Reflexiones

Leónidas Alfaro Bedolla

Camila la serrana | ¡Aquí nomás se me apareció!

¡Era una garra con dedos de animal con pezuña! Fui subiendo la vista y ¡ay Dios! ¡Vi la cara horrible del Demonio!

Con la permanencia de Leonardo con nosotros, mejoraron mucho nuestras relaciones. Mis hijos, animados por La Noy, organizaban fiestas y salíamos a la playa. Él se divertía bañándose con los plebes, haciendo pirámides, tanto con la arena como con ellos mismos. En una de las góndolas, tenía dos, subíamos todos, llevábamos harta comida, refrescos y chucherías. Nadie tomaba cerveza o vinos. A Leonardo nunca lo vi tomar cerveza o fumar. En eso era muy estricto, les prohibía a nuestros hijos cualquier tipo de vicio. Les inculcó el trabajo. Esto contribuyó a que todos ellos, y mis hijas también, salieran muy trabajadores, emprendedores y responsables.

No puedo referirme al comportamiento de Leonardo con las otras familias, ni tengo la menor intención de hacerlo, aquella situación existió porque así lo demandaron las circunstancias, y creo que no lo hizo con intenciones de hacer daño, más bien creo que eso viene de las costumbres porfirianas. Leonardo me contó que él nació el 8 de agosto de 1892, tiempos en que el país estaba desolado, creo que apenas tenía 15 millones de gentes. Se necesitaba poblar a la nación, eso le escuché decir algunas veces; y creo que así era, porque no nada más él tenía varias mujeres con hijos, sino muchos otros también, sobre todo los hombres de mucho dinero. Leonardo contaba de uno al que él, cuando niño, por obligación y mandato de sus padres, lo mandaban a rezarle El bendito; aquel hombre era un hacendado; exigía a su gente que las jovencitas que iban creciendo, primero se acostaran con él, dizque porque tenía el derecho de Pernada. ¡Háganme ustedes el favor! Entonces, lo que hacía Leonardo, en comparación, no llegaba al abuso. Y tal vez por eso, todos sus hijos, los míos y los de las otras mujeres, siempre se honraron en haberle reconocido como el buen padre que fue para todos. Y en eso de tener varias mujeres, fueron únicamente sus hijos varones los que lo admitieron. Las hijas siempre se lo reprocharon, y algunas hasta le reclamaron.

Para mí fue una suerte haberlo tenido como marido, aún con todos sus errores; fue un hombre que supo responder a su calidad de ser un humano integro. No fue creador de grandes empresas, tal vez por sus limitaciones en conocimientos, ya que no fue un hombre preparado en el estudio, sino más bien en el trabajo. Fue hijo de campesinos, y él mismo fue un campesino que criaba ganado; fue leñador que surtía leña en la ciudad, actividad que desarrolló por 25 años y también fue agricultor, sembraba maíz, frijol, algodón; llegó a tener más de doscientas hectáreas de tierra cultivable. Fue ladrillero, una gran cantidad de edificios se levantaron con sus tabiques, ladrillos y losetas: El casino de Culiacán, la casa Riveros, varias escuelas y parte de la Universidad de Sinaloa e innumerables residencias y casas; los ladrillos se complementaron con su quehacer de productor y transportista de materiales como: tierra, grava, arena, tucuruguay y otros. Fue contratista de obras: construyó edificios, caminos y carreteras. Todo esto influyó en el desarrollo urbano de esta ciudad y otros lugares. Formó La Unión de Camioneros del Municipio de Culiacán, fue una acción en la que participó porque buscó el beneficio de su gremio. Y si no hay reconocimientos oficiales, sí los hay de mucha gente que le conoció como el hombre honrado que fue.

Existen pasajes de su vida que lo definen como un hombre justo, trabajador y muy comunicativo. Entre sus historias está la de su encuentro con El Diablo:

Decía Leonardo: -A El Diablo, le saca a jachar árboles y salir a los montes por las noches. Mejor va a las calles de la ciudad, entra en las cantinas y también en los lupanares. Le gustan las mujeres.

-¡El Diablo! ¿Cuándo le salió el Diablo a mi abuelo? Pregunto asombrado uno de mis cuarenta o cincuenta y tantos nietos. Es que perdí la cuenta, mis siete hijos varones y mis tres hijas mujeres, todos se han casado y han creado familia, al principio visitaba a cada uno de los que tenían sus críos y llevaba la cuenta, pero llegó el momento en que me hice vieja y ya no lo hice, y menos con los bisnietos, que tampoco sé cuántos son; peor aún, creo que tengo tataranietos, pero tampoco sé cuántos. Ya habrá quién los cuente. Creo que ese puede ser el Leo, le gusta hacer cuentas…y también contar ¡cuentos!

