Reflexiones

Leónidas Alfaro Bedolla

Camila La Serrana

Camila González Parra, alias La Serrana, nació en un lugar perdido en la intrincada sierra de Durango, hace ya, muchos años. Por motivo de la pandemia, a principios del 2020 empezó a narrar su vida. Dejo a ella misma la palabra para que les cuente.

Capítulo 1

Aquel día de mi nacimiento, el cielo amaneció cargado de nubes negras, y al filo de las seis de la mañana, cuando el panorama estaba más oscuro, la angustiada partera pudo tomar mi cabecita y enseguida supo que era del sexo femenino. Petra, después de limpiarme me enredó en una mantilla de algodón, otra de lana y me entregó a Juana, mi madre que me recibió con lágrimas en los ojos; me miró, me besó repetidamente y me acuño en su regazo. Afuera se escuchó el tronido del cielo y se soltó un aguacero que envolvió al pueblo; Vascogil está perdido en las montañas más agrestes del estado de Durango, la sindicatura más cercana es San Juan de camarones, pertenece al municipio de Tepehuanes; es pues un punto que en aquel 24 de junio de 1925, apenas contaba con una docena de casas, todas humildes hechas de madera reforzada con troncos de Brasil y techos de terrado. Desde lo alto de las montañas, el lugar se mira hermoso por el verdor de sus enormes laureles y jardines tupidos de flores de amapola.

El chubasco y los truenos que se soltaron sobre los árboles, las casas y todo lo demás, se impuso a los berridos de mi llanto, y los vecinos no supieron que yo ya había llegado a este mundo; eso fue sino tres horas después cuando el vendaval ya había amainado, pero los arroyos aún estaban bravos por el caudal que pasaba por un lado de la casa de mi mamá Juana y mi papá Ubaldo. Aunque ella tenía 17 y él 21 años, por mi llegada, se convirtieron en doña Juana Parra y él Ubaldo González.

A causa del consejo dado por la partera y las abuelas, que eran todas las mujeres mayores del lugar, mi madre no debía darme a beber su leche durante las siguientes 48 horas; solo debía alimentarme con té de manzanilla y un poco de leche de cabra.

Mi papá nomás me miraba y me miraba, con ternura, pero a la vez con cierta incredulidad. De pronto, se echaba a reír; por eso mi madre lo miraba con recelo.

Mujer. Mi risa es de nervios, de felicidá por ser un padre de una criatura tan hermosa; pero también, porque no sé qué será de ella en este mundo tan aflictivo. Así dijo en su pensamiento mi papá Ubaldo; era joven y guapo, campesino que usaba ropa de mezclilla, huaraches y sombrero de palma, con su barba crecida, parecía tener más años; como un hombre de edad.

Pasaron los días y los habitantes del poblado, ya habían calmado la algarabía que les provocara mi nacimiento, sobre todo en las mujeres, porque en los hombres, el pretexto permanecía; les servía para seguir tomando mezcal y chupar chutama, tabaco  envuelto en hojas de elote; mientras ellas con su responsabilidad; se afanaban en atenciones para con mi madre y conmigo. A diario nos visitaban con atoles, yerbas para limpiar y curar el cuerpo de mi madre, fajas de manta para acomodar los desajustes de su vientre; y para mí, mantillas bordadas, gorros y chambritas tejidas con estambre de color rosita. Los encuentros eran aprovechados para manifestar el afecto, pero también para presumir de sus habilidades; en silencio se ufanaban de servir, porque aquellas acciones les aseguraban, recibir un mismo trato en compensación.

A los tres días, cuando mi madre ya estaba repuesta, pidió a sus tres más amigas le ayudaran a recostarse en posición de sentarse, quería disfrutar de un atole de ciruela, que una de ellas le había llevado. Y empezó la platicada, la primera dijo: –Juana, quiero ser la madrina de bautizo, Cirilo mi marido, será el padrino; ya se apalabró con Ubaldo y lo aceptó. –No, no. Yo seré la madrina, me corresponde porque yo fui la primera que llegó después del parto. Así dijo la segunda, y la tercera: – Por favor Juana, diles a estas, que yo seré la madrina; aunque soy soltera, ya lo acordé con el Chalo, mi novio, tú lo conoces, es buena persona y muy trabajador; él será el padrino, ya contrató a los músicos.

Mi madre nomás las escuchaba mientras daba, de cuando en cuando, un sorbo al atole que todavía humeaba en la tasa.  Lentamente miró a cada una, y luego dijo: -Me veo obligada a decirles algo, que creo es grave, y por eso debo consultar al señor cura… -¡¿Qué pasó!?  Dijo una, mientras las otras dos ponían cara de asombro. –La niña hizo algo extraño antes de nacer…-¿Te refieres, a que fue dentro de tu panza? –Sí. -¿¡Qué hizooo?! Las tres vecinas gritaron asustadas

Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de ESPEJO.

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