Reflexiones

Redacción Espejo

Covid-19, una crítica a la vida posmoderna (PARTE I)

Espacio y Tiempo.

Manuel Sánchez*

La pandemia es un ente sin moral, en ella no existe lo bueno y lo malo, no reconoce la diferencia, es juez, jurado y verdugo de nuestras acciones. Es el mensaje de una carta escrita por el tiempo sobre el papel de diferentes espacios; se dirige al neoliberalismo desvistiéndolo con el extremo aislamiento y la individualidad. Al consumismo obligándolo a frenar las meta – necesidades y hacer clara la pregunta de ¿Qué realmente es necesario? A la desigualdad le proyecta sus diferencias en oportunidades de vivir o morir siguiendo las medidas preventivas que el sector salud dicta, hace visible a los individuos que pueden desprenderse de las cadenas por un momento y quienes permanecen encadenados, es decir, seguir trabajando o dejar de trabajar. A la sobrepoblación se dirige como consecuencia, advierte volver con mayor fuerza, pues no será la primera batalla ni la última, será una de muchas, la tierra no puede mantener a tantas personas mientras que estas no aporten algo, la naturaleza solo busca su equilibrio. La post-verdad exhibe su realidad en vivo y en directo por todas las pantallas del mundo. Apto para todo público, que el espectáculo se deje de lado pues el discurso solo encamina las acciones hacia sus prometidos destinos (cierren telón).

El virus es una crítica a las diferentes formas de vida posmodernas, es una lectura de los hechos, tuvo su introducción con el surgimiento del brote en la ciudad de Wuhan, China, su desarrollo se fue elaborando en su esparcimiento por el mundo atacando a todo tipo de organizaciones, obligándolas a ponerse a la defensiva, el sistema no tiene opciones para atacar y aún falta concluir el desarrollo de dicha lectura, es decir, la etapa del conflicto. Mientras tanto, las conclusiones aún quedan divagando por el aire en forma de preguntas pues una vez que la crisis haya concluido dicha lectura, ¿Qué tipo de mundo nos esperará?

El virus se ha interiorizado entre diferentes actores del sistema, los que son de diferentes formas funcionales o parásitos, la vida de cada quien se ha visto forzada a la reconfiguración que luego se vio reflejada en el sistema, desde el tipo de productos a consumir como la manera de seguir produciendo, por otra parte las interacciones se han vuelto más distanciadas de lo que ya estaban, al menos en la vida offline mientras que la vida online aparece con más fuerza, por ende el desplazamiento y la marginalidad se han remarcado como ejemplo clave del sistema individual en el que se está inmerso, esto ha roto las pantallas de la post-verdad exponiendo la crudos cimientos sobre los cuales se alimenta, pero en su defensa romantiza la conciencia y el culpable al igual que en la biovigilancia, no tiene rostro ni mucho menos identidad, solo está programado para la autodefensa del discurso hegemónico de la vida cotidiana.

El virus hace reflexionar sobre eso mismo, la vida cotidiana, desde el levantarse hasta dormirse, las actividades que se realizan durante el día y durante la noche, las distancias recorridas y lo que implica hacer para acomodarse a la demanda de dicha cotidianidad, una vida offline y online; dentro de las veinticuatro horas del día, tienen que administrarse para dormir, desayunar, comer y cenar, ir a la escuela o trabajo y si no hay nada más que hacer, regresar a casa para volver a dormir. Esto quiere decir que la vida cotidiana radica donde más tiempo se le ha invertido, en otras palabras, el exterior. Sin embargo, la era digital le ha dado campo a un nuevo individuo, uno que el covid-19 ha resaltado y está en proceso de fábrica. El antecedente de una vida online le da existencia en el mundo de las redes, posteriormente una conexión con él. El aislamiento social dentro de esas mismas veinticuatro horas, contribuyen a la rutina del mundo individual. En palabras del filósofo español Paul B. Preciado:

