Reflexiones

Leónidas Alfaro Bedolla

Camila La Serrana | Cosas de la imaginación

Ahora lo recuerdo como si lo hubiera visto ayer, porque fue la última vez que lo vi.

Capítulo 3

No por mucho madrugar, amanece más temprano. Caminemos pues.

-¿Por qué la gente usa esos bozales? Han de ser simpleras pa´ andar a la moda, pensé, pero algo me decía, que se trataba de algo nada agradable.

-Anoche vino Leonardo, se sentó en ese sillón. Allí estuvo sentado buen rato; luego que le dio la gana se paró, caminó y al pasar me dijo: -bueno, yo ya me voy. Salió y se fue, desapareció en la puerta como las ánimas. Qué Dios le dé sosiego.

Ya han pasado 96 años desde aquél 24 de junio año de 1925, fecha en que nací en Vascogil. Desde hace meses nació la pandemia del covid 19, por esta razón, la gente usa tapabocas, es una exigencia de la autoridad de salud; ya lo decía, que no era nada agradable.

Aquí, en mi barrio de la colonia Sinaloa, soy conocida como Camila La Serrana, me la paso sentada en mi poltrona, de pronto se me ocurre y empiezo a contar a mí misma, y en veces cuando está, a mi hijo Leo; él hace anotaciones en una libreta, dice que va escribir una novela, pero yo le digo, déjate de eso, digo puras tonterías.

Mi madre me decía que yo era saurina, porque adivinaba cosas de lo que iba a pasar, también a veces veía cosas que nadie miraba. Lo peor es que presentía la muerte de la gente; nomás los miraba, algo me decía: ese fulano, pronto morirá, eso no lo decía a nadie; sentía miedo y pesar. Cuando ocurría, me ponía triste, mi madre lo notaba y me regañaba: –Por qué no me dijiste que se iba a morir don fulano. A veces le cuento cosas a mi hijo, detalles dispersos, incompletos; noto que se sorprende cuando le digo cosas sin que me pregunte. No me dice nada, pero sé que le inquietan mis conjeturas.

Y aquí estoy sentada en mi poltrona, permanezco en silencio por largos ratos con los ojos entrecerrados. Estoy mirando imágenes de muchos aconteceres que se reflejan en mi mente; entre los truenos y relámpagos de la lluvia en la sierra, escucho voces lejanas, de niños, jóvenes, mujeres y hombres que trajinan en lugares que apenas recuerdo; escucho el sonido de las montañas por sus derrumbes, el roce del viento en sus montes, árboles, arbustos; el olor de los pinos, los sicomoros, los encinos; me alegra recordar el color de las flores de amapolas, amapas, higueras, manzanos, duraznos. Oigo el ruido de la lluvia, el estruendo de las tormentas, la bravura de los arroyos, el crujir de las ramas; los rugidos angustiosos de las fieras, y el graznido de las aves desesperadas. Siento la serenidad de las tardes de invierno, de los vientos lejanos que anteceden a las nevadas; los pinos escarchados que forman arroyos de aguas cristalinas. Y los recuerdos siguen interminables.

En un recuento de mi vida, el primer recuerdo que me viene a la memoria, es el canto de un pájaro, nunca supe si era macho o hembra, si era un gorrión o un ave canora, lo que se me quedó es un susurro triste, todas las tardes se paraba aquél pájaro sobre las ramas de una enorme higuera, con su sombra arropaba toda la casa de allá, de Vascogil; abarcaba parte del corral, espacio que mi padre usaba para navegar sus chivos, borregos, dos mulas, un macho y cinco burros; con estos se afanaba en llevar y traer cosas de muchos pueblos, era pues, lo que entonces se intificaban como: arrieros de ida y vuelta. Me contaba que cuando yo estuviera grande me llevaría, para que conociera: Santiago Papasquiaro, La Ciénega de Guadalupe, Tepehuanes, estos pueblos del estado de Durango, y de Sinaloa: El Comedero, Monteverde, Quila, Oso y Eldorado. A una de sus mulas le colgaba un cencerro, era como la guía del grupo. Cuando iba llegando a Vascogil, yo corría, subía a un cerro y le gritaba: ¡Ya vienes papáaa, ya vienes! Esto era en mi imaginación, pues apenas tenía 8 o diez meses. Mi madre en señal de su enojo con mi padre, por aquello de que tenía otra mujer en EL Confital, en lugar de ir a recibirlo, se ocupaba de ir a moler el nixtamal o lavar la ropa; mientras mi padre metía los animales al corral y les quitaba los arreos; les daba pastura y hasta les hablaba para agradecerles haberse portado bien durante el viaje. Luego venía el encuentro.

Juana, te traje un corte de percal, pa´ que te hagas un vestido. Y manta pa´ que le bordes pañales a Camila.

Mi madre no decía nada, y por cualquier cosa empezaba con los reclamos, mientras mi padre me paseaba en sus brazos, me daba besos, me hacía cariños y muecas, visajes que me hacían reír. Cuando ella subía el tono, él me llevaba al corral, me subía a un burro, y me paseaba mientras me cantaba La cucaracha.

Una semana después escuché aquel cencerro por última vez; su sonido se fue alejando alejando. Ahora lo recuerdo como si lo hubiera visto ayer, porque fue la última vez que lo vi. Entró al cuarto que servía de recámara, a un lado de la tarima de ellos, estaba la cuna de madera que él había hecho para mí, me tomó en sus brazos, me cubrió de besos que acompañaba con palabras melosas y muecas de cariño al acostarme en mí cuna; con una mirada larga, su cara cambiaba y en sus ojos aparecía una lágrima. Salía y hay luego escuchaba como arriaba la recua. En mi imaginación lo miraba subir y bajar la pequeña loma que tapaba su imagen porque estaba frente a la casa, y dejaba de escuchar el cencerro. Muchas veces también imaginé que salía corriendo, subía la loma y le gritaba: ¡Adiós papáaaa! ¡Adióoos! ¡Qué diosito vaya contigo, papáaaa adiós! Regresaba triste, subía a mi cuna a llorar; desde entonces supe de la tristeza, del desamparo por no tenerlo…

Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de ESPEJO.

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