Reflexiones

Mario Alvarado

El alegre carnaval de culichi

Lunes y martes se repetía el mismo programa alegre: desfiles, serenatas, bailes, mucho confeti y serpentinas, hasta llegar la última noche en que los festejos se cerraban con un baile extraordinario que terminaba al amanecer.

Amigos después de una involuntaria ausencia, hoy volvemos a esta columna retomando temas del Culiacán de ayer.

Hablemos de las festividades locales antiguas de Culichi, jolgorios que fueron tan significativos para nuestros abuelos, y que hoy por hoy han desaparecido y en el menor de los casos solo queda algún remedo de ellos, simón, me refiero a fiestas tales como: el carnaval, o el trece de junio, día de san Antonio que se celebraba en Tierra Blanca, el 29 de septiembre fecha en que se conmemora la fundación de la ciudad o el 22 de diciembre con su gloriosa batalla de San Pedro, así que iniciemos estos temas con el primero, las fiestas carnestolendas.

Esta celebración no tuvo verdadero arraigo en el costumbrismo nacional, por la estructura de nuestro carácter melancólico, producto de la herencia de nuestro legado indígena que mezclado con el misticismo turbio del conquistador. Así que aquí su celebración se redujo a mascaradas y bailes de disfraces de parva alegría, despojado del aspecto popular y agradable que lo caracteriza.

En este día de casi perdido costumbrismo, de la tradición que se nos va por el influjo de divertimientos de importación, las carnestolendas están por quedar en el pasado, pues en la mayoría de los pueblos y ciudades de México han desaparecido y en otras han sido reducidas a las proporciones mínimas de un desfile municipal, es decir que su celebración se encuentra en verdadero olvido o decadencia, y fíjense que aún en las épocas de su apogeo, el carnaval se redujo a un desfile de carruajes estorbosos y a la organización de saraos; los primeros tenían lugar en el entonces Paseo de Bucareli, y los segundos en el antiguo Teatro Nacional, de la calle de Vergara, o en los salones del Hotel de la Gran Sociedad, allí por los tiempos droláticos (Picarescos, maliciosos, chistosos, chuscos, graciosos) del Güero Arista o de su Alteza Serenísima.

Simón hasta en las llamadas épocas mejores el carnaval en México fue en las ciudades de las provincias internas, un festival de escaso rumbo, y en donde si pegó su chicle fue en las poblaciones costeñas y ahí si adquirió todas las características de fiesta popular.

Pero como o por qué surgió el carnaval, bueno, según cuentan los que saben de esto, es decir, los historiadores de costumbrismos, que la fiesta del alegre Momo, hijo del Sueño y de la Noche, quien fuera arrojado del Olimpo nomás por lo deslenguado que era, fue adoptada por los egipcios con desenfreno y entusiasmo “cual ninguno”, y que su celebración llegó a ser condenada en el Deuteronomio; los griegos también gustaron de sus placeres, ruidosos y licenciosos, en las fiestas del Bharino, y los romanos lo practicaron en las liviandades de sus saturnales. Pero el carnaval, como institución de la alegría, con sus mascaradas y sus comparsas, apareció organizado en Milán, Venecia y Roma, y después en España, a raíz de la expulsión de los godos, hasta llegar a tener carta de naturaleza, según lo da a en-tender Agustín Moreto, cuando en su comedia de “El Desdén por el Desdén”, dice:

“Venid los galanes a elegir las damas, que en carnestolendas amor se disfraza”.

Una fiesta de tan vieja prosapia, de la que ya hablara en sus máscaras Diódoro de Sicilia, y que tuviera su auge en las procesiones indiciales de Baco, no podría, por la fuerza de su origen, haber dejado de establecerse entre nosotros, a despecho de nuestra congénita tristeza; pero fue, repito, solamente en las ciudades portuarias en donde sí pegó su chicle y lo sigue pegando.

Ahora bien el carnaval que se hace en Sinaloa y con mucho regocijo por cierto, no se ajusta a un sector social determinado, sino que abarca a toda la raza por entero, por eso es que es tan alegre y popular. Además, con ese carácter tan nuestro de echar relajo con cualquier pretexto, y más si hay pisteada libre en la calle, pos más popular se vuelve.

Actualmente el carnaval que en Sinaloa se celebra con más entusiasmo es el de Mazatlán, pero antiguamente también brilló con luz propia el de Culichi, sí señor. Verán.

A principios del siglo XX que era cuando el carnaval de Culichi se celebraba, pero machín, los periódicos “El Monitor Sinaloense” y “El Mefistófeles”, eran quienes hacían una publicidad, pero perrona en favor de las fiestas carnestolendas, simón, Julio G. Arce era su principal promotor, y era secundado por los amarillos, es decir por el estudiantado del Colegio Rosales y le seguían varios camaradas de reconocida capacidad de entusiasmo. Ahora bien, Julio G. Arce, a través de su periódico, se encargaba de orientar a la opinión en favor de tal o cual señorita que podría ser la reina, por ejemplo: Lupe Salazar, Chalina Paliza o Lupita del Corte; organizaba los trabajos preparatorios, instalaba el Comité de festejos y no soltaba el hilo de la farsa hasta su feliz terminación.

