Reflexiones

Malú Morales

COVID-19 vs LA PESTE.

El doctor Rieux es cuestionado por uno de sus amigos: ¿Cree usted en Dios doctor?.. el médico titubeante contesta: No, pero eso qué importa. Yo vivo en la noche y trato de ver claro.

Solamente en Europa, durante la edad media, murieron alrededor de 25millones de personas a causa de la peste negra (de 1346 a 1352) En nuestra Era, en pleno siglo XXI, han fallecido aproximadamente 3.5 millones de personas a nivel mundial a causa del Coronavirus. Escribir sobre este tema ha sido tarea ingrata de grandes escritores. Albert Camus  lo aborda con gran maestría en su novela LA PESTE.  Escritor nacido en Francia (1913-1960) novelista, dramaturgo, periodista, filósofo existencialista, Premio Nobel de Literatura 1957; nos muestra la solidaridad y resistencia humana en una historia que explora el absurdo de la vida y la inminencia de la muerte. La época: 1946.

La trama se instala en una ciudad francesa llamada Orán con 200 mil habitantes. La mañana del 16 de abril, el doctor Bernard Rieux, al salir de su habitación tropezó con una rata muerta en medio del rellano de la escalera… ese es el comienzo de muchas ratas muertas halladas por toda la ciudad. El médico informa al sorprendido portero sin imaginar que tres días después el hombre presentaría síntomas de fiebre alta, hinchazón de los ganglios del cuello, manchas negruzcas en la piel, vómitos contínuos y fuertes dolores internos. El doctor decide aislar al enfermo que no llega con vida al hospital. Las ratas siguen apareciendo; las autoridades deciden quemarlas en macabros amontonamientos, de manera que en diez días aparecieron ocho mil ratas muertas y los enfermos comenzaron a multiplicarse. La palabra “Peste” fue pronunciada por los médicos recordando epidemias históricas en las que los doctores usaban máscaras con picos de ave para protegerse. (Posiblemente el precursor de los cubrebocas del siglo XXI) La comisión sanitaria recién formada hace discretas campañas a fin de no despertar el pánico entre los ciudadanos; pegan carteles con información escueta y prometen combatir la plaga de roedores con gases tóxicos en las alcantarillas. Las ratas habían puesto en circulación miles de pulgas que transmitieron la infección generalizada. Gatos y perros fueron sacrificados. El Dr. Reiux, de 35 años, no había encontrado nunca su profesión tan pesada en medio de su soledad, ya que su esposa que presentaba una enfermedad diferente a la peste, había sido enviada a un sanatorio ubicado en lejanas montañas, por lo que llega su madre para cuidar del hogar y del hijo comprometido con la epidemia. Los hospitales comienzan a ser saturados, por lo que se improvisan otros espacios; las autoridades sanitarias están en espera de un suero que les habría de llegar de París con la esperanza de una cura. Se declaró el estado de peste y se cierran las entradas de la ciudad, se interrumpe la correspondencia que podía ser un vehículo de propagación y únicamente queda vigente el telégrafo. El cierre de las fronteras provoca la separación de seres queridos que habían quedado fuera de la ciudad por diferentes circunstancias, lo que conlleva al desaliento y enojo de la población. Algunos personajes que destaca el autor, demuestran su inconformidad tratando de huir, mediante actos violentos que son atenuados por la policía.

Los muertos aumentan y los entierros representan una crisis: los cuerpos son llevados sin dilación a los panteones, a los familiares sólo les permiten dejar a sus seres queridos a la entrada, firman documentos de identificación y se retiran acongojados. Los féretros se escasean de tal modo que los mandos de la ciudad deciden llevar los cuerpos en sigilo, los depositan en profundas fosas y tras desinfectar las cajas las devuelven a los hospitales para llenarlas de nuevo con otros cuerpos. Llega el momento en que se tienen que cavar dos inmensas fosas, una para los hombres y otra para las mujeres. …las autoridades respetaban el decoro y más tarde, por la fuerza de los acontecimientos, este último pudor desapareció y se enterraron envueltos los unos sobre los otros, hombres y mujeres sin preocuparse de la decencia…

El sacerdote Paneloux clamaba desde el púlpito: ¡Dios, que durante tanto tiempo ha inclinado sobre los hombres de nuestra ciudad su rosto misericordioso, cansado de esperar, decepcionado en su eterna esperanza, ha apartado de ellos su mirada. Privados de la luz divina, henos aquí por mucho tiempo en las tinieblas de la Peste!… El doctor Rieux es cuestionado por uno de sus amigos: ¿Cree usted en Dios doctor?.. el médico titubeante contesta: No, pero eso qué importa. Yo vivo en la noche y trato de ver claro. El padre Paneloux no ha visto morir bastante a la gente, por eso habla en nombre de una verdad. Pero el último cura rural que haya oído la respiración de un moribundo pensará como yo. Se dedicará a socorrer la miseria más que a demostrar sus excelencias… La peste se fue como llegó diez meses atrás. La gente salió a las calles a celebrar bajo la mirada triste del médico que había visto morir a sus mejores amigos y a uno de sus seres amados… Rieux tenía presente que esta alegría está siempre amenazada…que el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás, que puede permanecer durante decenios dormido…que puede llegar un día en que la peste, para desgracia y enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las mande a morir en una ciudad feliz.

Tal y como si se tratara de un homenaje a los médicos, Albert Camus cierra su novela con este pensamiento: A pesar de sus desgarramientos personales, todos los hombres que no pudiendo ser santos, se niegan a admitir las plagas,  se esfuerzan, no obstante, en ser médicos.

En el prólogo escrito por el dramaturgo mexicano Hugo Hiriart, se destaca: “El mayor mérito de Camus está en su refinada sensibilidad moral. Es decir, en la apreciación inesperada, fresca, nueva, inteligente de las situaciones y conductas humanas.”

Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de ESPEJO.

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