Reflexiones

Leónidas Alfaro Bedolla

Camila la Serrana | Los miedos y las apariciones

–Camila, no te asustes; los muertos, muertos están, y el Diablo no se arrima a este campo santo porque aquí hay muchas cruces.

Capítulo 8

Aquella tarde, ya para oscurecer, mi padre regresó a La Casona pero yo no quise verlo. Con la sirvienta que salió a recibirlo, me dejó un corte de percal. El sábado que fui a El Melón, me lo llevé y se lo enseñé a mi madre; le conté lo que había pasado con mi padre. Enojada echó la tela a la lumbre de las hornillas, y en minutos quedó hecho cenizas, cenizas que se esfumaron con el recuerdo de mi padre.

 Tres años después, en un comentario del tendero de Quila, sin darse cuenta que yo estaba allí; comentó que mi padre había sido asesinado allá en Vascogil, dizque la causa había sido por un lío de faldas. Al día siguiente, no sé por qué, ya se me había pasado el pesar de aquella triste noticia. Cuando le conté a mí madre, ella, con cierto rencor, dijo: -así tenía que terminar. Y siguió echando tortillas al comal, como si nada.

Cuando cumplí los trece años, mi madre ya tenía un hijo más: Matilde. Lucrecia ya contaba con ocho años, y Victoria con cuatro. Yo seguía viviendo en Quila, y mi madre con don Victoriano Urrea en El Melón. Yo no dejaba de visitarles y jugar con mis hermanitos. Matilde ya tenía dos años, era un niño güerito, muy gracioso, travieso; decía groserías y se tiraba pedos.

El cuarto que ocupaba en la casona de la señora Blanca, era muy espacioso, de paredes altas de ladrillo enjarrado con mezcla, pintado de blanco, igual que el resto de la casona; el cuarto era como de seis metros de ancho por ocho de largo; tenía una puerta de madera alta y una ventana también muy grande, con puertas enmarcadas y barrotes de fierro; el techo era de ladrillo estilo catalán con vigas de guayacán; allí guardaban enseres viejos, catres, sillas, mesas. Mi cama era una tarima puesta en una esquina, tenía una pequeña mesa como buró, una lámpara de petróleo que por las noches proyectaba sombras de los trebejos en las paredes, esas sombras me daban miedo; me tapaba la cara con una toalla, pero los ruidos de la calle, el ladrido de los perros; y en veces el canto aguardentoso de algún borracho, me hacían temblar.

El baño estaba al fondo del patio, lo usaba de día, por las noches me daba miedo salir; antes de acostarme rezaba un padre nuestro y un ave María a la virgencita de Quila; por cierto, los domingos en la tarde, cuando mi madre me traía de vuelta de El Melón, de regreso entrábamos y le rezábamos. Era una virgencita pequeña, muy bonita, bien vestida y adornada; su carita morena parecía sonreír, y sus ojitos como que me miran.

Una noche escuché un ruido extraño, no venía de afuera; era de allí, de mí mismo cuarto, de alguna parte del techo; fue una noche larga con sueños intranquilos, de repente me soñaba subiendo una montaña grande grande, llena de árboles con espinas; de pronto un barranco, una hondonada y grietas enormes, insalvables, sin pa´ donde seguir. Despertaba asustada en la oscuridad, con lentitud miraba hacia un lado y otro; intentaba de nuevo dormir. Por fin, la campana de la iglesia llamando a misa de seis, me despertó. Me fui al baño, era rústico de ladrillo canteado cubierto de mezcla; tenía una regadera, una tasa de porcelana, una repisa de madera y un espejo colgado de una alcayata. Después de bañarme, me miré en el espejo, alrededor del cuello me vi una ronchas muy rojas y pronunciadas. No me ardían, pero sí me daban comezón. No dije nada, seguí cómo si nada, pero al tercer día no pude levantarme, amanecí ardiendo en calentura. La señora Blanca, mandó llamar al doctor, me recetó una pomada, pero no supo explicar el origen de las ampollas; al día siguiente se me reventaron y se convirtieron en llagas. La señora Blanca, llamó a mi madre para que fuera a verme. Aquello no le gustó a mi madre y decidió llevarme con ella.

