Reflexiones

Leónidas Alfaro Bedolla

Camila La Serrana | La ambulancia llegó alborotando el barrio

Toda la gente del barrio vino a ver; preguntaban que qué había pasado; les tuve que decir. Fue hospitalizado una semana

La situación económica había mejorado. Tuve la oportunidad de negociar un pequeño abarrote. Sucedió que mi compadre, Miguel Brijández, se vio en la necesidad de irse con toda la familia a la ciudad de Tijuana. Eso lo obligó a rematar su negocio. Así, de pronto me vi convertida en comerciante. La Noy me ayudó mucho, ella sabía muy bien lo de negocios.

Dejamos la casa aquella del cuarto y el tejaban y nos cambiamos al espacio del abarrote que estaba más amplio y ubicado por la avenida Aranjuez No. 102 Sur. (Hoy Venustiano Carranza), a donde llegaban las cartas de la gente del barrio. Este negocio me permitió ahorrar, y en tres años logré construir dos cuartos para vivir mejor. Me ayudó Leonardo con ladrillos y todo el material necesario, yo compré la varilla, el cemento, la cal, material eléctrico y pagué albañiles.

La Noy, se puso de novia con Victorino Áreas, un hombre sencillo, buena persona. Se casaron y en poco tiempo hicimos transacción con el abarrote, se quedaron al frente del negocio y formaron su familia. Tres mujeres y un varón, honestos entregados al trabajo, ejemplo, sobre todo de la Noy que supo inculcarles de sus conocimientos como repostera. Julio, su único hijo varón, se dedicó, igual que sus tíos al manejo de materiales para construcción.

Un día llegó un muchacho llamado Roberto Sosa Niebla a la casa, preguntó por Leonardo y por mí; era un soldado del Ejército mexicano, iba acompañado de un capitán; su intención era pedir la mano de nuestra hija Genoveva.

-Capitán, yo no puedo ceder la mano de mi hija Genoveva para casarse con un soldado. Ustedes los del ejército, por el sistema que así conviene a la milicia, son cambiados de lugar cada tanto tiempo, y ese tipo de vida no es para mi hija. Ella tiene limitantes. Así explicó Leonardo el motivo de negar la petición de mano de Genoveva.

La Veva y yo entramos a la sala. Los militares se pararon, y muy respetuosos nos saludaron. El capitán se dio cuenta de la dificultad que tenía mi Veva para caminar, y después de haberlo saludado, el capitán, mirando de frente a Leonardo le dijo: -Entiendo, señor Alfaro sus razones. Le agradezco nos haya recibido. Roberto quedó muy serio, no dijo nada; ambos militares se despidieron amables y se fueron.

Cinco días después, Roberto regresó vestido de civil, habló directamente con la Veva. –Mi linda hermosa, vengo a decirte que he renunciado al ejército. Dile a tus padres, que mañana vengo a pedirte de nuevo.

Y se casaron en la Capilla de nuestra señora del Carmen. Leonardo no quiso entregarla, dijo que Roberto regresaría al ejército, y él no quería ser cómplice de esa situación. Leo fue quien la entregó ante el altar.

-Yo le pedía a Dios que los ayudara. Pensé que aquel matrimonio no duraría, yo me decía: ese hombre no tardará en enfadarse, ella no está capacitada para ser esposa, y menos tener hijos. Me equivoqué, a pesar de haber tenido muchas pruebas de la terquedad de mi hija, dudaba, no de ella, sino de él. También con él me equivoqué, resultó ser hombre de verdad; adora a mi hija. Con el tiempo emigraron a los Estados Unidos; fue allá donde nació Claribel, la primera y única hija mujer que tuvieron. Regresaron a México y acá procrearon a Roberto y Joel. De nuevo el destino los regresó a los Estados Unidos. Emigraron, primero los hijos, y luego Genoveva y Roberto. Desde entonces, hace ya más de veinte años, todos viven allá, en los Estados Unidos; Dios los ha ayudado ya son ciudadanos protegidos del gobierno. Forman una gran familia con sus tres hijos y 11 nietos.