-Eso del Diablo fue hace mucho, a Leonardo se le apareció de cuando era leñador. El mismo contaba esa historia.

-“Sí, eso fue allá por el rumbo de  El pájaro prieto y Los colgados, cerca de El Pozo. –Así lo precisaba él –“Desde hacía algunos días, notaba que los aires arreciaban, me pareció extraño porque no eran tiempos de cambio de clima, como cuando pasa la primavera y entran los calores del verano, noté que el silbido entre los árboles no era el de siempre, a veces parecía escuchar aleteos, gruñir de fieras y voces en vacío, como cuando alguien lamenta su caída a un abismo. Yo estaba preocupado, y el miedo que sentía trataba de espantarlo pensando en los compromisos de las entregas de leña; me apuraban, eran pa´ familias de ricos: los Clouthier, Los Redo, Los Almada. Algunos de ellos eran socios del hotel La Lonja y algunas casas de huéspedes, postas, y mesones donde llegaba viajeros a hospedarse y comer. No podía quedar mal, la leña era el combustible más principal; en eso pensaba aquella tarde, ya tenía más de treinta cargas listas pa´ subirlas al lomo de los burros, en total debían ser cuarenta, esa era mi tarea diaria. De repente, el cielo se empezó a poner oscuro, el viento soplaba fuerte y las ramas de los árboles se movían como si tuvieran coraje. Aquello no era normal, sobre todo por la oscurana, no había nubes, era como si todo el cielo se hubiera llenado de un hollín fino, pero a la vez espeso; por eso el cielo se puso negro”.

-Cuando Leonardo nos contaba de eso, era a la hora de la cena. Los plebes ponían mucha atención, las niñas pelaban los ojos más que los varones. El Leo era el más miedoso de los varones, volteaba pa´ los lados, encogía los pies y se estrujaba las manos.

…-“Cuando menos lo pensé. ¡Aquí nomás se me apareció! Lo primero que vi fueron las patas de una mula prieta grande, de una alzada como de tres metros, luego vi que en el estribo no había un zapato, bota o guarache que cubriera un pie, no. ¡Era una garra con dedos de animal con pezuña! Fui subiendo la vista y ¡hay Dios! ¡Vi la cara horrible del Demonio! Boca ancha, dientes filudos, nariz ganchuda y ojos como de carbón ardiendo, tan colorados, que parecían echar lumbre, y la mula ¡también así los tenía! El Diablo y la mula, me miraban, y él dijo con voz cavernosa: ¡Leonides, venimos por tiii! ¡Ave maría purísima! Grité. El viento arreció y el Diablo alzó el trinche de tres puntas afiladas que relumbraron hasta cegarme; sus macabras intenciones estaban en su mueca y ojos que lanzaban fuego. Solté el hacha y me abracé del huizache que había estado jachando. ¡Dios Santo bendito, ave maría purísima! ¡Dios mío, Santo Bendito! ¡Que se vaya este Diablo! ¡Jesús mío, sálvame! ¡Dios, Padre Santo Bendito! ¡Asísteme! ¡Ánimas del purgatorio! ¡Virgen María de Guadalupe! ¡Padre nuestro, señor mío! Padre nuestro, que estás en los cielos… Seguí rezando en voz alta y temblorosa. El viento arreció y en medio de una gran nube negra amarillosa, bailaba la hojarasca, las ramas volaban palos; y un fuerte olor azufre envolvió el lugar. Yo seguía rezando, pero aquel endemoniado jinete, sobre aquel inmenso animal, seguía danzando y levantando un fuerte remolino. Por fin, no supe cómo es que me acordé. ¡Padre santo, señor mío, Dios del cielo, ten piedad de mí! ¡Cruz, cruz, cruz! ¡Que se vaya el Diablo y venga Jesús! ¡Qué se vaya este maldito Diablo y venga Jesúuuuuuus! ¡Salvameeé, Jesús, padre santoooó! La frase la repetí, la repetí a voz en cuello no sé cuántas veces. El Diablo dio un gran silbido, intenso, largo, y los cascos del animal retumbaron en la tierra sacando chispas entre las piedras, y mil ruidos más se escucharon, y, ¡por fin! Desapareció.

