Reflexiones

Mario Alvarado

Culiacán y sus historias | Las antiguas posadas en culichi

La tradición empezó a perderse cuando a finales del siglo XIX un grupo de la crema de Culichi, llamémosle un grupo voluntario o “humanitario”, decidió mostrar su buen corazón festejando en esas fachas a los más desprotegidos y humildes con una celebración masiva de comida y regalos, en el patio del palacio de gobierno, y bueno, a partir de ahí la raza se acostumbró a esperar ese evento año con año y se alejó de la tradición.

Hoy les cuento de acuerdo a como lo contaba la abuela el cómo se celebraba a mediados del siglo XIX la tradicional costumbre de dar posada en Culiacán a los santos peregrinos María y José, las nueve noches de jornada que hicieron antes de llegar a Belén; costumbre que data del siglo XVI en que los frailes agustinos la instituyeron, en todo el país, por lo cual se puede decir que es una tradición netamente mexicana que afortunadamente en muchos estados se conserva viva hasta hoy.

“Las posadas” son una de las costumbres más originales y curiosas de nuestra nación, y derivan su nombre de las creencias cristianas. La Virgen tardó ocho días de Nazaret a Belén, donde debía dar a luz al niño Dios, y rendía su jornada en alguna choza en la que con trabajo le cedían un rincón, que le servía de posada hasta llegar al término de su viaje. De aquí el origen de esta fiesta mundano-religiosa que iniciaba ocho días antes de la Natividad del Señor.

Bueno pues desde el octavo día antes se reunían a las ocho de la noche las personas de la casa, con el aumento superlativo de las convidadas, todas adornadas con lujo delante de una especie de altar, donde estaban la Virgen y San José, se ponían a rezar las devociones para conmemorar el acontecimiento de nuestra fe; después se formaban en procesión; los hombres cargaban a las dos imágenes, que estaban sobre una especie de andas; las señoras y los plebillos iban con velas encendidas y cantando dulcemente al son de la música por toda la casa, que estaba brillantemente iluminada y regada de flores, mientras que en el aire estallaban mil cohetes.

Después llegaba la comitiva a una puerta que estaba cerrada, y en verso y música se pedía posada para las imágenes; desde adentro contestaban también cantando en verso pero negativamente; después de algunas estrofas más en las que se pedía lo mismo se abría la puerta, accediendo como con cierto disgusto, que según se cree así le pasó a la Virgen allá en la Tierra Santa; y bueno, ya metiendo a las imágenes la virgen era colocada en su altar; nadie se volvía acordar de ella en toda la noche ni de su santa bondad ni del rezo ferviente. Allí, donde poco después se oiría el canto religioso y devoto, se pronunciaban juramentos de amor por labios húmedos de atole, café o canela y en barrios ricos de champaña.

Las posadas eran muy concurridas por los jóvenes de ambos sexos ya que durante toda la procesión, ya saben en lo oscurito se aprovechaban para rozarse los pies y las manos y sabrá Diosito que más, así que ellos en vez de ideas de religión, iban con otros fines y todo mundo sabía por ejemplo que los chavos que si bien no iban por alguna plebita, si iban por pasarla bien con la música, las danzas, las hermosas, los vinos, los dulces, las viandas, que era con lo que la continuaba aquel acto que comenzó invocando recuerdos dolorosos; nada menos que la proximidad del nacimiento de la víctima santa del Calvario.

El noveno día ya aparecía el niño nacido y se nombraba entre las señoras cuál había de ser la madrina para colocarlo en el altar. Después de la procesión: se quebraba una piñata y se les daba dulces y juguetes a los niños asistentes, luego más noche era el baile más concurrido, espléndido, bullicioso, seductor. Los gastos crecidos a veces, tocaban a distintas familias, una diferente cada noche, que se esmeraban en aventajar a la anterior en el buen gusto de los adornos, en la magnificencia de la cena y en los regalos, pues que a las muchachas que concurrían a la salida se le daban bonitas canastillas con dulces.

Año con año no dejaba de haber rivalidades y emulación de estas fiestas, que algunas veces tenían lugar también todas las noches en distinta casa, cambiando toda aquella numerosa concurrencia de alojamiento, deseosa de regodeos y de posada para divertirse. Como consecuencia de estas fiestas, en la casa donde se reunían la última vez, trataban de hacer la rifa de compadres. En esta afortunada tierra donde todos lo son, principalmente fuera de la Capital, y en donde valía a menudo más este título que el de hermano o padre, no era extraña la afición a esta clase de vínculos. La mencionada rifa se reducía a echar en una cajita los nombres femeninos y en otra los masculinos y se iban sacando alternativamente  de una y otra pregonando estos nuevos lazos dados, no por la naturaleza, sino por la suerte. Como es de esperarse, había también sus intriguillas para sacar al amante con el objeto de su cariño, o para reírse con el grotesco compadrazgo de algún joven con alguna vieja verde, o entre dos personas antipáticas. El compadre estaba obligado a dar sus regalos a su comadre y después por obligación se celebraba el acontecimiento con un baile, en que por ordenanza se rompía con las parejas de unos y otras.

La tradición empezó a perderse cuando a finales del siglo XIX un grupo de la crema de Culichi, llamémosle un grupo voluntario o  “humanitario”, decidió mostrar su buen corazón festejando en esas fachas a los más desprotegidos y humildes con una celebración masiva de comida y regalos, en el patio del palacio de gobierno, y bueno, a partir de ahí la raza se acostumbró a esperar ese evento año con año y se alejó de la tradición, pero…

¿A poco no sería padre que aquí en Culichi se recuperara esa linda tradición, en lugar del tipo de posadas a las que ahora vamos?

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