Reflexiones

Leónidas Alfaro Bedolla

Camila La Serrana | El reparto de los huérfanos

-Y empezó el repartidero de güilos. Así lo comentó doña Cuca. –Pobres criaturas, que será de ellos. Oí que le dijo a una vecina.

Capítulo 9

En estos últimos días han pasado, casi a diario, hasta tres carrozas con difuntos, yo creo que ya queda poca gente en la colonia; el mentado Covid, sigue haciendo estragos. Pasan menos gente y carros, no se oye el barullo que acostumbran, y tampoco la banda tocar. Mi hijo Juan Francisco es doctor, me dijo que ya están vacunando a mucha gente, que eso va a bajar la pandemia. Dios santo bendito, ayúdanos…

 -“Mamá, mama, no te vayas”. “Mamá, mamá, no me dejes”. Las frases repetidas, despertaron a doña Cuca. Al verme se alarmó, me revisó. –¡Camila! ¡Camila! ¡Te lo dije, que no te mojaras! ¡Estás ardiendo en calentura!

-Mi mamá se murió. -¡Qué! Estás disvariando Camila. Quítate la ropa te la dejaste mojada; te lo dije; que te ibas a enfermar, pero eres muy testaruda. Toma esta pastilla y sigue acostada. Te voy a traer un té.

-De veras, doña Cuca. Mi madre se murió, clarito vi que la echaron en un cajón negro. –Cálmate niña, en un rato estarás bien. Bebe el té.

Amaneció y ya pude levantarme, me sentía temerosa; no podía dejar de pensar en la muerte de mi madre. Al medio día, llegaron dos hombres de a caballo, uno de ellos gritó con apremio dos veces: -¡Doña Cuca! -¡Doña Cuca! Al escuchar el grito, me dije: vienen avisar que mi madre se murió. Doña Cuca salió. -¿Qué se les ofrece¿ –Acérquese pá acá tantito doña Cuca. Es que doña Juana está muy mala, venimos por Camila. Doña Cuca les agradeció el mandado y les dijo algo más que no alcancé a escuchar; ellos se retiraron. En minutos ya estábamos montadas en la yegua jazpeada, doña Cuca y yo caminando rumbo a El Melón. –Se lo dije Nina, mi madre murió. Yo así le decía: Nina, por lo de madrina, ella me llevó a la iglesia cuando hice la primera comunión. –No mija, no ha muerto, está enferma nada más; ya verás.

-Doña Cuca paró la yegua en el bordo de un canal, desde allí vimos que en la vivienda de mi madre había velorio; nos quedamos viendo un momento, yo empecé a sollozar; mi madrina me tomó de una mano. –Lo siento mí niña, lo siento mucho. Que Dios la lleve a su Santa Gloria. Dijo santiguándose, y seguimos, ya más cerca de la humilde casa de vara tramada, enjarrada con lodo y encalada, los cuatro cirios encendidos y la caja negra lo confirmaron; mi madre había muerto. Allí estaban algunos vecinos, tres mujeres y dos hombres, mi tío Ruperto y una tía que nunca había sabido de ella: la tía Isidora, más conocida, supe después, como La tía Lola. La tía Lola, siendo hermana de mi madre, no tenía ningún parecido con ella; mi madre era de mediana estatura, blanca, hermosa de cara, cabellera ensortijada y ojos grandes color miel. Aquella tía era chaparra, pasada de peso; y aunque sus ojos eran chiquitos, como de pichorra, diría mi tío Ruperto; su mirar imponía miedo.

Por los comentarios de los vecinos, supe del motivo de la muerte de mi madre. Se desangró por el parto de mi hermanito que había nacido apenas hacía tres días. Él se salvó, pero mi madre murió; nos dejó en la más terrible orfandad. Don Victoriano Urrea, su último marido, no quiso hacerse cargo de nada; como un cobarde, después del sepulcro abandonó la casa y ni de sus hijos y menos de mí, quiso saber nada; allí quedaron los inocentes: Lucrecia, Victoria, Matilde y quién días después sería registrado con el nombre de Miguel, y yo. -Y empezó el repartidero de güilos. Así lo comentó doña Cuca. –Pobres criaturas, que será de ellos. Oí que le dijo a una vecina.

Después que cayó la última palada que cubrió el cajón donde quedó mi madre, la rezandera nos hizo seguir un rosario cortado, nos santiguamos todos y caminamos hacia la humilde vivienda de vara blanca y techo de palma. De enseres solo había una tarima, un comal sobre la hornilla, dos cazuelas, tres platos desportillados y  dos cucharas chuecas; un veliz de latón con algunas chiras de mi madre, y nada más que repartir.

Todos quedamos fuera de la casa, al amparo y sombra de dos laureles de la india. Los rayos del sol se filtraban, igual el calor de aquella tarde, que, aunque iluminada, me pareció la más triste que he vivido.

La tía Lola fue quién primero habló. –Yo me hago cargo de Camila y el niño socoyote. -Yo me llevo a Lucrecia y Vitoria. Dijo mi tío Ruperto. Y se le quedó mirando a Matilde de apenas tres años. -¿Qué le parece doña Cuca, si usté se lleva a este? Le echaré vueltas pa´ llevarle algo para el sustento, ¿le parece? Sin esperar respuesta lo tomó en sus brazos y se lo dio, a la que ese día dejó de ser mi patrona; ella se quedó como azorada, pero lo aceptó. –Don Ruperto, deje que suba a la yegua pa´ que me lo dé. Le dijo mi Nina Cuca a mi tío. Él se lo entregó. Mi Nina me gritó: –¡Camila, cuídate mi niña! Jaló la rienda de su yegua; dio la media vuelta y se fue. Todavía recuerdo el llanto de Matilde, la brusquedad de la yegua al moverse, lo asustó, pero más al sentirse robado por aquella mujer de rasgos hombrunos. Todos nos quedamos mirándolos hasta que se perdieron en un platanar.

Mi tío Ruperto le ofreció a mí tía Lola llevarnos en sus mulas hasta Quilá, de ahí tomamos una tranvía que nos llevó a Culiacán. Ya con el niño socoyote, el recién nacido, en mis brazos, me despedí de Lucrecia y Victoria, pero ellas no entendieron de qué se trataba. Lucrecia estaba alejada, ida, triste; se dio cuenta que mi madre había muerto. Cuando vi a mi madre en el cajón, su cara acerada, enjuta, solté el llanto; lo mismo hizo Lucrecia y nos abrazamos junto con Victoria que no comprendía nada, pero al vernos llorar, ella también explotó; fue su llanto abierto, a todo pulmón; tan dramático, que todas las mujeres, que eran media docena, también lloraron desconsoladas; nos abrazaban y nos decían frases:

Tu mamacita, mijita, ya está en el cielo. Diosito se la llevó, y allá te va a esperar.

Pero en lugar de consolarnos, más lloramos por el pesar; todo eso era desolación y tristeza. Cuando terminaron de echar la tierra, sentí el desamparo que desde ese momento me acompañaría…

Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de ESPEJO.

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