Reflexiones

Leónidas Alfaro Bedolla

Camila la Serrana | La fiesta y el velorio

Pues él me decía, dénde hacía unos días, que quería irse a Culiacán pa´ aventarse del Puente negro pa´ ogarse en el río. Y yo le decía que no, que no tenía caso que fuera porque podría perderse en las aguas, y nunca de los núncas lo podrían encontrar; que mejor se colgara aquí, en la casa.

Capítulo 6

En Monteverde don Anastacio Loaiza, era el hombre más rico, tenía la casa más grande, muy cerca un rancho con mucho ganado, donde producían leche, cuajada, quesos; era su principal negocio. Doña Josefina alquiló a mi madre, como su dama de compañía y confianza. La acompañaba a todas partes, lo mismo era al visitar a sus amigas, que de compras a la ciudad grande, que desde entonces supe que era Culiacán. Don Anastacio la llevaba en su carro “T”, así le decían porque el volante tenía esa forma, era un carro pequeño donde apenas cabían cuatro gentes.

Mi tío Ruperto regresó de Culiacán cargado de mercancía varia. Él vendía mercería, lo necesario para el maquillaje de mujeres, navajas, llaveros, ungüentos y pastillas para el dolor. Montado en su macho recorría los pueblos de la sierra, y llevaba en sus dos burros la mercancía. Un día después lo vi partir, imaginé enviarle besos y abrazos a mí papá Ubaldo. Pasaron los días, las semanas y los meses. Un día hubo un gran alboroto, don Anastasio organizó una fiesta y todo el pueblo asistió porque era el cumple años de doña Josefina, su esposa. Le llevó una banda de música sinaloense, estaba compuesta por doce músicos; tambora, trompetas de varios estilos, entre ellos conocí y me gustaron, los clarinetes y la tuba. Producían una música muy ruidosa y alegre. Don Anastacio llegó en su auto T, descargó varias cajas con grandes moños; eran regalos de vestidos, zapatos, bolsas. Destacó una pequeña caja de caoba, forrada por dentro con terciopelo tinto, mostró un collar de perlas. Doña Josefina al verlo, saltó de gusto, abrazó y besó a su esposo, el señor se puso rojo. Por la noche hubo un gran baile. Mi mamá estrenó un vestido muy elegante, color azul cielo, se lo regaló doña Josefina junto con unos zapatos del mismo color y tacón alto, se miraba chistosa porque se tambaleaba y parecía que andaba borracha, doña Josefina la enseño a caminar. Le advertía: Juana, ¡controla el equilibrio, no te vayas a dar un costalazo! Luego de un rato logró el dominio; creo que desde ese momento, mi madre empezó a ser otra. De pronto hablaba como si ya no fuera de allá, de pa´arriba, sino de acá de pa´abajo; dejó el acento de la sierra y se le pegó el de la costa. Antes decía: ¡Así pues!, ahora: ¡Áaaya pinchi! Por cierto, en aquella fiesta supe de otros olores, humo de cigarros varios, vino y cerveza.

La fiesta duró hasta el amanecer, la banda tocó muchas canciones alegres: El sauce y la palma, los amores de julia, los caballos que corrieron, los vergelitos; esa música, siempre que la escucho me alegra el corazón. Don Anastacio y doña Josefina, le presentaron a mi madre a un señor; un hombre alto de tez blanca, guapo, pero tenía una mirada como de tristeza. Creo que era viudo. Jesús García era su nombre; desde el primer momento, mi madre y él empezaron a platicar; y bailaron toda la noche. No pasó mucho tiempo, apenas dos meses, y nos fuimos a vivir a la casa de don Jesús. Un año después, cuando yo tenía pasados los cinco años, nació mi hermanita Lucrecia, muy bonita y graciosa niña. Me alegré mucho con su llegada, pues tendría una hermanita con quién jugar. El señor Jesús se pasaba horas cargando en brazos a mi hermanita, le hacía cariños y le daba besos, yo le tenía envidia y me acordaba de mi papá Ubaldo, y también a mi abuelo Donato.

