Reflexiones

Leónidas Alfaro Bedolla

Camila la Serrana | Esta niña tiene La polio

Pero el doctor una tarde me dijo. –Camila. Esta niña tiene La polio. -¿Eso es malo, doctor? –Sí Camila, es muy malo, pero, te ayudaré. Debo decirte que esa enfermedad, puede dejar paralitica a la niña…

Teníamos ya seis meses viviendo en ese lugar, doña Vicenta y don Tiburcio, nos bautizaron a Genoveva, La Veva, la más pequeña de mis hijos; los hijos de ellos, eran un poco más grandes en edad que los míos, pero se llevaban bien. La colonia Mazatlán, nombre nacido de los pobladores porque estaba ubicada a la salida de la carretera que conducía al puerto, se empezó a poblar, pero todavía dominaba el monte, teníamos que cuidarnos de alacranes, tarántulas, cien pies y hasta de serpientes. También había conejos, liebres, panales de abejas y en tiempo de verano una variedad de insectos, moscos, moscas, chapulines, campamochas.

En las noches de verano se llenaba el monte de copechis, luciérnagas; y en invierno, junto con mis hijos, me ponía a ver la Vía láctea; la inmensidad del firmamento y la interminable población de estrellas era un espectáculo maravilloso; eso me recordaba aquellas noches, de cuando dormimos en despoblado durante el viaje de El Encinal a Monteverde.

Una tarde, ya para oscurecer del mes de septiembre, el cielo se nubló intensamente, la lluvia llegó con truenos y rayos. Todos nos metimos al cuarto. La caída de un rayo cercano estremeció la casa. Como gallina conpollos subí a mis hijos más chicos a la cama, ellos eran La Veva y Enrique. La Noy, Isidro y Leo, se acostaron en un catre; ellos todavía no sabían de peligros, pero yo, haciendo un esfuerzo me controlé para no manifestar lo aterrada que estaba, les di tranquilidad. Temía que el chubasco se llevara el tejaban, y no pudiendo hacer nada, empecé a rezar. De pronto otro tronido fuerte, más cerca que el anterior; esta vez asustó también a los más grandes, y los más pequeños, ni se diga. Y hay estoy otra vez, intentando hacer saber que yo no estaba asustada, con palabras y más rezos, pude calmarlos. Por fin, la tormenta amainó.

Al día siguiente, la Veva amaneció con calentura y diarrea; le di un mejoralito, le hice un té con hojas de albahaca, y también una limpia con yerbabuena. Pero siguió enferma y la llevé con el doctor Vega, la gente lo conocía más como el Doctor Veguita, tal vez porque sólo atendía niños; era muy buen médico y buena gente; cobraba asegún nos miraba, y algunos, ni les cobraba.

-¿Cómo se llama la niña? –Genoveva, Doctor. -¿Y tú? –Camila, Doctor. Luego que anotó los nombres en una libreta, me dijo: –Le pones estas inyecciones y le untas esta pomada. –Doctor, yo no sé inyectar. -Dile a tu esposo que te compre una jeringa; yo te voy a enseñar, porque esta niña necesitará muchas inyecciones.

Leonardo, me compró la jeringa y un juego de agujas. El doctor, en una pelota de esponja me enseñó a poner inyecciones; como prepararlas, primero tenía que hervir las jeringas en una cajita especial de acero inoxidable. En su mismo consultorio, me obligó a que me animara a inyectar a mi niña. Durante dos meses le puse como veinte inyecciones.

Pero el doctor una tarde me dijo. –Camila. Esta niña tiene La polio. -¿Eso es malo, doctor? –Sí Camila, es muy malo, pero, te ayudaré. Debo decirte que esa enfermedad, puede dejar paralitica a la niña…

-Solté el llanto, ese llanto se repetiría muchas veces en días y noches, y por muchos años, porque las esperanzas de alivio eran pocas; asegún fui escuchando a todos aquellos y aquellas que consulté.

En Aguaruto hay un brujo que alivia a mucha gente, dicen que tiene dones de espíritus buenos. Y allá vamos cargando a la Veva; mis hijos Isidro y Leo, la cargaban sobre sus espaldas.

 –Mañana, a las cuatro de la tarde, en la explanada del Panteón San Juan. Los Pastores elegidos de Dios, ayudaran a todos aquellos que crean en El Divino Señor, para que sus enfermos se alivien. Decía la gente del barrio. Y allá vamos.

