Reflexiones

Leónidas Alfaro Bedolla

El chacal de La Lomita

La pareja había sido atacada al menos por tres, las huellas e indicios de sangre y desgarramiento de ropas, indicaba que habían sido torturados de forma infame, dantesca.

Culiacán es la ciudad de las maravillas: Oscar Liera”. No recuerdo cuando y por qué la dijo. Ahora que han pasado los años, de repente llega a mí memoria; y en verdad, nuestra ciudad, es una maravilla. La he visto crecer y transformarse de una manera que, a la distancia me parece increíble.

Imaginen: en la década de los 50´s, su espacio hacia el sur, poniendo como referencia la avenida Álvaro Obregón, abarcaba hasta la calle Epitacio Osuna, hoy bulevar General Gabriel Leyva Solano; después seguía un baldío, y allá, tras recorrer una serie de grandes lotes cercados con ganado y siembras, aparecía, como perdida y olvidada, la iglesia La Lomita; era pequeña de ladrillo sin enjarrar, lucía al frente una campana colocada al centro de una media cúpula rematada con una pequeña cruz. Hacia el norte la ciudad llegaba hasta la calle 5ta., de la colonia Tierra Blanca. Al poniente, su límite era el puente negro donde topaba el barrio de La Vaquita, y al oriente al pitón de la aurora, el barrio El Coloso.

En medio de este espacio, resaltaban La catedral, el mercado Garmendia, El Santuario, el edificio Rosalino de la Universidad de Sinaloa, la Correccional, el teatro Apolo, hoy edificio Clouthier, El Casino de la ciudad, El malecón del río Tamazula iniciaba en la avenida Nicolás Bravo y terminaba en la Álvaro Obregón, donde había un edificio que impresionaba, tenía elevadas paredes de piedra con almenas; era la cárcel del Estado, hoy Difocur. Cada uno de estos edificios, si hablaran nos platicarían historias interesantes. Como la que cimbró a la ciudad en la década de los 60´s. El punto de referencia: La Lomita.

La iglesia, tal vez, medía 10 metros de frente por 20 de largo, en aquellos años, como ya lo explique, permanecía solitaria y en todo su entorno había puro monte que se extendía abundante hacia el sur, de tal forma que al caer la tarde, el lugar se tornaba de triste a siniestro. En aquel paraje, abundaban los breñales con árboles diversos y arbustos rudos como las garras de gato.

Una mañana, en la ciudad los periódicos dieron la alarma de la desaparición de una pareja. Ella una joven bella de escasos 19 años, él un joven profesionista, jovial, aficionado al deporte. Los familiares dieron parte a las autoridades, pero ellos mismos y amigos, se dieron a la tarea angustiosa de buscarlos; pasaron las horas que convirtieron días. Al cumplirse 60 horas, un albañil que acostumbraba visitar los linderos a espaldas de La Lomita, para hacerse de leña, los encontró. Horrorizado corrió hasta llegar a las orillas de la ciudad, y una perica –patrulla de policía pintada de verde- lo alcanzó, los policías lo llevaron a la comandancia y allí, ante el jefe, temblando explicó.

Al día siguiente los periódicos: El sol de Sinaloa, El Diario de Culiacán y La voz de Sinaloa, dieron los pormenores del macabro hallazgo.

En los días siguientes, los investigadores dieron el parte al Ministerio público. La pareja había sido atacada al menos por tres, las huellas e indicios de sangre y desgarramiento de ropas, indicaba que habían sido torturados de forma infame, dantesca. El más inteligente dedujo que tras el caso podría haber un tinte pasional, alguien quién con varios más había volcado sobre las víctimas un odio incontenible.  

Siendo la ciudad muy pequeña, uno de los investigadores, se internó en los bajos fondos: La zona de tolerancia; su instinto lo llevó al lugar preciso, un lupanar llamado El Cairo, cruzó la pista esquivando los coqueteos de las damiselas y llegó hasta la barra, le solicitó una cerveza al cantinero, y desde ahí estuvo observando; de las mesas ocupadas había una al fondo. Pacientemente miraba el comportamiento de los cuatro ocupantes de una de las mesas. Tres se levantaron y fueron directos a contactar compañía, se dirigieron hacia el fondo donde estaban las habitaciones. Calmado caminó hasta el que se había quedado solo.

-Buenas paisa. -¿Paisa? –¿Eres Guerrerense, no? –Sí pues. Después de tomar dos cervezas, lo invitó a darse un pericazo. Eso lo encaminó a la confianza, le dio baserola, y el tipo no tardó en contar hasta con asquerosas palabras y ademanes. Dos noches después, en el mismo antro fueron detenidos aquellos cuatro, todos sureños, pertenecientes al 12vo batallón de infantería militar. Confesaron haber sido contratados por el que entonces era el periodista más afamado.

El sospechoso fue detenido, en su aparente serena actitud, expuso una coartada y otras argucias; pero el fiscal fue más inteligente y lo hizo trastabillar, y aunque no aceptó su participación en el doble asesinato, quedó muy evidenciado. Esto provocó que el caso se ventilara en un juicio.

El periodista, pidió ayuda a sus incondicionales, entre ellos, el mismo Gobernador del Estado, quién era más popular por su paliacate que llevaba al cuello enredado, lo apoyó trayendo de la ciudad de México al abogado con reconocido. En menos de tres días, quién sabe cómo, pero convenció a los jueces para que absolvieran al que ya el populo había motejado como El Chacal de la lomita.

Así, en esta hermosa ciudad, considerada por Oscar Liera y muchísimos más, como La ciudad de las maravillas, desde aquellos ayeres, se empezó a tejer la telaraña siniestra de la corrupción.

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