Reflexiones

Leónidas Alfaro Bedolla

Camila La Serrana | Me encontré una palomita

Así, como esta aparición de mi tío Ruperto, de repente se me presentan mí madre, mi tía Lola, Miguel, Matilde, El tío Chico

Anoche vino mi tío Ruperto. El pobre, no quiso ni siquiera un vaso de agua, venía muy compungido, se miraba triste, muy pálido, como que está enfermo. Me contó:

Camilita, niña mía. Mi esposa Elena murió. Me quedé solo. La quise mucho, fue el motivo de mi vida durante más de treinta años, no tuvimos hijos; mis hijos fueron tus hermanitos que dejó tu madre al morir: Lucrecia, Vitoria, Miguelito el socoyote, Matilde y tú; los ayudé y orienté hasta donde pude.

Mi Elena murió en Monteverde, recuerdo fue una tarde muy triste de diciembre, hacía frío, y más frío sentí en aquella soledad en que me dejó. Pasó poco más de un año, y un día, allá en San Juan de Camarones, me encontré una palomita. Una hermosa niña, y me enamoré de ella. Ella me dijo que no confiaba en los hombres porque hubo uno que se hizo de ella a la fuerza. Yo le tuve paciencia, la consolaba, contándole cosas bonitas.

Algunas veces le oí cantar:

“Paloma piquito de oro, que andas haciendo tan solitita.
Si andas buscando amores, y quien te quiera, aquí estoy yo.
Paloma piquito de oro, alma de mi alma.
Que ganas de darte un beso, con mucho amor…”

Por fin, una tarde de verano cuando el tiempo es caluroso, y en la vera de los arroyos nacen las flores y vuelan las mariposas; al verla bajar por una vereda con una olla de agua en la cabeza, le pedí que me escuchara un momento. Ella detuvo el paso; bajó la olla y nos sentamos bajo un sicomoro. Le volví a repetir de mi apremio por su amor; y… ¡me aceptó! ¡Camilita! ¡Me aceptó!

Enamorado y feliz compré una casa, la amueblé y se fue a vivir conmigo; ella me trataba con mucho cariño, era hacendosa y muy alegre; por eso puse a su nombre de ella todo y hasta le di mis pocos bienes y dinero. Yo seguía trabajando en mi negocio de varillero, como siempre; me iba a ranchar hasta por diez días, me daba gusto que ella me recibiera bien perfumada y contenta. Yo le correspondía llevándole siempre un regalo, aunque ella era una niña y yo tenía edad como para ser su abuelo, nos comprendíamos y éramos felices.

 Pero, ¡oh Dios! Apenas diez meses después, una noche de marzo, cuando en la sierra todavía hace frío y los árboles aún no reverdecen, llegué a mí casa; la encontré cerrada y ella no estaba. Batallando un poco, abrí la puerta; puse agua para tomar café, pensando en hacer tiempo para esperarla. No pregunté a los vecinos por ella para no causar suspicacias. El cansancio me venció y, a saber a que horas de la madrugada, me quedé dormido en mi poltrona.

Al día siguiente, a eso de las diez de la mañana, la puerta se abrió de golpe; llegó acompañada de un joven; dijo que era su hermano de ella. No lo conocía, aunque si me había hablado de él. Abrí mis brazos para abrazarla.  –Marcela, paloma de mi alma, ¿dónde has estado? Le pregunté con alborozo y enamorado. –Pero ella me rechazó, con frialdad que heló mi corazón, y dijo: -Pregúntale a mi hermano; él te lo dirá. El muchacho que ya tenía edad de hombre, me miró con ojos de enemigo y dijo:

-Señor, mi hermana ya me ha contado de cómo usted la ha tenido amenazada todo este tiempo, de la mala vida que le ha estado dando; por eso estoy aquí, para decirle que abandone ahora mismo esta casa, si no quiere que lo acuse con el Síndico, o peor aún, ¡que lo mate como a un perro! Dijo con mirada asesina agarrando la cacha de su pistola calibre 44.

-Paloma mía. Por favor explica a tu hermano lo que… -Señor, yo no tengo que explicar nada. Mi hermano tiene razón, váyase ahora mismo. ¡Es usted un sátiro que abusó de mí! Aquellas venenosas palabras fueron latigazos en mi corazón. No podía creer que mí palomita me dijera aquellas horribles palabras, y que me mirara con odio. Fue duro Camila, escuchar aquello de a quién yo había entregado mi corazón, mi alma, y mis bienes. Me sacaron a empujones, con amenazas y frases ofensivas. Nunca me había sentido tan humillado y desvalido. Recogí mi cajón de vendimias y se lo aventé a ella a los pies. -¡Allí tiene todo, ambiciosa, perjura mujer!

Ambos se rieron y azotaron la puerta en mis espaldas. En aquel momento de locura, pensé en colgarme, como lo hiciera mi primo Nazario, allá en Monteverde. Pero no tuve valor. Salí del pueblo, y anduve navegando de aquí para allá, viviendo de arrimado en un lugar y otro. Hasta que vine a dar aquí contigo Camila. Porque no quise ser una carga para ti y tu familia. Hace cinco años, te pedí que me mandaras al Asilo de ancianos; después de muchos ruegos, me hiciste caso. Vi en tus ojos, niña mía, que sentiste mucho pesar, que te dolía en el alma hacerlo. Tu hijo Enrique, mi sobrino-tataranieto, por cierto, el que más se parece a don Leonardo, me llevó. Se quedó allí, mirándome, al cruzar la puerta alcancé a ver como se le llenaron de lágrimas sus ojos; a tu hijo que apenas era un jovencito.

Allí me quedé, en el Asilo de ancianos de Culiacán. Poco a poco fui adaptándome a una vida rutinaria, fui conociendo a cada uno de mis compañeros y compañeras. Ciertamente es una vida triste, pero si llegas a tener, al menos la resignación de que la vida suele ser ingrata, que debemos aceptar los designios de Dios, eso te puede fortalecer el espíritu; te sobrepones. Eso me ocurrió, ¿y qué crees Camilita? ¡Me volví a casar! ¡Así cómo lo oyes! María de los Ángeles, fue mi compañera durante cinco hermosos años del final de mi vida. Creo que fue más de lo que pude merecer; por eso vine a contarte, porque hoy, vengo a despedirme, decirte, que no volveremos a vernos aquí; en todo caso, será allá, en el espacio eterno. A Dios mi niña Camilita.

Se levantó mi tío Ruperto del sillón, caminó hacia la puerta y sin abrirla, desapareció como desaparecen las ánimas. Le puse una veladora y le recé, para que Dios lo reciba en su santo reino.

Así, como esta aparición de mi tío Ruperto, de repente se me presentan mí madre, mi tía Lola, Miguel, Matilde, El tío Chico; también mis parientes del Encinal en compañía de mi abuelo Donato. y muchos más; invaden mi mente, no sé si eso es porque ya estoy loca, o en veces pienso que ya no estoy en este mundo, sino en el otro. De cualquier modo, el tiempo pasa, y solo me acongoja que mis hijos, mis nietos, bisnietos y los tataranietos. Todos, estén bien de salud; que Dios los proteja y bendiga por donde quiera que anden…

LEE EL CAPÍTULO ANTERIOR: Un sueño me atosiga

Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de ESPEJO.

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