Reflexiones

Alejandra Maytorena Güémez

Cableado en las ciudades: un enorme y literal enredo

Es más sencillo, y menos costoso, corregir los problemas de desarrollo urbano desde la misma concepción y planeación de las ciudades, sobre todo en las áreas que se encuentran en crecimiento constante.

Desde que incorporamos la electricidad y el teléfono a nuestro día a día, el cableado se volvió uno de los mayores aliados. Como humanidad, comenzamos a construir redes entre los edificios con la finalidad de hacer cada vez más accesibles los servicios públicos. Para muchas personas, estos cambios fueron bastante disruptivos, al encontrar de la noche a la mañana cables negros atravesados junto a los techos de las ciudades. No obstante, la electricidad, el teléfono y, posteriormente el internet, se volvieron necesidades innegables que volvieron el cableado un “mal necesario”.

Crecieron las ciudades y los proveedores de servicios de telecomunicaciones se multiplicaron exponencialmente, así como las áreas que era necesario incorporar a la red eléctrica. Hoy en día, en México contamos con más de 80.6 millones de usuarios de internet y cada vez menos mexicanos viven sin acceso a electricidad, siendo menos de 1.8 millones los que aún carecen de este esencial. Los esfuerzos han sido notorios, sin embargo, nos han dejado con un enorme y literal enredo: donde antes solo había sido necesario un cable, se juntan docenas ahora; algunos funcionales y otros que ya no se encuentran conectados o están descompuestos.

El resultado de esto no se limita a la contaminación visual, al opacar los atardeceres y edificios más altos, sino que conlleva un riesgo importante para los habitantes y contribuye a la intermitencia en la proveeduría de servicios.

En los días de tormenta, los fuertes vientos y la lluvia ocasionan constantemente cortes de energía al mismo tiempo que algunas conexiones quedan expuestas y se convierten en un accidente en potencia: basta que, en un descuido, el cable defectuoso roce a una persona para suceder una catástrofe.

Aún sin tormentas, los cables pueden volverse un problema hasta para la limitada fauna de las ciudades. Las ardillas, por ejemplo, han convertido el cableado público en corredores para desplazarse entre los árboles. Se vuelve un problema grave cuando muerden los cables y tendidos eléctricos al pasar por ellos, acabando con sus vidas y dañando la calidad de los servicios con cortes e interrupciones esporádicas.

Adicionalmente, los robos de material del cableado se posicionan también como un problema crítico: tanto las redes de fibra óptica como los cables de cobre son el objetivo de delincuentes que los sustraen y dejan sin conexión sectores enteros de la población.

 Una solución temporal implementada en algunos países, como Panamá, con este problema es la de podar los árboles alrededor de los cables para evitar que sus ramas los dañen y que los roedores puedan acceder a ellos. Otros gobiernos han iniciado campañas para eliminar los cables en desuso o malas condiciones. Ninguna de las dos es una solución óptima, pues requieren de mantenimiento e inversión constante.

La verdadera solución es más costosa pero definitiva, algo que ya se ha puesto en práctica en algunas de las ciudades más importantes del mundo como Londres, París y Buenos Aires: el soterramiento del tendido eléctrico y de telecomunicaciones.

Esta medida consiste en eliminar el cableado aéreo para pasarlo por el subsuelo; reemplazando las redes que opacan la vista y nos ponen en peligro por una alternativa que nos permita contar con cielos despejados y conexiones resguardadas. De esta manera, se reducen los cortes de suministro y los accidentes tanto para seres humanos como animales, además de requerir menor mantenimiento una vez se realiza la inversión inicial, que es la más importante dado que debe considerar las necesidades de los usuarios y empresas, los mínimos de Protección Civil y, de paso, mejorar la imagen pública de los asentamientos.

Si bien algunos países más desarrollados han logrado esta transición paulatinamente, en México son esfuerzos que todavía se encuentran con severo retraso. De unos años hacia acá, hemos escuchado propuestas y promesas de diversos candidatos y grupos tanto gubernamentales como políticos sobre esta temática, sin grandes resultados. Se entiende que se requiere un gran esfuerzo en términos de inversión y obra pública, además de tiempo para eliminar los cables en desuso para cambiar a un nuevo esquema más amigable para el ciudadano y el medio ambiente.

Poco a poco, hemos comprendido la relevancia de contar con espacios libres de contaminación visual y con una mayor calidad de servicios. Ya no es suficiente contar con servicios mínimamente sostenibles para el mayor número de personas, sino que se requiere garantizar a cada uno de los habitantes la disponibilidad de servicios de calidad. Hemos visto los esfuerzos aislados de algunos gobiernos locales, sobre todo en centros económicos y turísticos de nuestro país: en Monterrey se han retirado cientos de kilómetros de cables en desuso, importantes cabeceras municipales y Pueblos Mágicos han comenzado a utilizar el cableado soterrado en sus zonas céntricas, mientras que en la Ciudad de México se han comenzado estas labores en algunas zonas consideradas centros económicos como lo es Masaryk.

Es más sencillo, y menos costoso, corregir los problemas de desarrollo urbano desde la misma concepción y planeación de las ciudades, sobre todo en las áreas que se encuentran en crecimiento constante. Como he mencionado anteriormente, en materia de urbanismo nos limitamos a corregir en lugar de prevenir. Se requiere además de mayor coherencia para que los pequeños logros que alcancemos en este tema se mantengan y no se vean obstaculizados a falta de normativa y políticas públicas pertinentes.

Si logramos una cultura y consciencia de transformación social generalizada, los ciudadanos de todo México podremos impulsar el cambio para que este tipo de mejoras no se limiten a las megaciudades, sino a cada rincón donde podamos liberar nuestros cielos y calles de la amalgama de cableado que se ha vuelto característica de las ciudades.

Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de ESPEJO.

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