Mi hija Veva y Roberto están bendecidos. Han tenido muchos problemas, altas y bajas porque así es la vida; pero la unión los sostiene firmes. Son una familia que está destinada a triunfar, sobre todo, en un país donde la gente de bien sí puede progresar. Ellos, son un ejemplo sólido a seguir. Por cierto, ella me contó que la enfermedad de la polio, se le volvió a manifestar, pues sus pies sufrieron un retorcimiento. La estudiaron especialistas gringos. Cuando ella les contó que había sido sometida a varias operaciones y que los médicos del Hospital Cañero de la ciudad de México habían logrado hacerla caminar. No le creyeron. Los médicos de allá de los Estados Unidos, investigaron, se conectaron con los médicos mexicanos. Ya no estaban aquellos que habían hecho las cirugías a mí Veva, pero si estaban los expedientes; mandaron una copia a los gringos. Estudiaron el caso, y no les quedó otra que reconocer que habían logrado algo que nunca en los Estados Unidos habían logrado, hacer que un lisiado por causa de la poliomielites lograra caminar. Enviaron el reconocimiento a los médicos mexicanos. Algo de esa gloria, se le debe a Dios, pero también a mi Genoveva.

Sigo viendo muchas carrozas, ayer pasó una que llevaba solo una camioneta de acompañante, es triste ver eso. La gente sigue usando el bozal, y en la tele anuncian que no podrán todavía tener clases los niños en las escuelas. Ya estamos en mayo del año 2021, dicen que será hasta en agosto cuando puedan verse en las escuelas. Que desesperante debe ser para los niños estar tanto tiempo encerrados, sin ver a sus amiguitos. Seguiré rezando para que Dios se apiade de todos.

Aquella mañana de un día de marzo de los años 60´s, la ambulancia llegó alborotando el barrio con su ulular. Leonardo sufrió rotura de ulceras estomacales, me asusté al verlo vomitar sangre. Por eso mandé pedir la ambulancia, y vinieron por él; toda la gente del barrio vino a ver; preguntaban que qué había pasado; les tuve que decir. Fue hospitalizado una semana, y después fue llevado a la casa de Doña Rosario para que completara su alivio. Un día a la semana, enviaba al Leo a visitar a su padre; lo miraba por una ventana donde se sentaba para ver hacia la calle. Así sabía de cómo seguía de su salud y me mandaba decir que pronto estaría bien. Dos meses y medio tardó su recuperación.

Un día temprano del mes de febrero de 1965, Leonardo llegó a la casa de la hoy avenida Venustiano Carranza de la Colonia Miguel Alemán, resulta que los cambios urbanos dieron por resultado, que de la acera poniente que nos tocó vivir, corresponde a esta colonia, y de la acera oriente corresponde a la colonia Benito Juárez. Así, la colonia Mazatlán, de forma oficial nunca existió; de hecho, existe con ese nombre, por decisión de nosotros sus pobladores y por esa poderosa razón, la del pueblo; seguirá existiendo con ese nombre; somos de la ColMaz; Colonia Mazatlán, así lo queremos todos los vecinos.

Leonardo, sin decirlo, llegó para quedarse a pesar de que allá, para los de su casa, de su esposa doña Rosario, no estaba aliviado del todo. Una tarde sonó el teléfono. Él levantó el aparato de nuestra recámara, mientras yo el de la sala. Y escuché.

-Bueno. –Papá, ¿qué estás haciendo allí? Ya vente para la casa, te estamos esperando. –Armida, ya no voy a regresar a esa casa. Aquí me atienden bien, aquí yo mando, se hace lo que yo digo. Mis hijos de aquí, trabajan y me ayudan con los camiones y mis trabajos. Dile a tu madre, que no se mortifique, le mandaré su diario. –Pero papá, aquí todos te queremos, aquí vienen tus amigos y te damos tu chocolate con galletas. –Aquí también todos me quieren, y también me dan chocolate y calabaza enmielada con leche. Y mis amigos, sin en verdad lo son, vendrán a buscarme aquí.

Me dio cierta ternura escuchar como defendió su postura. Leonardo ya pasaba de los setenta años, había llegado a viejo. Sin embargo, nuestro último hijo, Remberto, nació cuando él ya tenía 72 años. Y su comportamiento, para nada que era de viejo, tenía mucha fuerza y estaba activo en todo. Nos tocó vivir juntos, creo los mejores años de nuestras vidas. Vimos crecer a la familia, y tuvimos la oportunidad de ayudarles, si no en lo económico, sí en los apoyos de la experiencia, la conservación de los valores morales y espirituales que siempre manifestó él como hombre…

Lee el capítulo anterior aquí: Usted sí supo hacerlo y se lo agradecemos…

Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de ESPEJO.

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