooperación internacional para un desarrollo sostenible.

¿En dónde está la solución, entonces? En los esfuerzos colectivos, por su puesto.

Gobiernos cosmopolitas, abiertos, financieramente estables y con voluntad para conducir la transición hacia un nuevo modelo de Desarrollo alternativo al crecimiento ilimitado. 

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Y en una ciudadanía capaz de movilizarse. Vigilante y activa políticamente. Participativa y dispuesta a replantearse por sí misma, y desde la comunidad, lo que hasta ahora es tomado en cuenta como noción incuestionable de progreso. 

Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de ESPEJO.

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