Días después, cuando ya no tenía calentura, mi madre me alquiló con una señora de un rancho cercano: La compuerta, era un poblado de apenas siete casas. Doña Cuca, que era amiga de mi madre, le dijo de mi mal en el cuello, la señora revisó y dijo: –Juana, esta niña fue orinada por murciélagos. Te voy a traer una pomada, nomás que será hasta mañana porque la tengo que preparar. Al día siguiente en punto de medio día, llegó doña Cuca; me lavó con jabón de lejía, y me puso el ungüento. A los tres días ya estaba casi aliviada; en una semana desaparecieron las llagas, sólo me quedó una mancha, como si me hubieran colgado con una soga; con el tiempo se me borraron.

Doña Cuca era una señora muy grande y fuerte; tenía tres vacas, varios borregos, chivos y puercos. Hacía quesos y de cuando en cuando, mataba un cochi y hacía carnitas, chicharrones, chorizo y manteca. Montaba una yegua jazpeada de blanco y negro. Cuando salíamos de la compuerta, íbamos al Guanacastle, San Diego, El Navito, El Higueral a vender requesón, chicharrones y carnitas; me llevaba en ancas, ella vestía pantalón y camisa de mezclilla, como de hombre, y usaba guaraches tramados y un sombrero grande de palma; y no salía si no llevaba una caguayana. La gente le tenía respeto, aunque algunos decían habladas: –La Cuca es marimachona. –Pero ella no hacía caso de esos chismes. Yo era su ayudanta en todo: acarrear agua de la noria, moler nixtamal, darle de comer a los animales, traer bledo del monto; barrer el patio, la casa y ayudar en la cocina. Con ella aprendí a hacer tamales de elote, de puerto, coricos, empanadas con dulce de papayo, guayaba, piloncillo; cocinar caldos de pollo, cazuela, cocido; sopas de tallarín, asados de pollo, carne de res, pescado zarandeado, en caldo y frito. Cuando regresábamos del Higueral y aquellos otros lugres, teníamos que pasar por el medio del panteón de El Navito. Me daba miedo y doña Cuca lo notaba. –Camila, no te asustes; los muertos, muertos están, y el Diablo no se arrima a este campo santo porque aquí hay muchas cruces.

-¡Doña Cuca, deténgase! –¿Por qué Camila? –Deje que pasen los ángelitos, la yegua los puede pisar. -¿Cuáles ángelitos, tu? –Esos. Mire son tres, van vestidos de azul cielo, con sus coronitas rosas, se ven muy bonitos. –No los veo Camila, se me hace que alucinas como las locas. –Ya pasaron los ángelitos doña Cuca, vámonos. –Se me hace que inventas, niña. Yo no vi esos ángelitos. –Yo sí, eran tres muy bonitos. Me afiguro que pudieran estar con la virgencita de Quila. —¿Te gustaría eso? –Sí. Oiga doña Cuca, y ¿por qué le dicen la virgen de Quila? –Pues dicen, que una vez, hace muchos años, de pronto apareció una niña en el pueblo, diciendo a sus padres que una virgen se le aparecía, insistió tanto, que el cura del pueblo le pidió lo llevaran junto con la niña y sus padres de ella, al lugar de la aparición. Quería saber del lugar exacto, y qué le decía la virgen. Y dicen que al llegar al lugar, la niña quedó en silencio; como ida de la mente, y sólo apuntaba con un dedito y decía: Aquí…la Aquí la… Aquí la… El comentario se hizo mitote, y con el tiempo la gente empezó a decir que la virgen aparecida era de Quila; que eso quería decir la niña con aquello de: Aquí…la –Qué simple fue eso, ¿no cree? –Pues sí Camila, así de simple fue…

Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de ESPEJO.

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