Reflexiones

Dr. Jorge Rafael Figueroa Elenes

Agua, calientamiento global y cambio climático en Sinaloa

Actualmente, Culiacán no puede considerarse una ciudad sustentable, aunque tiene el potencial para serlo. La sustentabilidad no sólo consiste en la preservación de recursos naturales, sino en asegurar su permanencia mientras se les da un aprovechamiento socioeconómico que mejore y garantice la calidad de vida de la población.

El viernes de la semana pasada fui testigo de cómo el maestro Rafael Rentería Escobar, haciendo una brillante defensa de la tesis Gestión Integral de los Recursos Hídricos: una vía a la sustentabilidad, se convirtió en un nuevo Doctor egresado del Doctorado en Ciencias Sociales que ofrece la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales de la Universidad Autónoma de Sinaloa.

Rafael, contando con la co-dirección de un servidor y del Doctor Pablo Martín Urbano de la Universidad Autónoma de Madrid, durante casi cuatro años desarrolló un proyecto de investigación referido a la evaluación de las políticas públicas asociadas a la gestión del agua a nivel municipal en Culiacán, Sinaloa, a partir de un análisis comparativo con la gestión de los recursos hídricos en otros lugares del mundo donde se ha optimizado la gestión del agua, para de esta forma consolidar la plataforma de lo que sería una propuesta de Gestión Integral de los Recursos Hídricos Municipales (GIRHMU).

En la presentación de su trabajo, precisa que lo que busca es evaluar el grado de compatibilidad existente entre los requerimientos económicos y los requerimientos de la sociedad, entendiendo que el medio ambiente y su cuidado forman parte de un contexto que debe ubicarse actualmente en el centro de las preocupaciones de países y gobiernos. Asegura que el cuidado del medio ambiente y la necesaria sustentabilidad de los procesos de crecimiento y desarrollo económico son problemas de alcance global que, sin embargo, deben atenderse localmente, pues de otro modo las iniciativas derivadas de las cumbres mundiales sobre la conservación del medio ambiente se quedan en meras declaraciones estériles que no producen resultados apreciables. Por esta razón, los gobiernos locales tienen la obligación de ser eficientes si es que aspiran a formar parte de la solución y no del problema.

Recupero de su argumentación problemática, ideas centrales como aquella en la que señala que la disponibilidad de agua dulce per cápita ha disminuido a nivel mundial por un uso cada vez mayor y el agotamiento en parte de los recursos hídricos dulces disponibles.

La demanda de agua, dice, se ha potenciado como consecuencia del incremento poblacional, el aumento en el desarrollo económico y las crecientes necesidades productivas, especialmente del sector agropecuario, generando un consumo intensivo del recurso. En muchos casos, un mayor número de necesidades ha significado en paralelo una menor oferta de agua por la desigual distribución del recurso, cuya disponibilidad no siempre coincide con la localización del crecimiento demográfico. Como parte del problema, recuerda que en la actualidad la mitad de la población mundial habita en las ciudades donde las tasas de crecimiento demográfico son mucho más elevadas, especialmente en los países en desarrollo.

Para el caso local, centralmente señala que Culiacán es un municipio con condiciones climáticas presumiblemente favorables para una disponibilidad continua de agua, pero las dinámicas de explotación y la vulnerabilidad del ecosistema frente al cambio climático convergen en un estrés hídrico sobre la cuenca que ha provocado que el agua se vuelva insuficiente para cubrir las necesidades de la totalidad de la población del municipio. Además, por el tipo de especialización económica del estado y también del municipio, las políticas públicas encargadas de la asignación del agua se han orientado a destinar porcentajes desproporcionalmente altos del recurso al sector agropecuario en forma sistemática, privando al aspecto social y al medioambiental de una cuota de agua suficiente para considerar que se haya alcanzado una sustentabilidad en el uso del recurso que garantice su disponibilidad a largo plazo, al mismo tiempo que la despoja de su característica de ser un derecho humano.