Un día, el señor amaneció con una maleta en las manos, la llenó de ropa y otras cosas. Y antecitos de que llegara la tranvía, mi mamá y él discutieron mucho; ella empezó a llorar. Yo le jalé el pantalón a don Jesús y le dije: -¡No haga llorar a mi mamá! –Noo, mijita… -¡Yo no soy su hijita, su hijita es Lucrecia! –No llores, pronto voy a regresar, tengo que ir a trabajar a los Estados Unidos, pero volveré.  El señor tomó su maleta, subió al tranvía, y jamás de los jamases lo volvimos a ver.

Entre la gran parentela que éramos casi todos los del pueblo, había dos tíos, uno se llamaba Nazario y el otro Feliciano, eran primos de mi mamá. Vivían solos en la última casa del pueblo; tenían fama por ser cortos de entendederas, la gente los conocía como Los tontos del pueblo, pero eran nobles y trabajadores. Un día muy temprano, el tío que se llamaba Feliciano pero le apodaban Chano, salió de su casa gritando entre mentadas y lloros; decía a grito abierto, que su hermano se había colgado. Y en verdad, así había sido; el tío Nazario fue encontrado por el síndico y algunos parientes, colgado de la viga principal de la casa que habitaban. La declaración del suceso fue así: Sindico:

A ver Chano, cuenta cómo fue que tu hermano se colgó. –Pues él me decía, dénde hacía unos días, que quería irse a Culiacán pa´ aventarse del Puente negro pa´ ogarse en el río. Y yo le decía que no, que no tenía caso que fuera porque podría perderse en las aguas, y nunca de los núncas lo podrían encontrar; que mejor se colgara aquí, en la casa. Le dije, mira, en esa viga pones la soga con que amarramos los cochis; ay luego te subes a ese banco, le dije señalando el banco, , enlazas la viga con un ñudo corredizo, te pones la soga en el pescuezo, pateas el banco y listo. Rápido quedas dijunto. Pero yo no daba seriedá a lo que decía mi hermano, yo creíba que lo decía de cómo de juego, pero no, lo decía en serio y… lo hizo. ¡Hay hermanito!, me has dejado solo en el mundo.

El llanto y las palabras del tío Chano, hicieron que algunos se les asomaran las lágrimas.

Don Anastacio, le dio orden a sus incondicionales pa´ que mandaran hacer una caja, y al Síndico que levantara el acta del difunto y la enviara con un propio a El Salado, cabecera municipal. Por la noche, el velorio en casa de los tíos se llenó de gente. Al principio con más mujeres y niños; la rezandera repitió y repitió el  rosario. El olor lo imponían los cirios encendidos, afuera los hombres fumaban, tomaban cerveza y mezcal de Chacala. A las nueve de la noche ya no había mujeres ni niños, y más noche se escuchaban las carcajadas y los olores se mezclaron con tabaco, cerveza y flatulencias.

A la mañana siguiente llegó el cura al velorio. Hizo que las mujeres lo acompañaran con rezos. Y enseguida ordenó que levantaran el cajón que era de pino, pintado de negro. Entre cuatro hombres que se iban turnando a cada tantos metros, llevaron al tío Nazario al panteón. Dos mujeres llevaban incensarios, rezaban; el padre en medio y la demás gente los seguimos; entre ellos algunos perros. Cuando llegamos al panteón, que estaba en lo más alto de una loma; asegún supe, el lugar fue escogido dizque pa´ que los muertos no se ahogaran con las inundaciones. Bajaron el cajón y el padre rezó rápido, ordenó lo bajaran al hoyo; entre cuatro palearon la tierra y le pusieron una cruz de rústica madera. El sol ya se estaba metiendo, y se escuchó el alboroto de los pájaros que llenaron los árboles para dormir. El señor cura caminó hacia una troca que lo esperaba para llevarlo a Tabalá, pueblo donde tenía su iglesia; todos los demás tomamos camino hacia nuestras casas. Solo quedó ante la tumba mi tío Chano; entre la penumbra, vi que se empinó una botella.

Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de ESPEJO.

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