Reflexiones

Alejandra Maytorena Güémez

El estigma de la salud mental en México

Tendemos a desestimar los problemas mentales, sin importar su gravedad o posible tratamiento… hasta que nos enfrentamos cara a cara con un familiar o ser querido que los padece o, en algunos casos, nosotros mismos.

Por años, la salud mental ha sido incomprendida y tomada a la ligera, asociada con sentimientos de angustia o tristeza que podrían resolverse “echándole ganas” o, en un extremo, con personajes cinematográficos a los cuales sus diagnósticos llevan a cabo horribles acciones. Todavía en el 2020, con toda la información que hemos descubierto respecto a los padecimientos mentales y los esfuerzos de sensibilización al respecto, México fue el segundo país del mundo con mayor estigma respecto a las enfermedades mentales, solo detrás de Ucrania. En palabras del presidente de la Asociación Psiquiátrica Mexicana, en la nación “se cree que los pacientes psiquiátricos están enfermos por voluntad”.

De acuerdo con la Encuesta Nacional de Salud (Ensanut) 2018, una tercera parte de la población mexicana es afectada por las enfermedades, al tiempo que casi el 29% dijeron haber sufrido un trastorno mental alguna vez en su vida. De hecho, en el reporte sobre las principales causas de muerte del INEGI de enero a agosto 2021, el suicidio se encontró entre las primeras 10 causas de muerte para la población de 10 a 44 años. Adicionalmente, la Organización Mundial de la Salud preveía que, a partir de 2020, la depresión sería la segunda causa de discapacidad en el mundo y la primera en naciones en vías de desarrollo como el nuestro. Claramente, la salud mental es un problema real, que se ha agravado con la incertidumbre y el aislamiento por la pandemia.

La salud mental es mucho más compleja de lo que se cree; va directamente ligada al bienestar al ser uno de los pilares de la humanidad.

Los padecimientos de esta índole se caracterizan por ser distintas combinaciones de alteraciones de las emociones, la percepción, la conducta, el pensamiento y la relación con los demás. En ocasiones, la salud mental se ve afectada de manera transitoria, mientras que otras veces es hereditaria o se vuelve un padecimiento crónico. En los tres casos, es prioritario detectarlo y tratarlo adecuadamente para garantizar la calidad de vida de los pacientes.

En países como México, donde tristemente imperan la pobreza, la violencia y el abuso, se considera que existe una mayor vulnerabilidad ante este tipo de padecimientos y, peor aún, menor capacidad de tratarlo. En estos casos, se estima que el costo económico asciende al equivalente del 4% del PIB, significando no solo un costo en términos de calidad de vida, sino con un impacto mesurable en el desarrollo social y económico de un país.

Se estima que al menos uno de cada cuatro mexicanos pasará por un padecimiento mental al menos una vez en su vida, por lo que es realmente preocupante la falta de cultura de prevención y tratamiento. El estigma prevalece, al grado que muchas personas evitan mencionar su diagnóstico para evitar ser discriminados en sus diversos círculos sociales. Sin ir más lejos, hasta 2018, el cuidado de la salud mental en el trabajo era prácticamente nulo, incluso en el sector privado y el empleo formal. Ahora, contamos con la NOM-35, para identificar, analizar y prevenir los factores de riesgo psicosocial… sin embargo, falta mucho por hacer para alcanzar una verdadera cultura de cuidado y sensibilización sobre la salud en materia laboral, comenzando por el respeto y el entendimiento hasta llegar a la implementación cotidiana de prácticas atenuantes para este tipo de padecimientos.

Incluso entre el personal médico, la psiquiatría sigue siendo en gran medida un tabú, pues menos del 2% de los estudiantes de medicina escogían esta especialidad en 2018. El resultado, es la tasa de menos de 4 doctores especialistas  por cada 100,000 habitantes, una relación que vuelve aún más compleja la atención, sobre todo si consideramos que 6 de cada 10 psiquiatras se encuentran en las urbes más pobladas del país: Ciudad de México, Monterrey y Guadalajara, dejando entidades enteras con desabasto de esta profesión y en desamparo total a las zonas rurales más alejadas donde la salud mental todavía es desconocida y prefieren optar por remedios menos convencionales para tratar estos padecimientos.

Como si la situación no fuera lo suficientemente precaria, la atención a la salud mental se perfila como un lujo por el abismo entre los costos de atenderla y la capacidad adquisitiva. Por supuesto, no se trata de demeritar el trabajo de los especialistas, sino de buscar condiciones más equitativas en un país con un altísimo porcentaje de pobreza. Considerando estos factores, no es sorprendente que se estime que solo uno de cada cinco mexicanos con un padecimiento psiquiátrico recibe un tratamiento.

Tendemos a desestimar los problemas mentales, sin importar su gravedad o posible tratamiento… hasta que nos enfrentamos cara a cara con un familiar o ser querido que los padece o, en algunos casos, nosotros mismos. Como sector público, se requiere mejorar y facilitar la atención y el seguimiento a estos padecimientos. Como sociedad, necesitamos comenzar por combatir el estigma y atrevernos a alzar la voz, comprendiendo que las enfermedades mentales son aspectos de la vida que no podemos ni debemos evadir. Esto empieza por atrevernos a pedir ayuda, a decir “no puedo” y dejar de ocultar el malestar mental como si fuera algo de qué avergonzarnos. De ahí, podremos transitar a esquemas de vida más sostenibles donde se priorice la atención a la salud mental no como algo reactivo, cuando alcanzamos el colapso, sino como algo de nuestro día a día, lleno de estrategias de prevención para que, quienes no tengan padecimientos reduzcan el riesgo de hacerlo y que los que lo tengan puedan alcanzar una calidad de vida óptima rodeados por el amor, la atención y las oportunidades que merecen por el simple hecho de ser humanos.

Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de ESPEJO.

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