Reflexiones

Leónidas Alfaro Bedolla

Camila la Serrana | “¡No señor! Mi madre dice que yo no tengo papá”

-Oiga amigo. Le dijo el arriero al dueño de la tienda. –Esa niña que se acaba de ir, ¿usté sabe de quén es hija? –No amigo, no sé. Sé que trabaja de alquilada en casa de la señora Blanca de Romero. -¿Por qué? –Es que creo que, púe que sea mija.

Capítulo 7

Aquí sigo en mi poltrona, enfadada, sin hacer nada; nada más mirar y mirar las paredes de la sala, y hacia la calle por la que pasan los carros y gente de a pie; ahora sí, todos con su bozal, dizque por la pandemia de una enfermedad que le dicen Covid. También dicen que ya han muerto millones en todo el mundo. Dios bendito, ¡ampáranos!

Pasó un año, otro y otro, y nunca regresó el señor Jesús García. Doña Juana González, mi madre recibía una mesada que, según don Anastacio, le mandaba el señor desde los Estados Unidos. Y el tiempo siguió pasando y mi madre se entristeció; cada que escuchaba el motor de la tranvía, dejaba lo que estaba haciendo para salir a ver si llegaba, pero no, nunca llegó. Y también dejó de mandarle dinero. Mi madre un día habló con don Atanacio y mi tía Josefina, quien sabe que tanto hablaron; el caso es que al día siguiente, mi tío Ruperto que había llegado de la sierra hacía dos días, nos llevó a un pueblo llamado Quila. Montado en su macho prieto, él y yo, y mi madre en una mula cargó con Lucrecia que ya tenía pasadito de dos años; dos burros cargados con nuestros tilichis, eran jalados por mi tío. Muy de mañana, cuando el sol se asomaba entre los breñales, salimos de Monteverde, y ya para el oscurecer, llegamos a Quila.

Mi tío Ruperto nos llevó a una casona de una familia rica. Mi madre le entregó a la señora Blanca Rosas de Romero, una carta que don Anastacio le había enviado a su esposo, al señor Emilio Romero. Don Emilio leyó la carta, y de inmediato ordenó nos asignaran un cuarto. Él era muy serio; dizque de mucho dinero, yo creo que sí porque la casa era la más grande y bonita del pueblo, por cierto, mucho más grande que la de don Anastacio de allá, de Monteverde.

Quila tiene una iglesia, muchas casas, grandes de ladrillo con mucho patio y adornadas las ventanas altas, enrejadas; puertas de madera con aldabones de acero; muchas calles empedradas, por donde camina la gente de a píe, en bestias de montar, carretas que son jaladas por un caballo; les dicen arañas, en ellas se pasea la gente, sobre todo cuando las familias van a misa. Andan muchos perros en las calles que le ladran a los carros T, aquí hay varios, y también llegaba la tranvía. Había vendedores de pirulines, pepitorias y ¡paletas de hielo!, muy sabrosas de: tamarindo, guanábana, ciruela y limón. Todo esto me pareció una maravilla. Al día siguiente mi madre ya estaba alquilada con doña Blanca. Y yo, que ya tenía siete años, empecé a ir a la escuela, pero también hacía los mandados a la tienda del pueblo; estaba a una cuadra. Los sábados mi madre acompañaba a los patrones a las fiestas.

Un día llegó un señor a la casona, dizque amigo de la familia. Doña Blanca lo pasó a la sala, estuvieron platicando un rato largo. Al día siguiente, aquel señor empezó a visitar seguido la casa, y la señora le presentó a mi mamá, y ay luego se pusieron a platicar, y así sucedió en los días siguientes, el caso es que un día, se fue a vivir con él; yo acababa de cumplir ocho años; mi madre me dijo que ya estaba grandecita, que me dejaba encargada con doña Blanca; que debía hacerle caso en todo, que ella me iba a cuidar y mandar a la escuela para que aprendiera a leer, escribir y sacar cuentas, pa´ que me fuera mejor en la vida. Yo no podía negarme a nada, mi madre era muy determinada. Se llevó a Lucrecia, mi hermanita que ya tenía tres años. Se fueron a vivir a El Melón, un poblado en donde aquel hombre, que se llamaba Victoriano Urrea, tenía tierras de siembra y borregos.