Al día siguiente con la Veva a la espalda de uno de mis hijos, llegamos a la explanada del panteón San Juan; era como de cien metros de larga por cuarenta de ancho; impresionante fue ver tanta gente reunida, vendedores de: fritangas, elotes, paletas, pirulines, melcochas. En un templete de madera que abarcaba todo lo ancho de la parte poniente, allí estaban los afamados pastores; vestidos con túnicas blancas, eran tres; durante un buen rato cada uno lanzaba alabanzas religiosas, mientras entre la gente, varias muchachas ataviadas con ropas de estilo monja, con cestos en sus manos solicitaban coperacha para la Causa Divina, y la gente respondía llenando una y otra vez las canastas; después de tres vueltas llegó el momento cumbre. Anunciaron al Pastor mayor, Subió al templete vestido de púrpura; el hombre se miraba más alto por la túnica, y su rostro barbado imponía. Sus acólitos lo recibieron con un canto especial, arengando a la gente para que los siguieran; todo aquel ritual era en honor a él como si en verdad, fuera el representante de Dios en la tierra. Hizo una reverencia y pidió con ademanes que guardáramos silencio. Fue un momento imponente. Se acercó al micrófono, se persignó, paseo su vista por sobre el gentío. Y dijo, más o menos así: –“Señor, bendice a todos estos tus hijos que te aman. Con fervor y humildad te pedimos nos ayudes para aliviar sus cuerpos y sus almas. Alabado seas Señor. Socorre a tus hijos. De nuevo silencio, y mirando de nuevo al gentío, con ojos dilatados, alzando los brazos y haciendo ademanes: ¡Pongan atención, atención! ¡Todos aquellos que tengan alguna enfermedad! ¡Si traen muletas, arrójenlas! ¡Si usan lentes para ocultar su ceguera! ¡También arrójenlos al suelo! ¡Tenga fe, el Todopoderoso los ayudará! Enseguida, como si algo lo hubiera drogado, de nuevo alzó los brazos y con voz apremiante arengó: ¡Dios misericordioso, danos tu gracia divina! ¡Alabado seas, señor! ¡Alivia a tus hijos, señor! ¡Qué se haga presente tu divina gracia, señor, te lo imploramos señor! Y así siguió mientras Algunas gentes arrojaron sus muletas, y otros también sus lentes, y gritaban: ¡Ya camino, ya camino, gracias mí señor! ¡Ya miro, ya veo! ¡Gracias Dios mío! ¡Gracias por este milagro! ¡Milagro! ¡Milagro! ¡Milagroooo!

Mi Vevita animada, enfebrecida por aquellas palabras, también aventó sus muletas y cayó de bruces; se golpeó la cara. La levanté, un tanto azorada, mirando a los farsantes que aceleraron la fantochada con los paleros. Entre aquel tropel de palabras y manifestaciones del falso profeta, y los azuzados por la enajenada muchedumbre; hubo un momento en que pude ver, darme cuenta, porque yo conocía a uno de aquellos “ciegos”, y a una vecina que soltó unas muletas, muletas que jamás usó porque no estaba paralitica. Por eso me di cuenta que aquello era una gran farsa. Con pesar les hice ver a mis hijos el engaño. Regresamos a la casa. Isidro con los ojos pegados al suelo cargando a la Veva, ella todavía gemía por el golpe que se dio, pero creo más por la desilusión; Leo tras de ellos, algo decía mirando sus manos apuñadas, y yo, con un remolino de sentimientos y rabia los seguía.

Y en cuanto al Brujo de Aguaruto le hicimos varias visitas, visitas que me costaban dinero y esfuerzo, porque pagaba pasajes por mí y mis hijos, para que me ayudaran a cargar a la niña, ella no pagaba. Algunas de aquellas visitas fueron resistiendo torrenciales aguaceros, caminando entre el lodazal. Mis pobres hijos se hundían hasta las rodillas; más de alguna vez perdieron sus guaraches en el lodo. Fue un sufrimiento pesado y peligroso, porque a veces llegábamos a la calle Obregón en alguna camioneta de raite, que algún agricultor nos daba, y de ahí a la casa debíamos seguir a pie un poco más de un kilómetro, lo más de las veces, a oscuras entre el lodo y el peligro de las pilas de chapopote del ferrocarril. Por desgracia, también supe que aquél falso brujo, lo que tenía era una labia convincente para engañar a gente desesperada.

Lo bueno era que mis niños se reponían rápido de aquellos sufrimientos, jugaban con la Veva cómo si ella no tuviera nada. Y ella se portaba igual, sin manifestar diferencias. Se divertían y peleaban cómo iguales. Eso me hacía sentir tranquilidad. Y yo, tenía que actuar igual, quiero decir, qué a la hora de imponer el orden, no le tenía contemplación a ninguno, incluyendo a la Veva; también le daba sus cuerazos. Ni modo, así tuvo que ser, no tenía otros recursos, más que infundirles miedo, castigos severos para que anduvieran derecho. Una vez, Leonardo llegó en el momento en que ajusticiaba a uno de mis plebes, creo que era a Leo, era el más aguerrido y escandaloso, pegaba de gritos y lloraba. -¡Mujer, deja a ese plebe! ¡Lo vas a matar! Enojada como estaba le contesté: ¡Deja que lo mate, yo lo parí!…

Lee el capítulo anterior de esta historia: Camila La Serrana | Un nuevo hogar

Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de ESPEJO.

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