Reflexiones

Jorge Ibarra

Edificar hacia arriba no es tan malo como parece, siempre y cuando…

Si el crecimiento urbano vertical se conduce adecuadamente, esto puede significar una mejor calidad de vida para los habitantes

En Sinaloa, el crecimiento inmobiliario tiene una imagen vertical. Lo de ahora es la construcción de edificios departamentales de más de cuatro pisos de altura. 

La expansión descontrolada hacia la periferia ha quedado contenida por el momento. Esto se debe a varios factores. La primera causa es la sobreoferta de vivienda popular, una tendencia que ocurrió a finales del siglo pasado y que ocasionó gran parte de los problemas que sufren las ciudades en la actualidad. 

Todavía a principios del nuevo siglo, miles de casas eran construidas sin control a las orillas de las ciudades, sin tomar en cuenta la demanda real y tampoco los servicios públicos necesarios, como de transporte, seguridad, iluminación y agua potable que se requerían para habitar estas zonas alejadas de los centros urbanos.

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Pero esta dinámica llegó a su fin. Hoy en día ya se aprecia una clara disminución de nuevas colonias y fraccionamientos periféricos.

El costo de la vivienda se ha disparado, los materiales de construcción han sufrido un incremento constante, en tanto que el poder adquisitivo de los trabajadores, en el mejor de los casos, sigue estancado con respecto al nivel de vida de hace veinte años.

Para la generación millennial es muy difícil adquirir una propiedad de las características que tenían los hogares en los que crecieron durante la década de los noventas, cuyas dimensiones espaciosas incluían jardines, patios, cocheras, sala, comedor y tres dormitorios independientes. 

Las transformaciones en la composición y la dinámica familiar también ha influido bastante. Las familias tienden a desviarse de la norma tradicional. Matrimonio, familia y vivienda propia ya no es un compromiso ineludible para los adultos de ahora. 

La separación conyugal es más frecuente, y las parejas que logran establecerse son más propensas a tener menos hijos, si es que los tienen. Así, las nuevas familias, o los adultos que se independizan, ya no buscan una casa tan grande. No tienen con que llenarla, y el mantenimiento también se ha vuelto incosteable.

Es por ello que el mercado inmobiliario se ha orientado hacia otras modalidades de consumo de vivienda que parecen ser más redituables. Entre las alternativas más exitosas están la edificación de propiedades con fines de inversión a largo plazo, alquiler y renta vacacional. 

Cualquiera de estas opciones contempla la construcción de torres verticales en un solo lote, ya que es menos costoso, y lo mejor para los inversionistas es que, de un solo terreno, pueden derivar varias propiedades. 

Bajo estas circunstancias es que se ha estigmatizado la verticalización de las ciudades. Y es que el repentino ascenso de torres departamentales se ha venido asociando, justificadamente, con rentas exorbitantes y con el encarecimiento de barrios céntricos, que en algunos casos extremos terminan siendo vaciados por la imposibilidad que tiene la gente de acceder a créditos hipotecarios tan onerosos o por la dificultad de pagar alquileres tan altos.

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Pero una ciudad que se construye hacia arriba no necesariamente tiene que ser un problema. De hecho, si el crecimiento urbano vertical se conduce adecuadamente, esto puede significar una mejor calidad de vida para los habitantes.

Uno de los efectos más positivos de la verticalidad es el incremento de la densidad poblacional por metro cuadrado. Sin llegar a los extremos del hacinamiento, una alta concentración de personas posibilita comunidades mejor integradas. El contacto crea confianza, y la confianza es esencial para la seguridad de los vecindarios.

Las ciudades compactas provocan un uso más eficiente de los recursos colectivos. Parques, plazas, escuelas, mercados y hospitales, cualquier obra pública tiene un impacto más significativo cuando está al alcance de todos. 

El automóvil se vuelve prescindible porque las distancias se acortan. La gente toma las aceras para caminar, se incrementa el uso de la bicicleta, se reduce el tiempo en los traslados y así las personas tienen más tiempo de ocio, lo cual reactiva el comercio, el deporte y las actividades no productivas. Esto reanima la vida de barrio, el habitar se vuelve más completo.

Lograr una ciudad con estas características requiere de intervención estatal. Hay dos cosas fundamentales que deben establecerse. La primera es un replanteamiento de los fondos públicos a la vivienda, para que sean más accesibles. La segunda tiene que ver con la creación de planes integrales para construir ciudades compacta y organizadas en torno a cuadrantes vecinales autosuficientes.

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Lamentablemente en Sinaloa, la organización del territorio urbano apunta a la anarquía inmobiliaria, lo cual anima la incursión del capital especulativo.

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Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de ESPEJO.

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