Reflexiones

Leónidas Alfaro Bedolla

Camila La Serrana | El camino a Monteverde

Todo eso me puso triste, porque lejos, muy lejos, había quedado mi lugar donde nací; mi casita debajo de la enorme higuera que la arropaba; y también mi gente, mi padre, mis tíos y…mis abuelos.

Capítulo 5

El rebuzno de uno de los burros me despertó y lloré, mi madre me calmó con una chichi. El café y los tacos calentados sobre las brasas, fueron devorados por mi tío y mi mamá. Ay luego empezaron a cargar las bestias y momentos después, empezamos a caminar. Por lo alto de las montañas, el sol no nos alcanzaba, los pinos estaban húmedos y despedían su agradable olor. Mi tío en su macho prieto iba adelante, jalando los burros; no dejaba de observar a un lado y otro, atento, tenso. Mi madre me apretaba a su pecho cuando mi tío hacía alto. Así seguimos; la tensión mostrada por mi tío Ruperto cambió cuando el terreno ya se miraba distinto y más parejo. El sol, que hacía rato nos alumbraba, iba bajando; habían pasado muchas horas, el ocaso se acercaba, y todos íbamos cansados, las bestias más que nosotros. Hicimos alto bajo un frondoso guanacaxtle cerca de un arroyo.

Mi madre improvisó una hornilla con unas piedras que tomó a las orillas de un arroyo, al lograr la lumbre puso un sartén para calentar los tacos y también la cafetera de mi tío, mientras él, se afanó en liberar a las bestias para dejarlas pastar. Llegó la noche, la lumbrada quedó en brasas; y el cielo se plagó de estrellas, miles, miles y más miles aparecieron formando caminos que parecían polvosos. Allá, muy lejos, apareció una que caminaba serena. Imaginé que iluminaba el camino de mi papá Ubaldo; mi padre que andaba por otros montes y caminos lejanos.

El canto de unos pájaros me despertó. Los rayos del sol apenas iluminaban el neblinoso panorama, y se olía distinto el aire, ya no era de pino, sino de otros olores extraños pero agradables. Mi madre y mi tío tomaban café, con un berrido pedí chichi, lo conseguí; un rato después ya íbamos de nuevo en camino. Yo miraba que los pájaros eran de distintos colores y tamaños a los que antes vi en Vascogil. Empecé a sentir calor; poco a poco la vegetación y los árboles ya no fueron los mismos; los espigados pinos, sicomoros y encinos, desaparecieron y dieron lugar a los huizaches, mezquites, guenacaxtles, ceibas; en lugar de manzanos, duraznos ahora miraba guayabos, tamarindos, mangos, aguacates, arrayanes, melones. Y el terreno era más parejo; los cerros eran chaparrones en lugar de montañas altas; en lugar de quebradas, veredas planas; y de pronto un valle sembrado con maizales, trigo, frijoles y… ¡tomates! Todo aquello me llenó de alegría, que pronto se desvaneció porque me hizo saber y sentir, que atrás habían quedado el venado, el puma, el jaguar,  el cóndor y el águila; ahora mirábamos conejos, liebres, armadillos, gansos, patos, ranas y sapos. Las nubes eran ligeras, el viento cálentito y los olores distintos. Todo eso me puso triste, porque lejos, muy lejos, había quedado mi lugar donde nací; mi casita debajo de la enorme higuera que la arropaba; y también mi gente, mi padre, mis tíos y…mis abuelos.

El calor nos cansó, nos puso incomodos, las bestias caminaban más lento; fue necesario acampar una noche más. Bajo una inmensa ceiba, mi tío amarró las bestias con las sogas largas. De nuevo la hornilla, los tacos, el café y… mi chichi. Sobre los tendidos nos acostamos, por suerte, una vez que se hizo noche, el aire se puso fresco, pudimos dormir y descansar. La soledad del paraje, no lo fue tanto, por el canto de una lechuza que pasaba seguido y un búho con su sonsonete triste pero enfadoso; el arrastre de las víboras, alacranes, tarántulas; y más allá siervos, y los rugidos de gato montés. Pero lo más impresionante fue de nuevo, la infinita bóveda celeste. Busqué la estrella viajera que iluminaba el camino de mi papá Ubaldo, pero no la encontré; el titipuchal que pueblan el universo infinito, con el tiempo vine a saber, que ante tal, somos una brizna fugaz.

A la mañana siguiente se repitió el desayuno con tacos y el indispensable café. ¡Aaah! Y también mi chichi. Mi madre hizo lo que las otras veces, traer agua del arroyo para apagar las ascuas de las brasas. Mi abuelo se afanó en cargar los burros y los arreos de montar. Cuando el sol se puso bravo, serían apenas las ocho, echamos a caminar, esta vez con más bríos. Fueron nueve horas incesantes, solo paramos una vez en un arroyo para beber agua, junto con las bestias; y seguimos, dos horas después el ladrido lejano de los perros, anunció que estábamos por llegar a nuestro destino: Monteverde. ¡Uuuff! Al ver los techos de las casas, sentí que descansamos de tanto subir y bajar cerros, de apretar los dientes en los relices y barrancos, de respingar por el rugido de animales; de cruzar y cruzar arroyos, creo que más de doscientos.

Los perros fueron reconvenidos por sus dueños, y estos nos dieron la bienvenida. Fueron varias personas adultas, jóvenes y niños. Mi tío Ruperto fue abrazado por un señor de sonreír amable, se notó que era el jefe de la familia; se presentó con mi madre como Anastacio Loaiza, y él le presentó a su esposa de nombre Josefina; en la algarabía, todos se decían parientes. El tío Anastacio y doña Josefina, ante la mirada de la mayoría de los pobladores, que desde sus casas también nos miraban, nos recibió con abrazos y palabras de fraterna familiaridad; en ese momento mi madre le entregó la carta que mi abuelo Donato le había enviado. La abrió, la leyó y en su cara apareció la sonrisa, lo mismo repitió doña Josefina, y enseguida nos invitaron a pasar al comedor donde había platos con caldo de gallina, con zanahoria, papas, calabacita; tortillas del comal, frijoles refritos y asadera. El postre fue un dulce de guayaba… ¡Hummm! Todo muy sabroso.

Monteverde es un pueblo muy diferente a cualquiera de la sierra. Acá las casas, en su mayoría son de ladrillo, con altos techos de terrado con teja, sus paredes enjarradas con mezcla y pintadas de colores alegres, tanto por dentro como en las fachadas donde lucen macetas con flores: rosas, claveles, margarita y enredaderas de flores de San Miguel. Muy cerca están dos lagunas, una con agua cristalina, donde nadan patos, y pescaditos; la otra es de agua zarca con zurrapa y maleza; allí hay ranas, sapos y chigüilis. Siendo el terreno parejo, las calles son derechitas, y las casas lucen muy bien, con sus pretiles con macetas llenas de flores.

Miraba hacia la entrada del pueblo, la casa de don Anastacio y doña Josefina, era la principal y estaba por la calle más ancha. Me asustó ver aquel monstruo, llorando entre corriendo y me abracé a las piernas de mi madre. Ella me tomó en los brazos, y también azorada miraba al monstruo que rugía, doña Josefina explicó: es la Tranvía, en ella viaja la gente que va y viene de Culiacán. Mi tío Ruperto le dijo a mi madre. –Camila, voy a ir a Culiacán a comprar mercancía, vuelvo mañana. Miré como subió al tranvía y se fue rugiendo en medio de una polvareda…

Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de ESPEJO.

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