Reflexiones

Leónidas Alfaro Bedolla

Ayapín, el guerrero náhuatl que entregó la vida para defender a su raza

Ayapín, un guerrero Nahualt, originario de Culhuacan, émulo del gran Emperador Azteca Moctezuma, entregó su vida al defender el honor y estirpe de su raza.

( En el 490 aniversario de Culiacán: Segunda parte)

El 13 de agosto de 1521 cayó el imperio Azteca, tras la muerte de Moctezuma quien fue llevado a un paraje y fue acuchillado y colgado por soldados al mando de Hernán Cortés. De inmediato continuaron con la barbarie de destruir a la Gran Tenochtitlán, derrumbando los altares, ídolos y todo vestigio de lo que fuera el poderoso Imperio Azteca. En los informes que le hace llegar en sus cartas Hernán Cortés al rey Carlos V, le hace saber de sus avances, y aquel empieza a enviar más conquistadores para que invadan el continente americano. Nace así, La Nueva España, fincando como sede la ciudad de México. Es muy larga la lista de los españoles que se han encargado de invadir al continente, de entre ellos los más desalmados fueron Panfilo de Narvaéz y Nuño Beltrán de Guzmán.

El 28 de septiembre de 1531, a las seis de la tarde Ayapín y su grupo de cazadores, llegaron a la cima del Cerro de la Chiva; contentos descargaron las presas logradas: 3 venados, 15 conejos, 12 liebres y cinco javalis. De inmediato improvisaron un campamento y empezaron a formar las lumbradas para asar carne. El Sol ya se estaba metiendo formando un esplendoroso paisaje, que se extendía desde las playas de El Tambor por sobre todo el valle de Culhuacan. Al empezar a tenderse el manto de la noche, entre risas y bromas, aquellos recios aborígenes entre los que se confundían tres razas: Nahualt, Acaxees y Xiximis, empezaron a comer suculentos trozos de carne asada con tortillas y chile. El más viejo del grupo, Ayacatl, alzó su mano derecha, todos callaron, el indio se levantó para retirarse unos metros y puso su oído derecho sobre el suelo. Se levantó e hizo una señal. Todos lo imitaron para escuchar algo que se sentía en la madre tierra.

Tras breves comentarios, de inmediato cargaron con todo y bajaron del cerro tomando rumbo hacia la Isla de Orabá. Caminando sin parar, antes de la media noche, los perros que llevaba el grupo de cazadores se encontró con los que cuidaban las cercanías de la aldea, ubicada en el vértice de la confluencia de los ríos Humaya y Tamazula. Esa misma noche, los jefes de las tres tribus se unieron para acordar acciones ante la inminente llegada de posibles invasores.

Un representante de los Xiximis y otro de los Acaxees, cuyas tribus tenían sus dominios en las riberas del ahora río San Lorenzo, entre los ahora pueblos de Quila y Eldorado; informaron haber atisbado un impresionante contingente de 20 hombres montados en bestias, y más de 100 de a pie vestidos igual que los montantes con armas extrañas –arcabuses, ballestas, lanzas y espadas- con cascos, pecheras de acero, y un grupo más grande de indios, algunos con heridas horribles, sin nariz y orejas; amarrados caminaban quejándose. Cuatro con túnicas negras, llevaban pendones.

El acuerdo fue organizar esa misma noche una vigilancia, únicamente para mirar, darse cuenta del poderío de los invasores; descubrir sus intenciones y actuar en consecuencia. Por tanto, debían mantenerse a la expectativa, eso sí, con todo lo previsto para en caso de ataque. Entre las tres etnias, entre mujeres, hombres y niños, formaban una población de más de diez mil diseminados en varios poblados.

Las trompetas y tambores de las huestes de Nuño Beltrán de Guzmán, al despuntar el alba del día 29 de septiembre de 1531, rasgaron los aires de la espesa selva sinaloense; espantaron pájaros, siervos y animales de uña. Montado en un alazán de gran alzada, Nuño custodiado por seis soldados, sobre sus caballos, llevaban pendones con dibujos de escudos de la Corona Española, La iglesia Romana y La Nueva España. Con un redoble de tambores se inició la marcha. Dos docenas de indios, vigilados por soldados despejaban el camino con impresionantes hachas y machetes. Al filo de las diez de la mañana llegaron a un pueblo Xiximi: Yeva Bito. Los aborígenes fueron obligados a hincarse, mientras un contingente de más de cuarenta entre indios y soldados, improvisaron un área sobre la cual se apostaron Nuño, sus custodios y los cuatro clérigos que les acompañaban. Éstos se acercaron a los Xiximis les bendijeron y les dibujaron con ceniza la cruz en la mera frente.

Todo aquello, era visto por Ayapín y sus aliados jefes Xiximi y Acaxis, desde un lugar que les fue propicio gracias a la espesura de la selva; eran más de 50 guerreros que al ver el poderío español, permanecieron impresionados y sin movimiento. Escucharon el eco de la declaración hecha por Nuño:

¡Hoy, 29 de septiembre, día de nuestro venerado Arcángel San Miguel! ¡En el nombre de nuestro Rey Carlos V, nuestra Soberana Isabel la Católica y por la gracia divina de nuestro Dios Padre todopoderoso; yo, Nuño Beltrán de Guzmán, con el poder conferido de mi reino, declaro fundada La Villa de San Miguel de Colhuacan!

Al instante sonaron las fanfarrias y tambores, los clérigos bendijeron a todos y esparcieron agua bendita hasta donde les fue posible. Acto seguido se dio nombramiento al Alcalde: Diego de Proaño y sus colaboradores para formalizar el primer Ayuntamiento. 

Nuño siguió su camino en busca de lo que más deseaba: oro y plata. El Alcalde, poco tiempo después decidió que el asentamiento de la Alcaldía debía ser un lugar con más población y riqueza, fue así que cambió la sede a donde ahora está la Ciudad Culiacán de Rosales.

Fuente de datos: Tomo dos de México a través de los siglos.

Nota de mis dos lectores. –Proculo, ¿te puedes imaginar cómo fue aquello? –La neta bato, se me hace difícil, necesito leer más. Ya no hay selvas, todo es pavimento, edificios, fraccionamientos y…carros a lo pendejo. Tienes razón Cirilo.     

Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de ESPEJO.

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