“El sujeto del technopatriarcado neoliberal que la Covid-19 fabrica no tiene piel, es intocable, no tiene manos. No intercambia bienes físicos, ni toca monedas, paga con tarjeta de crédito. No tiene labios, no tiene lengua. No habla en directo, deja un mensaje de voz. No se reúne ni se colectiviza. Es radicalmente individuo. No tiene rostro, tiene máscara. Su cuerpo orgánico se oculta para poder existir tras una serie indefinida de mediaciones semio-técnicas, una serie de prótesis cibernéticas que le sirven de máscara: la máscara de la dirección de correo electrónico, la máscara de la cuenta Facebook, la máscara de Instagram. No es un agente físico, sino un consumidor digital, un teleproductor, es un código, un pixel, una cuenta bancaria, una puerta con un nombre, un domicilio al que Amazon puede enviar sus pedidos.[1]

Una vez más, las preguntas aterrizan en la vida cotidiana dentro de un mundo posmoderno, además de volverse a reintegrar en la interacción, en el valor de los vínculos humanos, el tacto con ellos es cuestionable. La preocupación de volver cada quien a sus vidas rutinarias tiene un valor muy significativo, el espacio limitado en el que las personas se refugian poco a poco es percibido como una prisión donde el conflicto se desencadena bajo el ojo de la telerepública. De hecho, puede ser un problema debido a la fragmentación de la sociedad, encerrada y vigilada, pues una vez dividida, es cuestión de que alguien tome riendas para vencer, mientras tanto, la reconfiguración del sistema cada vez más es palpable.

Para el sociólogo norteamericano George Ritzer sería un desplazamiento a la macdonalización, los modos de vida estandarizados ya no tienen lugares ni horarios estables para la rutina burocrática, una que se ha realizado en el exterior del hogar, que pasa por los lugares de producción y consumo formando un individuo offline en esencia, su ser está en esa rutina, en la interacción, en los establecimientos fijos para ciertas actividades como el trabajo en la oficina, la educación en la escuela, las reuniones entre amigos en las casa, en el café o en el bar, mientras que la online se ha empezado a fortalecer con el aislamiento y la cuarentena, sin duda el virus ha desplazado la macdonalización, destruye la noción del tiempo dejando al individuo sin horas, minutos ni segundos, los días no existen, tampoco el lugar para la acción, todo se enfoca a un solo espacio y un tiempo fijo, el hogar y las redes, el trabajo, la educación, las reuniones y todo lo que acostumbraba la rutina se digitaliza haciendo el llamado a la Netflixación. Las nuevas formas de consumo y producción de la vida cotidiana se ven digitalizadas y visibles desde la cuarentena, los bienes y servicios deben estar al alcance de un clic como el servicio a domicilio, el trabajo desde casa en plataformas digitales, la educación de los cursos en línea así como todo el entretenimiento que se paga por tiempo limitado, como (vaya la redundancia) Netflix, Spotify, Uber y entre otros servicios que aterrizan en digitalizar la vida cotidiana realizada en el exterior a un solo espacio, donde el hogar sea ese mismo esquema de reproducción sistémica. Por su parte, el virus hace de las suyas obligando todo al mismo camino. Es curioso, pero el virus ha puesto en shock a los aspectos que la posmodernidad ocasiona; la aceleración del tiempo y la explotación del espacio.


[1] elpais.com/elpais/2020/03/27/opinion/1585316952_026489.html

LA SIGUIENTE ES LA PRIMERA DE TRES PARTES DE UN ENSAYO SOCIOLÓGICO DEL JOVEN MANUEL SÁNCHEZ, ESTUDIANTE DE SOCIOLOGÍA QUE REFLEXIONA ACERCA DE TODOS ESOS ‘FALLOS DEL SISTEMA’ QUE EL COVID DEVELÓ Y LA NETFLIXACIÓN QUE YA TRAJO A NUESTRAS SOCIEDADES.

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