Reflexiones

Malú Morales

El jardín del mar

En los campos de trabajos forzados, Efraim escuchó: Los Soviéticos han penetrado al país… ¡todos ustedes son libres! .

Infinidad de libros se han escrito sobre la segunda guerra mundial de la pluma de un número infinito de autores. Seguramente la intención ha sido rescatar del olvido la más devastadora, despiadada y cruenta demostración de cómo el ser humano puede convertirse en verdugo de sus congéneres. Las diversas versiones se han ubicado en distintos lugares y en diferentes situaciones. Todas encaminadas hacia lo mismo: El repudio ante el exterminio motivado por un odio ciego.

Sophie Goldberg, mexicana de nacimiento, de raíces turcas y búlgaras nos aporta una versión diferente en su novela EL JARDIN DEL MAR,  narrada con extraordinaria belleza, profunda y conmovedora”. Se trata de una historia real, apoyada con una serie de fotografías familiares. Ubicada en la Bulgaria ocupada por los Nazis; los judíos nacidos en ese país vivían en paz bajo el reinado de Boris III, amado por sus súbditos por su equitativa justicia.

Varna es la pequeña ciudad Búlgara en donde viven Efraim, Sofía y sus dos pequeños hijos, Salomón recién nacido y Alberto de 5 años. Aquella madrugada en que los militares alemanes llegaron por su padre,  Alberto recordaría las palabras del detenido: Ahora tú eres el hombre de la casa… como una sentencia, un susurro permanente. Sofía, la madre, recordaría siempre el dolor de sus uñas aferradas inútilmente al saco del SS que se llevó a su marido a punta de golpes. Era el año 1941.

Efraim, dentro de la barraca dejaba caer cada noche su cansancio en la angosta litera que abrigaba el dolor, el frío y el delirio de todos los días, jurándose a sí mismo volver con los suyos. Un día más le esperaba para picar piedra, la cuota mínima exigida era moler piedra hasta convertirla en un metro cúbico de grava en aquel campo de trabajos forzados. Le tranquilizaba pensar que a su familia no le harían daño, porque aquellos campos sólo necesitaban de hombres jóvenes y fuertes para construir puentes y ensanchar carreteras. Sobrevivían apenas con un tazón de agua tibia con algunos granos que llamaban caldo. Para Sofía, su situación de abandono se hacía cada vez más difícil tratando de conseguir alimentos para sus hijos, tras una larga fila de personas con las mismas necesidades. Sentía con más dolor su soledad por no contar con sus familiares cercanos que pocos años atrás habían decidido emigrar a “Las Américas” en busca de oportunidades que se vislumbraban en aquellas tierras. Sus hermanos, tíos, primos y hasta su madre habían intentado convencer a ella y a su esposo, recién casados, que los siguieran en busca de un mejor destino. La pareja era feliz dando paseos dominicales por el Jardín del Mar, aquel enorme parque lleno de alegres fuentes, flores y árboles que bordeaban el Mar Negro. Sofía se recriminaba por no haberse unido a la familia. Jamás se imaginaron todos que la guerra estallaría pocos años después.

El rey Boris III  trataba de mantener su autoridad ante la ocupación Nazi declarándose neutral ante el estallido de la guerra. Aun así, existían simpatizantes de los alemanes que con su apoyo, comenzaron a ocupar los primeros puestos del nuevo gobierno, prohibiendo a los judíos  formar parte de la economía del país. La ley antijudía entró en vigor ante las protestas de la élite social y la iglesia ortodoxa que poco podían hacer. Los judíos fueron sacados de sus casas y obligados a vivir en el campo. Sofía y sus hijos fueron acogidos por piadosos simpatizantes. En 1943, Boris III, fortalecido por los grupos inconformes con la ocupación, lograron salvar a miles de judíos destinados a los campos de concentración, enviándolos a Italia y Argentina. Ese año, el rey se entrevistó con Hitler en su búnker para discutir “el asunto judío”. Se rumoraba que al monarca, a su regreso de la entrevista, en el avión le habían impuesto una mascarilla con gas envenenado, de manera que pocas horas después se encontraba muerto. El nuevo rey sería el hijo de Boris, Simeón II de tan solo siete años de edad, asistido por su tío, el príncipe Kyril.

En septiembre de 1944 el ejército Búlgaro se unió a los Soviéticos que contribuyeron a dar fin a la guerra. En los campos de trabajos forzados, Efraim escuchó: Los Soviéticos han penetrado al país… ¡todos ustedes son libres! . Efraím y sus compañeros corrieron sin parar sintiendo la libertad en el viento helado. Los caminos de regreso a casa fueron difíciles, los trenes saturados de judíos dejaban escapar las risas nerviosas de los liberados. Tres años sin ver a su familia. Era otro. Los huesos cubiertos por una piel apergaminada representaban al padre y al esposo anhelado que llegó por fin, al calor de un hogar que no era el original. El reencuentro trajo lamentos amorosos y un llanto compartido. Lo primero era volver a su ciudad de origen, encontrar un trabajo para que Efraim pudiera mantener a su familia y rescatar los sueños de antes de la guerra.

Las ilusiones volvieron ante la idea de viajar a América para reunirse con la familia de Sofía, quienes vivían en la ciudad de México prosperando en negocios propios, lejos de guerras y discriminaciones. Efraim comenzó un largo recorrido para conseguir las visas que les permitirían salir de una Bulgaria destrozada e invadida por los nuevos dueños. Los rusos no les facilitarían la tarea.

Al parecer, la historia está narrada por la nieta de aquel niño de cinco años que vio desaparecer a su padre bajo el yugo Nazi.

Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de ESPEJO.

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