Reflexiones

Leónidas Alfaro Bedolla

Camila la serrana | El niño estaba desnutrido

Mi tío Ruperto siguió su camino rumbo a Monteverde, allá la tía Elena, su esposa lo esperaba para seguir el viaje hacia San Juan de Camarones; lugar donde vivirían mis hermanas hasta su adolescencia

Lucrecia, tiempo después, se casaría cuando apenas cumplió los 17 años; fue con un hombre llamado Celestino. Victoria, mi tío Ruperto la regresó a Monteverde a vivir con doña Joaquina y don Anastacio. Cuando apenas cumplió los 16, se juyó con uno, de nombre Alfonso; este hombre y Celestino eran gente sencilla, hechos al machete, hacha, y arado; trabajos de campiranos. Mientras, Matilde crecería al lado de doña Cuca; de cuando en cuando era visitado por mi tío Ruperto; le dejaba unos pesos a mí madrina para ayudar el sostenimiento del plebío. Luego que creció, se encargó de adiestrarlo en los menesteres del comercio, y el plebe se entregó al negocio de mercadería ambulante, de varillero, por aquello de la variedad de mercancías que navegaba. Igual que mi tío Ruperto.

Matilde le tomó mucho aprecio a mi tío Ruperto, tanto, que lo consideró como si fuera su padre. Con el tiempo, él, Matilde se casaría con una rancherita que quién sabe de dónde era; compraron un lote en una colonia popular de Culiacán. Hizo vida con la fulana, y tuvieron una familia de a trochi mochi, quiero decir: sin mucho estudio y poca rienda; el resultado fue una familia muy desunida. Después de la muerte de la señora primero, y de Matilde después, no supinos nada de sus tres hijos. Dios los ha de cuidar y llevar por buen camino.

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La tranvía que abordamos en Quilá mi tía Lola y yo, hizo varias horas en llegar a Culiacán, pues se paraba en cada poblado, y en veces a levantar caminantes en pleno raso. Aunque de pasadita, pude conocer el pueblo de El Salado, un pueblo de parada obligada, su calle principal es la misma carretera conocida como La Internacional; tiene chumilcos con venta de refrescos y chucherías, fondas y casas que están a un lado y otro de la carretera. De ahí se desprende un valle agrícola que me pareció interminable por sus grandes terrenos sembrados; lo que atrajo mi atención, fueron unos papalotes de grandes aspas; luego supe que sirven para extraer agua de pozos profundos para las siembras y los ranchos con ganado; miré cientos o miles de vacas. El cerro de El Elefante, me gustó, porque al verlo lo intifiqué por su forma y lo enorme; como son los elefantes.

Los carros que miré en la carretera, no eran muchos; vi chicos y grandes de distintas formas; verlos ir y venir, me causaban miedo porque corrían muy recio; imaginaba la gran cantidad de muertos, que un choque entre ellos podrían ocasionar. Era el año de 1939, acababa de cumplir catorce años. Aquel día debió ser de septiembre, hacía mucho calor. Recuerdo ir bajando una loma curvada al entrar a Culiacán. Me impresionó ver, ahora sí, muchas casas; muchas, muchas, de muchos tamaños y formas. La calle 2 de abril, ahora 5 de febrero, la avenida Martínez de Castro, hoy Álvaro Obregón; y al llegar a la del Comercio, ahora Ángel Flores, … ¡Ah! ¡La catedral! Que grande y hermosa. ¡Las tiendas! Muchas con aparadores de cristal, y… ¡El santuario!, es la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, ¡La plazuela Rosales!, ¡La Universidad! Todo ese mundo, con piso adoquinado me impresionó. Y aunque todavía había algunas carretas y arañas jaladas por caballos, burros, mulas; algunos hombres al lomo de ellos caminaban entre autos “T” y otros tipos de carros, como pequeños camiones conocidos como urbanos, troques de plataforma cargados de ladrillos, grava, arena. La ciudad, toda, con su gentío, casas, edificios y el tráfical de carros, bicicletas, gente ranchera y citadinos; mujeres emperifolladas y otras en trazas de pobreza, me mantuvieron en asombro. Nos apeamos de la tranvía frente a La Plaza central, ahora Álvaro Obregón, de ahí caminamos a pie hasta La Vaquita; el barrio donde vivía la tía Lola; enfrente de su casa estaba la compañía de Luz y Fuerza de Sinaloa; me pareció enorme y muy ruidosa, había mucho movimiento de camiones y obreros.

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Al llegar a la casa de la tía Lola, descansé, pues traía en brazos a mi hermanito a quién días después registró, como si fuera de ella con el nombre de Miguel; con el tiempo vine a saber el porqué de aquella acción; ella, en lugar del apelativo Bedolla, tenía el de Bedoy, y así, con este hizo el registro del niño.

Luego de acomodar mis pocas pertenencias y al niño en una cama, mi tía Lola llamó a sus hijas y les dijo señalándome con el índice: –Esta muchachita, es prima de ustedes, aquí vivirá con nosotros. Ella nos ayudará con el quehacer, pero yo seré la única que le ordenará sus obligaciones. Esto se los dijo a mis primas Rosario y Eladia. “Chayito” y “Laya”, ante quienes me sentí cohibida, pues ellas estaban muy bien vestidas y pintadas; me pareció algo raro, pues La Laya tenía mi misma edad, mientras que La Chayito, un año menos. Poco a poco fuimos despejando el silencio de nuestra cortedad; pero lo que sí noté, es que mi tía me cargó la mano con aquello de los quehaceres; ellas, por ser sus hijas, hacían mucho menos trabajo que yo; callada lo admití por mi condición de arrimada, además, yo estaba acostumbrada a las labores de rancho, estos de ciudad me eran livianos; cumplía sin remilgos. Una de las obligaciones más importantes, para mí, era atender a mi hermanito Miguel. Mi tía resultó, además de mandona, muy tacaña, solo me daba tres centavos para comprar maicena para el niño; se la daba con pura agua; decía que la leche era pa´ sus hijas porque estaban en el desarrollo, y además estudiando.

Ya habían pasado dos meses, el niño estaba desnutrido, la gente que lo miraba por las mañanas, decía: -Pobre criatura, pa´ las seis de la tarde se muere. Y los que lo miraban por la tarde: –Pobre niño, amanecerá muerto. Mi tía era miserable, de mal corazón. Una mañana, sin decirle nada, hice caso a una señora que me había recomendado que lo llevara al hospital del niño. Después de revisarlo, el doctor, de apelativo Camelo, me preguntó: -¿Qué le dan de comer a esta criatura? –Maizena. Le contesté apenada al doctor. -Maizena ¿Y qué más? –Nada más. –¿Con leche? –No doctor, nomás revuelta con agua. El doctor movió la cabeza. –Mañana vienes, te conseguiré un bote de leche. Al día siguiente fui, y el doctor me dio una lata de un litro de leche en polvo. –Cuando se termine la lata, me la traes para darte otra. Así lo hice; de cuando ñengo al niño le decían “El Guico”, ay luego de tres meses de buen alimento, se repuso tanto, que después le decían El General Popo; lo comparaban con la figura de un mono gordo que anunciaba llantas. En aquel tiempo nunca imaginé, su fatal destino…

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Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de ESPEJO.

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