Poco a poco el viento, las hojas, el humo, el polvo. Todo fue regresando a una lenta normalidad, porque hasta el olor del azufre se fue debilitando, pero yo seguía con los ojos cerrados, abrazado del mezquite, y sin dejar de rezar. Cuando ya no oí ningún ruido y los vientos se calmaron de a buenas. Abrí los ojos y empecé a ver poco a poco. Todo seguía regresando a la normalidad, como si allí no hubiera pasado nada. Todo silencio. El tiempo pasaba, no sé cuánto, pero allí seguía yo, abrazado a… ¡No era el mezquite! Era un… ¡Álamo! Pronto me di cuenta, por la vegetación y los árboles, que estaba lejos del lugar de donde había empezado todo, noté que no estaba la leña que había cortado, más de treinta cargas volaron con aquellos horribles vientos, a saber hacia dónde. Todo el paisaje era distinto, pues sí, estaba en otro lugar. A pesar del miedo que sentía, saqué valor no sé cómo; traté de serenarme, y miré lento todo a mí alrededor; intenté calmarme, reconocer el lugar y comencé a caminar orientado por la débil luz del sol, ya se estaba escondiendo. No me resignaba a perder la leña de mi esfuerzo, mi machete, mi hacha, mi bule, mis burros. Caminé con los ojos bien abiertos, temblando por el miedo; de pronto, escuché unos pasos, eran de animal, todavía más tembloroso me animé a mirar algo que se movía entre el monte, eran dos de mis burros; fueron apareciendo hasta que se juntaron los diez. Pero de mi leña, el machete y mi bolsa de ixtle con mi lonche, y mi bule, ni sus luces. A saber, a donde las había mandado aquel ventarrón.

Caminando, temblando, como un manojo de nervios que en ese momento me atosigaba, y sin dejar de rezar, arrié los burros sin parar ni pa tomar agua; llegué al corral de mi casa de piedra en Humaya. Ya se había metido el sol, y estaba un poco oscuro. Sólo los perros se dieron cuenta que llegué; ladraron para darme la bienvenida, el corral estaba muy apartado de la casa, pero mi madre, a pesar de que ya estaba oscuro notó que algo no andaba bien. Se me acercó, y al momento se asustó: ¡Hijo! ¡Qué te pasó! ¡Estás todo arañado, lleno de sangre, tierra y tizne! Su mirada era de espanto, esperaba que yo le dijera algo, yo no me animaba a contarle, más que todo porque creyera que lo que le contara fuera mentira. Con la mirada inquisidora de mi madre, atravesé el portal hasta el lavadero, tomé un jumate y me eché agua en la cabeza, y también tomé algo; me supo a gloria. Mi madre, sin decir nada me curó las heridas, sin preguntar nada derramaba lágrimas. Por fin, al momento de cenar me decidí a contarle, pero antes le pedí que no me interrumpiera, y sobre todo, que no pensara que aquello era una mentira. Al final de lo por mí dicho, ella, muy seria, con voz de mando me dijo. -Mañana vas a ir con el Padre Romero, le platicarás todo, así como me lo has contado; él te dirá lo que tendrás qué hacer”.

Nos contó que el señor cura primero le pidió que se confesara; le impuso una penitencia: debía ir a visitar a nuestro señor Jesucristo en cada una de las iglesias de la ciudad; eran: La San Rafael en Tierra blanca, La catedral, La Lomita y el Santuario en el mero centro de Culiacán. La misión debía completarla con rezarle un rosario acompañado de su madre doña Isidora. Y una vez cumplida la manda, debía regresar con él para indicarle lo que debía hacer de ahí en adelante, y la encomienda fue: cambiar de actividad. Fue entonces que se convirtió en agricultor. Tuvo éxito; trabajador como era, y de inteligencia nata para los negocios, pronto amasó fortuna; compró terrenos, algo así como doscientas hectáreas. Desde Humaya hasta La Lima abarcaban sus terrenos.

En aquellos tiempos, le ayudaban José, Leonardo alías El Mayo, éstos, hijos de doña Rosario Zazueta. A Oscar e Isidro, les tocó preparar, sembrar y cosechar la diversidad de granos: milo, ajonjolí, maíz, frijol, algodón. Esto fue en las décadas 50s, 60s, creo que fueron sus mejores tiempos, su edad más productiva de 50 a 65 años. En la década de los 60´s empezó a disminuir su fortuna. No tengo información precisa de qué sucedió, pero sucedió. En la década de los 70´s. Leonides ya solo tenía un terreno en Humaya y un camión de volteo, Isidoro era quien nos sostenía en lo económico; él manejaba y mantenía en funcionamiento el negocio de acarreo de materiales. El pobre se desvelaba y mal comía, porque tenía trabajos hasta por las noches. Todo eso sirvió para que Juan Francisco pudiera estudiar medicina, y los más pequeños, desarrollaran sus estudios primarios. Para en esos entonces, Enrique, que había dejado de estudiar la carrera de ingeniero, también trabajaba cargando materiales en la góndola que manejaba Isidro. Leonor trabajaba de secretaria y Leo en ese tiempo andaba por las Californias. A saber, si sufriendo hambres y fríos. Dios mío, cuídalo, le pedía en mis rezos…

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Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de ESPEJO.

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