Reflexiones

Leónidas Alfaro Bedolla

El día antes de la fundación de La Villa de San Miguel de Culiacán

Durante aquella noche, los 25 acompañantes de Ayapín, su padre y sus dos hermanos, se dispersaron hacia diferentes rumbos para alertar a los diversos jefes de la inminente invasión que intuían estaba por ocurrir en horas.

Era el 28 de septiembre de 1531. Las aldeas que formaban el poderoso conglomerado Huey Colohuacan, fueron las tribus: Tabacas, Pacaxes, Sabaibos, Achires, pero los de mayor número y poder eran los Tahues asentados en el vértice de los ríos Humaya y Tamazula, dominaban las montañas, valles y ríos formando una población de más de 10,000 habitantes distribuidos en villorrios de pocas viviendas, 15, 30, 50 las más grandes chozas construidas de vara tramada y palma.

Aquel día, el sol sorprendió al guerrero Ayapín y su grupo de cazadores, remontando el cerro de La Chiva, para ellos era La montaña milagrosa; en la explanada en lo alto, estaba  erigido un altar al Dios Huitzilopochtli, dios de la guerra.  El grupo de avanzada llevaba tres perros Xolo escuincle Calupoh, impresionantes, de gran alzada, encartados de lobo; diestros en las acciones de guerra, cacería, limpieza y protección. Al llegar a la cima, Ayapín y acompañantes bajaron de sus caballos que montaban a pelo; una señal del jefe fue suficiente para que tomaran posición, aguzaran sus sentidos y la vista para explorar el entorno; avistaban los cuatro puntos cardinales, la parte norte abarcaba una zona serrana y agreste sin límites. Hacia la parte sur, se extendía un valle impresionante, muy a lo lejos se divisaba la bruma del Océano Pacífico.

El gruñido de los perros alertó a Yucotzin, el Tahue de más edad, alzo su brazo derecho y señaló hacia el oriente. Todos voltearon hacia allá; un ligero olor los alteró. Allí permanecieron durante largas horas, vigilantes, atentos. Cuando el sol estaba desapareciendo, allá, entre las lejanas y brumosas olas de El Tambor, escucharon el inconfundible sonar de tambores, y sintieron ráfagas de aire con olor ocre, ese que se enrarece con la sangre, la tierra y la pólvora; se inquietaron; presagiaban que aquellos indicios podían venir de algo violento, peligroso; de malos augurios para su pueblo.

Sin mediar razonamiento alguno. Ayapín montó de un salto su alazán y al grito de: ¡Yeea yeea yeeeaaa! Yucotzin se adelantó azuzando a su macho prieto, y los perros por delante que olfateaban a kilómetros de distancia. Los demás, sin despegarse los seguían; bajaron la empinada montaña sin considerar estorbos ni peligros, cuando llegaron al plan ya la noche había impuesto la oscuridad. Una luna menguante no permitía ver con claridad, los perros eran la guía segura que les permitía seguir a galope tendido.  

Dos horas después, cuando la noche ya había rendido los quehaceres en las aldeas, llegaron a las inmediaciones del Humaya. El ladrido de los perros del lugar, fue la primera comunicación con los de la tropa, los Calupoh admitieron el mensaje ladrando en tono de paz, y la comunicación se dio sin discordia.

Para Ayapín, no fue sorpresa que su padre y hermanos lo esperaran con antorchas encendidas, con salto ligero descendió de su azabache, y al instante lo imitaron sus acompañantes. Saludó respetuoso y esperó que su padre hablara.

“Recibimos aviso de nuestros dioses. Tenemos visitas no gratas”.

“Sí padre. Al llegar a lo alto de la Montaña milagrosa, los aires nos dieron el mensaje. Usté ordena, padre”.

“En este momento debemos acordar con el resto de las tribus. Hemos estar alertas, preparados para la guerra”.

Durante aquella noche, los 25 acompañantes de Ayapín, su padre y sus dos hermanos, se dispersaron hacia diferentes rumbos para alertar a los diversos jefes de la inminente invasión que intuían estaba por ocurrir en horas. En grupos de cinco, acompañados de dos perros Calupoh se internaron por las veredas que los conducirían hacia el sur oriente, lugar de donde provenían las señales invasoras.

La intensa actividad, en aquella noche oscura, más negra por los  ébanos, ceibas, higueras, amapas, brasiles, y un sinfín de arbustos que alimentan una fauna abundante en: conejos, liebres, ardillas, jabalíes, venados, pumas; peligrosas serpientes, arañas y tarántulas; en ese ambiente se cumplió la misión sin tregua ni descanso. Cuando el sol estaba por asomar sobre el cerro del Elefante. Ayapín, y su padre estaban reunidos en la Isla de Orabá con cuatro jefes de otras tribus; las aguas del Humaya y el Tamazula, y la fronda natural les prodigaba frescura. Aquellos recios aborígenes de temple y carácter, acordaron pertrecharse y estar atentos para lo que pudiera presentarse. Sentados en torno a enormes piedras que servían de mesa, eran atendidos por jóvenes mujeres: frutas, comida y brebajes. Terminaron la  degustación y empezaron a exponer las estrategias de defensa y ataque. El canto de los pájaros anunció la alborada, y un lejano retumbar de tambores y trompetas los puso en tensión…

Lea mañana la segunda parte

SOBRE EL AUTOR

Leónidas Alfaro Bedolla es autor de las novelas La agonía del caimán, Tierra blanca, Por amor a Feliciana, La maldición de Malverde, En el casi ombligo del mundo, Las amapolas se tiñen de rojo, Golpe a golpe, La agonía del caimán y La selección.

Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de ESPEJO.

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