Reflexiones

Alejandra Maytorena Güémez

Democratización de la tecnología, una tarea pendiente

La tecnología no es una fuerza polarizadora, sino una opción para permanecer unidos en un mundo donde la mayor constante es el cambio.

Si bien ahora nos cuesta un poco entenderlo, en algún momento de la historia no éramos muy distintos de los demás mamíferos: vivíamos el día a día, concentrados solamente en sobrevivir y procrear, sin ninguna expectativa sobre el día siguiente.

Esta situación cambió una vez que el ser humano se volvió sedentario, pues según algunos antropólogos e historiadores, comenzó a obsesionarse por el futuro en el momento en que comenzó a asentarse y a acumular propiedades. Cuando nos permitimos pensar en el mañana, poco a poco cambiamos de esperar lo que pasaría en un par de días a lo que pasaría en meses, años y décadas… incluso si no estaremos ahí para verlo.

Por ello, no es sorprendente que en cada generación humana hayan existido ejercicios de especulación sobre el futuro. Libros, narrativas, caricaturas, imágenes y películas han tomado parte para transmitirnos lo que podríamos esperar del mañana, todo ello motivado por los avances científicos y tecnológicos. Mientras más fronteras traspasábamos ayudados por la tecnología, más “extravagantes” se volvían nuestros sueños futuristas y nuestros temores.

En 1917, por ejemplo, se patentó por primera vez un proyecto de automóvil volador por parte de Glenn Curtis, quien diseñó el Autoplano, un híbrido entre automóvil y avión que apenas hoy, más de 100 años después, podemos vislumbrar como una realidad alcanzable. De esta manera, ideas que antes parecían producto de una mente desquiciada, ahora son consideradas parte de la cotidianeidad.

Tener un asistente virtual que funcione meramente con inteligencia artificial y conexión a internet sin necesidad de intervención humana parecía un sueño guajiro.

Ahora, tan solo en Estados Unidos, se estima que 1 de cada 4 adultos cuenta con su Alexa, uno de los asistentes virtuales- bocinas inteligentes más populares en el mundo. En pocos años, tendremos jóvenes que creen que es normal y rutinario hablar en voz alta para que responda una voz automática que te diga la temperatura, mientras que millones de personas aún creerán que eso es, no solo imposible, sino peligroso.

De esta manera, el desarrollo científico y tecnológico ha transformado nuestro contexto y, como resultado, las características de las generaciones. El efecto de la tecnología en la vida cotidiana ha acelerado la brecha existente al tiempo que las generaciones anteriores se vuelven obsoletas a mayor velocidad que anteriormente.

Para los mayores, incursionar en el ámbito tecnológico puede ser terriblemente confuso y problemático, algunos lo hacen para estar en contacto y sintonía con los miembros más jóvenes de su familia, otros optan por permanecer fuera de un mundo que sienten que los excluye a pasos agigantados. Para los chicos, nociones como la privacidad han quedado en el pasado; nacieron y crecieron en un mundo donde las redes sociales están presentes para compartir los detalles de su vida con conocidos y desconocidos y el like es una nueva moneda de cambio.

Lo cierto es que este fenómeno no es nuevo: cada que existe un desarrollo tecnológico de gran magnitud, la sociedad se divide entre los que rápidamente lo adoptan y los que deciden permanecer fuera para evitar riesgos o disrupciones a su rutina. A lo largo de la historia, esto ha llegado a extremos como lo fueron los luditas en el siglo XVIII que se pusieron en posición de batalla al creer que las máquinas les quitarían sus empleos. Siglos después, vemos que las máquinas han transformado los empleos y creado puestos de mayor especialización sin destruirlos.

La tecnología no es una fuerza polarizadora, sino una opción para permanecer unidos en un mundo donde la mayor constante es el cambio. Ha vuelto posible lo imposible, como realizar una conversación cara a cara con una persona que se encuentra en otro huso horario, como permitir recibir educación o cumplir con nuestras funciones laborales sin salir de casa. Hoy en día, tenemos en nuestras manos un celular 100,000 veces más potente que las computadoras que nos llevaron por primera vez a la luna.

Nos encontramos frente a un futuro lleno de promesas que dependerá de nuestras acciones si será positivo o negativo. No obstante, aún contamos con un colosal reto que nos ha impedido explotarlo: la desigualdad. No podemos construir un mundo mejor para unos cuantos, especialmente en un contexto como el actual en el que vemos que la pobreza y el rezago social aumentan exponencialmente.

De acuerdo con el Informe Social del Mundo 2020 de la ONU, más de dos tercios de la población mundial viven en países donde la desigualdad está en aumento, considerando naciones como México, Argentina y Brasil que habían logrado disminuirla en las décadas anteriores. Hay más teléfonos inteligentes que nunca, incluso nos superan en número a las personas. No obstante, aún millones de personas no cuentan con acceso a internet en sus hogares ni un teléfono con conexión a la red, por lo que quedan automáticamente excluidos del mundo virtual al que cada vez mudamos un mayor número de funcionalidades y servicios.

Para realmente transitar a un mundo de digitalización, esta debe democratizarse para alcanzar todos los rincones posibles del planeta de manera que todos podamos compartir y disfrutar de sus beneficios sin importar nuestra edad o poder adquisitivo.

Las bondades de la tecnología serán mucho mayores si todos somos parte de este crecimiento, no solo unos cuantos. Creo que en este momento de la historia deberíamos comenzar a considerar el acceso a internet un derecho universal, no un privilegio.

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