Aclaro, no pretendo dedicar este espacio para hacer un análisis detallado de la tesis del Dr. Rentería Escobar, pero si para, con el marco que he recuperado de su trabajo de investigación, echar mano de algunos datos estadísticos que me parece vale la pena compartir, para advertir los riesgos que corren las regiones del mundo, aún aquellas que como la nuestra aparentemente cuentan con abundantes recursos hídricos, si no se diseñan políticas públicas que atiendan los problemas provocados por el calentamiento global y el cambio climático. En particular aquellos que, derivados de esos fenómenos, exigen una gestión adecuada del recurso agua.

Quiero enfatizar en aquello que en la citada tesis se identifica como Balance Hídrico, entendido como la correspondencia que debe existir entre la demanda y la oferta de agua, considerando el equilibrio de los tres pilares de la sustentabilidad: económico, ambiental y social. En el documento se señala que, partiendo del principio del balance hídrico, resulta válido afirmar que el volumen de agua existente en el mundo ha permanecido constante desde el inicio de los tiempos. Es decir, el agua con la que tenemos contacto es la misma agua que existía en el planeta hace dos mil años. Lo que no ha sido una constante es el nivel de explotación sobre los recursos hídricos, pues el incremento de la población, sumado a otros factores como el cambio climático, la deforestación y la contaminación han propiciado una creciente demanda de agua y consecuentemente un aumento en el estrés hídrico con tal de satisfacer las necesidades humanas y ambientales contemporáneas.

Refiriéndome específicamente a la demanda y oferta de agua, quiero poner especial atención a tres de sus componentes que, al menos en Sinaloa, sin que nos percatemos, han evolucionado desfavorablemente en los últimos 35 años, como resultado de los efectos del calentamiento global y el cambio climático. Son la temperatura, las precipitaciones pluviales y el almacenamiento de las presas.

En la citada investigación observamos el comportamiento de las temperaturas máximas, desde 1985, en los meses de junio, julio y agosto. Encontramos que, en 1985, la temperatura promedio para los meses señalados era de 34.8 grados centígrados y el aumento ha sido constante a partir de entonces. Tomados también como promedio de los meses más calurosos, la temperatura fue de 35.2 grados centígrados en 1990, 35.6 en el 2000, 35.8 en 2010, 36.3 en 2018, 37.1 en 2019 y 37.2 en 2020. Un aumento de 2.4 grados centígrados entre 1985 y el 2020, y de casi un grado entre 2018 y 2020 (los últimos tres años).

En general se aprecia el mismo patrón de crecimiento permanente para los meses considerados en los años de referencia, con el mayor salto en el mes de agosto, que pasó de 34.4 grados centígrados en 1985 a 37.1 en 2020, una diferencia de casi 3 grados centígrados (2.7). Las diferencias entre 1985 y 2020 para los meses de junio y julio es de 1.9 y 2.6 grados centígrados, respectivamente. Se observa también que, para los años considerados, junio ha sido el mes más caluroso con una temperatura promedio de 36.8 grados centígrados.

Del comportamiento de las precipitaciones, registradas desde 1985 para los meses de julio, agosto y septiembre de cada año, lo que más llama la atención es la irregularidad con la que se han presentado. Para los años seleccionados, tomados como el promedio de los tres meses señalados, se observa que las mayores precipitaciones se presentaron hace 30 años (283.8 mm en 1990) y las más bajas hace 35 años (155.1 mm en 1985).  De manera general, se aprecia un aumento en las precipitaciones a partir del año 2000, pero una caída permanente a partir del 2018 a la fecha (una diferencia de -75.1 mm entre 2018 y 2020). En estos tres últimos años, las mayores reducciones en las precipitaciones se han presentado en los meses de septiembre (-169.8 mm) y agosto (-128.8 mm). 

La irregularidad en el comportamiento de las precipitaciones ha terminado por afectar las cantidades del recurso hídrico almacenado en las presas de la entidad. En Sinaloa existen 11 presas distribuidas en los distintos municipios. Dos en Culiacán, El Fuerte y Sinaloa, y una en Badiraguato, Elota, Cosalá, Salvador Alvarado y Choix. Las más grandes, Miguel Hidalgo (El Fuerte), Adolfo López Mateos (Badiraguato), Luis Donaldo Colosio (Choix), José López Portillo (Cosalá) y Gustavo Díaz Ordaz (Sinaloa).