Pasaron los meses, un año después nació Victoria. Yo ya andaba en los diez años; los sábados, la señora Blanca me llevaba al Melón en su carro T; lo manejaba el chofer de la familia; los lunes iban por mí. Yo aprovechaba para jugar con mis hermanitas. Lucrecia ya tenía cinco años y Victoria dos. Nos íbamos a recoger mangos, ciruelas y guamúchiles, de estos árboles había por todas partes.

Una vez andando Lucrecia y yo por un camino, de pronto… –Pérate Lucrecia. –¿Qué pasa hermana? –Vámonos por aquella otra vereda. –¿Por qué Camila? –Para no distraer al príncipe y la princesa. ¿Cuáles Camila? –Esos que están allí, en el camino, él detiene su caballo blanco, muy bonito, con silla dorada, y ella viste un vestido hermoso azul bajito; con piedritas que brillan y lleva un collar de perlas finas, y pulsera con brillantes. –Camila, yo no veo nada. -¡Anda! Vente por acá. La jalé de la mano a mí hermanita, mientras yo miraba a la pareja. –Estás loca Camila, tienes afiguraciones; yo no veo nada.

Días después, una tarde; la señora Blanca me pidió que le trajera un mandado de la tienda. Cuando llegué, un señor, blanco, no muy alto, con barba de pelos ríspidos, se me quedó mirando. Él descargaba unos burros, eran racas con duraznos y manzanas. Cuando salí de la tienda, detuvo sus quehaceres y se me quedó mirando hasta que me perdí en la esquina. Yo sentí desasociego. Aquel hombre me recordó a mi papá.

-Oiga amigo. Le dijo el arriero al dueño de la tienda. –Esa niña que se acaba de ir, ¿usté sabe de quén es hija? –No amigo, no sé. Sé que trabaja de alquilada en casa de la señora Blanca de Romero. -¿Por qué? –Es que creo que, púe que sea mija. –Pues ora que lo dice amigo, la niña se le parece. -¿Verdá que sí? -¿Oiga, me haría el favor de llevarme con la señora pa´ preguntarle por la madre de la niña; es que alguien me dijo que la mujer que me abandonó, allá en El Encinal, se trajo a mi niña y se vino pa´ acá, pa´ estos rumbos de la costa.

-¿Qué se le ofrece don Venancio? –Preguntó la sirvienta al tendero. –Queremos ver a la señora Blanca. -Espere, voy y le digo. –Diga don Venancio, ¿qué se le ofrece? –Usté a de disculpar la molestia doña Blanca, pero este señor, que viene de allá de pa´ arriba, dice que la niña que tiene usté alquilada, púe que sea hija dél. –Y usted, señor, ¿cómo es que dice eso? –Usté a de perdonar señora, pero es que la niña se me parece; y si ella tiene una cicatriz al lado derecho, casi casi en la frente; esa sería la seña. -¡Camilaaaa ven! La señora me revisó la cabeza. -¡Oiga sí! ¡Tiene la cicatriz! Niña, este señor es tu padre. –No señora, dice mi madre que yo no tengo papá, el que tenía se fue, se llamaba Ubaldo, nos dejó por otra mujer… –No mijita, yo no las dejé. Yo soy Ubaldo Parra, tu padre, y fue tu madre la que… -¡No! ¡No señor! Mi madre dice que yo no tengo papá. Di media vuelta y eché a correr pa´ dentro de la casa, me fui hasta un guayabo que estaba al fondo del patio y me subí en el; allí me quedé. Al rato la señora Blanca fue a buscarme. –Ya baja de allí Camila, el señor ya se fue…

Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de ESPEJO.

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