El comité lo integraban señores de reconocido buen humor, figurando año por año, con pocas variantes, por supuesto el mismo Julio G. Arce y los indispensables organizadores de todo bochinche importante de Culichi: Juan Jacobo Valadés, Fortunato Escobar, Manuel Barrantes, Eladio de la Rocha, sin faltar “El Tlacuache” Ramón Ponce de León, y “El bolichón” Luis Urrea Haas, y como parte representativos de la gente menuda se pedía la cooperación de Marcelino Almada Guereña, Juan N. Tamayo, Jesús de la Vega, Enrique Roiz, Juan L. Paliza, Fernando Cuén, y otros muchachos “bien”, sin olvidar a los Lucanitos, Gustavo y Lucano de la Vega, al Mico Mussot, al Chapo Haas y al inglés Gaxiola.

Se contaba también con miembros honorarios en el comité  ahí figuraban damas que eran la representación del ‘patriciado de la provincia: Dolores Salido de Almada, Elisa Praslow de la Vega, María Urrea de Valadés, Francisca Gallardo de Barrantes, Rosario Lasceter de la Vega, Manuela Urrea de Escobar, Matilde Acosta de Thomalen, y a este grupo de jóvenes damas, se unían en calidad de asesoras, alegres muchachas de lindo brío, con tesoros de encantamientos, y donde, como cantó el poeta cortesano de los virreyes:

“Todo es fruto lo que esconden, todo es nieve lo que enseñan”.

Total, que se abría la convocatoria del concurso para la designación de la reina y cada sábado por la noche se hacía un recuento de los cupones recibidos, y al final ganaba la que resultara con mayor número de votos y órale a presidir los festejos que iniciaban en el domingo inmediato, tales como el de la serenata en la Plaza de Armas, donde era recibida a los acordes de los papaquis y con serpentinas y confetis.

El penúltimo domingo era la fecha de la más enconada lucha electoral. En las primeras horas de la mañana se reunía el comité a recontar los votos con la intervención de los representantes de las candidaturas contendientes. Una comisión se encargaba de comunicarle la fausta noticia a la reina electa y a invitarla a que recibiera los primeros agasajótes de sus súbditos. La reina iniciaba sus funciones con la designación del rey y después las continuaba con la de los ministros de la corona, las damas y los altos dignatarios de la Corte.

Las fiestas daban principio con el entierro del Mal Humor, acto que corría por cuenta de los estudiantes. En el Colegio Rosales se formaba una desordenada comitiva, quejumbrosa y resonante, llevando en hombros y en destapado ataúd, el cadáver del Mal Humor, representado por un pelele risible. Marchaba el cortejo al compás de himnos tétricos, matizados con plegarias chocarreras; los fingidos dolientes vestían trajes ridículos, y simulando una extraordinaria amargura, llegaban al kiosko, donde entre hachones a manera de cirios, colocaban el ataúd. Presbíteros y monagos en caricatura salmodiaban plegarias dizque en latín. Los alabadores le gritaban insultos, agravios y ultrajes  al desventurado Mal Humor y por supuesto que la raza se la cotorreaba pero machín con aquella puntada, simón nadie quería perderse el entierro del Mal Humor.

El programa de los festejos señalaba el domingo para coronar a la reina en el Teatro Apolo, convertido en un regio salón. Entre diez y once de la mañana la reina se presentaba acompañada de su majestad el rey y de su corte entre ellas  las princesas y los altos personajes.

Al entrar al teatro el entusiasmo se desbordaba, el público se ponía en pie, sonaba una marcha triunfal, estallaban los vítores, volaban serpentinas y confetis y el aire se agitaba con los acordes de los Papaquis,  ese son que nos dice que el Carnaval finalmente ha llegado.

Después de la alegre obertura que abría un compás de espera y de acomodación, el presidente del comité carnavalesco hacía acto de presencia llevando la corona en un sobre recamado cojín de terciopelo y reverentemente la colocaba en las sienes de la reina. Este momento era todo emoción, solemnidad y estallaba la alegría incontenida. A continuación los ministros leían disparatados discursos y los embajadores de Tepuche,  Bachigualato, Navolato o Aguaruto decían una serie de bien arregladas simpleras, cuya gracia chacotona era el regocijo de la concurrencia.

A propósito de los discursos chocarreros, viene a pelo recordar la parodia ingeniosa que hicieron de uno pronunciado en conmemoración oficial de un “cinco de febrero” del año de 1905 acreditado a Chico Paliza.

