Reflexiones

Leónidas Alfaro Bedolla

Camila La Serrana | Hora de partir

Se alejó el olor del rancho, la comida, el café, la pastura, las buñigas de los animales, las flores y los árboles frutales. Minutos después olíamos el aroma de los pinos, encinos y sicomoros.

Capítulo 4

Aquel día se me hizo largo; en mi imaginación seguí a mí padre que muy pensativo arriaba a la recua, a veces se paraba, miraba para un lado y otro, también hacía atrás; sacaba el pañuelo, se secaba no sé qué de la cara, y seguía, seguía y siguió, para nunca jamás de los jamases volver.

Mi madre se ocupó de elegir algunas prendas para ella y pañales para mí; guisó carne machaca, frijoles; hizo tacos, enredó un queso oreado. Durante un buen rato estuvo empacando cosas, y también los tacos hechos con tortillas de harina. Aquella misma tarde me tomó en brazos, se echó el morral al hombro y empezó a caminar rumbo al El Encinal; pasamos por El Delgadillo, un camino angosto como de 1.20 metros de ancho y 30 de largo, con voladero a ambos lados, donde allá abajo se miraban las nubes; en mi inocencia no tuve miedo, pero mi madre sí, sentí su leve temblor; le escuché el susurro de una oración y pedir ayuda a Dios, y la virgen María. Al caer el sol, llegamos a El Encinal. Mi abuelo Donato y mi tía Felipa, nos recibieron con alborozo, mis otros tíos andaban campeando vacas, llegaron y en la cena todos platicaban con mi madre, le hacían muchas preguntas que ella contestaba con frases cortas, se notaba que estaba nerviosa, seguro porque se trataba de la familia de mi padre, lo nombraron muchas veces. Llegó la noche, los grillos y las luciérnagas, y ay luego nos acostamos.

Al día siguiente, cuando apenas salieron los primeros rayos del sol, miré el panorama. La casa de mi abuelo, estaba apartada de otras tres y la que empezaba a construir mi papá, formaban un corral que estaba hecho con piedras grandes; era una fortaleza robusta, ancha y alta, que apenas se alcanzaba a ver la cabeza de un burro. Miré la fragua que era alimentada con carbón que luego se ponían al rojo vivo, y todo lo que el taller tenía para fabricar los enseres; un torno de acero y un tornillo de madera ayudaban a formar los trabajos de aquellos hombres y mujeres. Mis tíos estaban casados, tenían niños y niñas; vivían en aquel ambiente serrano alejado de la civilización, del mundo.

Desde el portal de la casa de mi abuelo, miré un vergel lleno de frutales y entre ellos, cajas sobre las que revoloteaban abejas fabricantes de miel; entre tanto árbol se escuchaba un zumbido constante. Más allá, en un corral había chivos, borregos, tres vacas y un toro.

-Juanita ven a desayunar con tu abuelo. Así nos llamó la tía Felipa, quién ya había servido sobre la mesa, tres platos con carne machaca de venado, un huevo estrellado y frijoles; al centro un cerro de tortillas recién hechas en el comal, salsa con chiles rescoldados, tomate y cebolla. Café, pan recién horneado y leche. Mi madre se acercó al comedor que estaba en el amplio pretil. La mesa era de ébano, igual que las sillas que tenían asientos forrados con vaqueta. – Dame a la niña, yo me hago cargo para que desayunes a gusto. El tío Ruperto no tarda en llegar. Dijo mi tía Felipa a mi madre que me entregó en los brazos de ella, y también le dio una mamila. Mi tía me acuño y me dio la leche. Mi abuelo Donato, un señor alto, de tez blanca, barbado; mientras endulzaba el café le dijo a mi madre:

Mija, cuanto me puede que tú y mijo Ubaldo, aigan tenido desavenencias. Harto me apena que aigas decedido irte, llevarte a esta criatura, y lo pior, sin saber que les depare el tiempo y sus andares. Solo te pido, que no dejes de darnos razón de onde estén, y cómo la estén pasando. Esta carta se la das a don Anastacio Loaiza, él les dará asilo allá, en Monteverde. Yo estaré pendiente de ustedes.

Mientras aquello pasaba, mi madre en silencio derramaba lágrimas; así fue hasta que llegó mi tío Ruperto, justo cuando terminaban el desayuno. Le sirvieron a mi tío, y mientras desayunaba entabló plática con mi abuelo. Poco a poco mis otros tíos, sus mujeres y sus críos se fueron arrimando. Y ay luego empezaron las frases de despedida entrecortadas por los llantos en las mujeres, y el atraganto en los hombres. Montamos las bestias, un macho prieto mi tío, mi madre conmigo en brazos una mula. Dos burros llevaban nuestro veliz de latón, un atado con una cobija y una almohada; otro burro llevaba la caja de vendimias de mi tío Ruperto y su veliz, que también era de latón. Mi tío dio el adiós y empezamos la caminata, él montado en su macho, jalaba los burros; nos desaparecimos de la vista de los parientes al bajar una hondonada.

Se alejó el olor del rancho, la comida, el café, la pastura, las buñigas de los animales, las flores y los árboles frutales. Minutos después olíamos el aroma de los pinos, encinos y sicomoros. El agreste camino serrano, no da tiempo para asombros, aunque en un principio, desde el lomo de la mula miraba las profundas cañadas que forman las montañas; las quebradas con sus arroyos, los despeñaderos y riscos; extensos pinares húmedos y olorosos, olores que van cambiando asegún la compuesta del panorama, su vegetación, árboles y las mismas aguas que van arrastrando las arenas de las piedras al rodar. De pronto, el rugir de un animal de uña, y al momento, el crak del arma que preparaba mi tío venteando el panorama. Nos deteníamos, avistaba, oía, olía, para luego seguir el camino; siempre atento, presto a enfrentar al posible adverso mal. Un zorrillo apareció sin avisar: ¡Máaaaa, míiiiila! Mi tío paró su macho y sus burros, mi madre hizo lo mismo con la mula. -¡Oyites Juanita! La niña habló. –Sí tío. Son sus primeras palabras. Yo apenas tenía un año y siete meses. El zorrillo desapareció sin avisar.

Ellos, mi tío y mi madre, seguro sentían miedo, porque en la sierra, existen lugares donde una bestia se puede desbarrancar. El cruce de los arroyos puede ser una trampa mortal, te pueden arrastrar y llevarte a una cascada; en un recodo del camino te puedes topar con una víbora de cascabel que puede asustar a la bestia, y así, sorprendernos la tragedia.

 Al llegar al fondo de una quebrada, pasamos un arroyo y allí acampamos, la jornada había sido larga y cansada para un primer día. Mi tío al bajar del macho, amarró a los burros y las mulas con largas sogas para darles chance a pastar y beber agua; luego anduvo explorando en trechos el lugar. Arrimó ramas, un pequeño tronco y pronto avivó una fogata; puso una cafetera, mi madre sacó tacos y en silencio comieron. Tendieron las cobijas sobre el suelo, mi madre me dio chichi y pronto se durmieron. Yo también, pero luego despertaba al escuchar el canto de un ave, un tecolote, un arrastrar extraño, tal vez una víbora, luciérnagas, muchas, muchas. Cuando salió la luna, todo cambió, los ruidos cesaron y… me dormí.  

Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de ESPEJO.

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