En este caso, para su análisis, los registros de los volúmenes almacenados en las presas se tomaron desde el 2008, encontrándose que, de entonces a la fecha, en todas las presas se ha reducido la cantidad de agua acumulada. En el periodo (2008-2020) las mayores reducciones se presentaron en las presas de mayor tamaño, con las mayores caídas en las presas Luis Donaldo Colosio (-1,632.37 hm3), Adolfo López Mateos (-1,609.33 hm3), Miguel Hidalgo (-1,451.15 hm3) y José López Portillo (-1,436.11 hm3). Sin considerar la presa Juan Guerrero Alcocer que tiene un comportamiento atípico, las presas de Sinaloa, en la actualidad, no tienen ni la mitad de la cantidad de agua que almacenaban doce años atrás. Los casos extremos es el de las presas Gustavo Diaz Ordaz y Luis Donaldo Colosio cuya cantidad almacenada apenas representa el 35.7 y el 36.2 por ciento de los registros del 2008.

Se observa también que las presas presentan un porcentaje de almacenamiento cada vez menor con respecto a su capacidad total. Actualmente, considerando la situación de todas las presas de la entidad, el porcentaje promedio de almacenamiento no alcanza ni el 45 por ciento. Los casos con los menores porcentajes corresponden a las presas Luis Donaldo Colosio (28.9%) y Juan Guerrero Alcocer (31.5%). De las presas con mayor capacidad de almacenamiento, las más grandes, han sido las presas Gustavo Díaz Ordaz, José López Portillo y Adolfo López Mateos, las que han mostrado las mayores reducciones en sus porcentajes de almacenamiento, con cifras de -72.6, -55.7 y -52.1 por ciento, respectivamente. 

Considerando entonces el comportamiento de las variables que hemos utilizado para este análisis, en resumen, podemos decir que en Sinaloa, en las últimas cuatro décadas, las temperaturas han venido aumentando de manera permanente, las precipitaciones pluviales tienen un comportamiento cada vez más irregular y nuestras presas, con el paso del tiempo, almacenan una menor cantidad de agua. Esta situación sin duda afecta y modifica la demanda y la oferta del recurso hídrico, haciendo que resulte obligado el diseño y la instrumentación de políticas públicas que atenúen los efectos nocivos que generan la presencia de una mayor demanda y una mayor escasez de agua.

Creo que atender estos y otros problemas sociales y medio ambientales deberían ser parte de la agenda de quienes pretenden gobernarnos. Dichos problemas sería conveniente enfrentarlos en una fase preventiva antes de que se desborden y las vías de solución sean más complejas. Debe identificarse también que se trata de problemas multifactoriales y que requieren de un tratamiento multidisciplinario toda vez que afectan tanto el funcionamiento de la sociedad como del sistema productivo. De nueva cuenta, el necesario equilibrio entre lo económico, lo medio ambiental y lo social.      

En el mismo sentido, recojo finalmente una de las últimas ideas que aparecen en las conclusiones de la tesis del Dr. Rentería Escobar. Señala que es urgente un replanteamiento de la política de gestión del agua en Culiacán. Este replanteamiento debe tener como objetivo hacer eficiente su uso, minimizando el desperdicio y utilizando como marco general el principio de sustentabilidad. Esta sustentabilidad debe responder a un esquema que haya funcionado en otras ciudades del país y del mundo, conocidas como ciudades verdes o ciudades sustentables. Actualmente, Culiacán no puede considerarse una ciudad sustentable, aunque tiene el potencial para serlo. La sustentabilidad no sólo consiste en la preservación de recursos naturales, sino en asegurar su permanencia mientras se les da un aprovechamiento socioeconómico que mejore y garantice la calidad de vida de la población.

Dedico esta colaboración al Dr. Rafael Rentería Escobar y a sus padres, mis amigos los doctores Ana Lucía Escobar y Rafael Rentería. Agradezco las valiosas aportaciones y el acompañamiento en este proceso de formación académica a los doctores Pablo Martín y Gemma Durán, de la Universidad Autónoma de Madrid; al Dr. Leonardo Ayala de la Universidad Autónoma de Sinaloa y; al Dr. José Antonio Negrín de la Universidad Castilla-La Mancha.

Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de ESPEJO.

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