La reina salía a los balcones del Teatro a recibir el saludo de la multitud y a presenciar el fesfile de coches y de arañas, pues aún no había automóviles en el tránsito de Culiacán. Los únicos señores de auto eran Enrique de la Vega Ortiz y Alejandro Redo, que entonces espantaban al público con sus albas vestimentas y tocados con exótico saracoff.

Tiempos amables fueron aquellos de las “victorias” con neumáticos, y propicios para pasear el tormento de las horas vespertinas del verano, cuando las banquetas se hacían estrados y era para la vista un regalo la belleza sonora y ágil de las culichis.

Por la tarde se organizaba el desfile, partiendo de la Fábrica del Coloso; los rancheros de los contornos, montados en sus caballos chisperos, formaban la descubierta; al frente caminaba el carro de la reina, con el rey y las princesas, y seguían después los coches enflorados de la gente “bien”. Lindas mujercitas como las Martínez de Castro, de la Vega, Rojo, Andrade, Zazueta, Cañedo, Izábal, Gastélum, Tellaeche, Almada, Irizar, Gaxiola, Amezcua, Tamayo, Salazar, Pérez, Espinosa Praslow…vestían trajes alados de vaporosas muselinas, de nipis de suave seda y en colores estallantes, claros y diáfanos; simón que sí, plebitas que prendían la gracia de sus sonrisas en el fulgor de la tarde jubilosa, y arrojaban el desparpajo del confeti con un ritmo alegre y loco.

Las calles de Rosales, la plaza del mismo nombre y la de Armas, y ventanas, banquetas y azoteas se llenaban, se cubrían de gente alegre y que se aturdía con el sonoro ritmo de las papaquis.

Por la noche se celebraba un pomposo baile en la casa de Valadés o en la de Fortunato Escobar; y algunas veces, aunque raras por cierto, en la de don Francisco M. Andrade, padre del poeta Chuy Andrade, y eran raras porque nuestro don Pancho pos era medio escrupulosón en aquello de admitir en su casa a personas desconocidas, o también por conocerlas demasiado.

También en los portales y los corredores, se hacía el baile bien perrón y duraba hasta que moría China.

Las comisiones de acuerdo con el carácter de cada quien se repartían; así la de los llamados bastoneros, —que golpeando enlistonado y alto bordón, señalaban un vals ondulante, un pespunteado schottis, unas ceremoniosas cuadrillas o unos engolados lanceros—, recaían invariablemente en Julio G. Ar-ce, Fortunato Escobar y Juan Jacobo Valadés; la de orden la reclamaba la gravedad de los señores don Severiano Tamayo, Evaristo Paredes, Luis F. Molina, Ruperto L. Paliza y Antonio Moreno; la de recepción se reservaba para los solteros jóvenes: Francisco Verdugo Fálqucz, Ignacio Noris, Eulogio Guerra, Pedro Bastidas, Francisco Zazueta, Luz Salmón, Enrique Roiz, Pepe del Corte, Alfonso Gastélum… y la de obsequio solían integrarla: el doctor Cipriano Hernández León, licenciado José Tamés, ingeniero Ramón Ponce de León, ingeniero Enrique Peña y José Salazar…

Ya dije que la onda de las clasificaciones establecidas por el billete desaparecían en el carnaval, pero, en la cuestión de los bailes, si prevalecía la división simón, de volada por cualquier cosa surgía, formándose además del grupo billetudo, el de la clase media que se divertía en el Casino Benito Juárez, y el de los humildes que zapateaba, rayaba sus pencos, gritaba y aun marginaba sus gustos con disparos, lo hacían bajo las enramadas en la casa de Pancho Orona la cual se situada la calle Rosales por el rumbo de “La Barranca”, ahí sonaba la música de aliento desde las primeras horas de la noche del domingo, para seguir con la del lunes y terminar con la del martes, con una infatigable ejecución de sones que bailaba la raza de trueno, recia e imperturbable para la danza, raza por ejemplo de la Fábrica del Coloso, del ingenio de la Aurora, de los terrenos del Barrio, y sin faltar, naturalmente, los de por el rumbo del Dos de Abril y los de los llanos de la Vaquita: “La Pólvora” y “El Hueso”.

Y es que Pancho Orona por trabajar, aunque humildemente en el palacio de gobierno, pos tenía ciertas palancas con las autoridades y esto le encantaba a su escandalosa clientela ya que, a pesar del desorden, las broncas, los gritos y los disparos la pachanga no se detenía.

Lunes y martes se repetía el mismo programa alegre: desfiles, serenatas, bailes, mucho confeti y serpentinas, hasta llegar la última noche en que los festejos se cerraban con un baile extraordinario que terminaba al amanecer.

Así llegaba el primer día de cuaresma, recuperando la paz y el sosiego, y bueno, con la realidad del nuevo amanecer todo lo vivido quedaba enterrado en el polvo del pasado.

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