Reflexiones

Malú Morales

El libro perdido y hallado en el tiempo

Un año después de su fallecimiento, su viuda decidió publicarlo, de esa manera nos obsequió con uno de los primeros libros escritos por Saramago, en el que sobresalen las virtudes que serían el gérmen de tantas obras maestras.

Desde que me convertí en una consuetudinaria lectora, he vivido desconfiando de los Premio Nobel de Literatura que los académicos Suecos otorgan anualmente a un escritor destacado; así, año con año, espero con ansiedad el nombre del  premiado, ante la imposibilidad de leer su obra por diversas y variadas razones, me conformo con indagar sobre su trayectoria, obra publicada, semblanza y sobre todo, las razones argumentadas por la Academia Sueca para adjudicar el prestigiado galardón. De la enorme lista de los ganadores, que data desde 1901, son pocos a los que he leído, suman más los que no he tenido la oportunidad y siempre me queda la incógnita sobre si fue acertada o no la designación. Cuando descubrí a uno de los ganadores de esta presea, ninguna duda me surgió al entrar a su mundo literario. Me refiero a José Saramago (1922-2010) Ese escritor Portugués que dejó un legado de obras de gran trascendencia. Le fue otorgado el premio Nobel de literatura en 1998, con la justificación de la Academia Sueca que destacó su capacidad para: Volver comprensible una realidad huidiza con parábolas sostenidas por la imaginación, la comprensión y la ironía. Ese es Saramago

En sus inicios, a los 31 años, Saramago escribió un libro que entregó con ilusión a una editorial a fin de que le fuera publicado, era el año de 1953. Transcurrió el tiempo y nada pasó, el incipiente escritor jamás obtuvo noticia alguna sobre su manuscrito. Cuando logró el reconocimiento por su obra, le otorgaron premios internacionales y fue leído  en todo el planeta, recibió una llamada colmada de disculpas argumentando que habían hallado su manuscrito durante tareas de mudanza de la casa editora ¡38 años después! El escritor se presentó a recoger su texto pero se negó a que le fuera publicado. Únicamente manifestó para sí mismo, una de sus normas de vida: Nadie está obligado a amar a nadie, todos estamos obligados a respetarnos. La esposa y traductora de Saramago, Pilar del Río, insistió en que ese libro debía publicarse, pero él se negó rotundamente ante la premisa de que su estilo ya no era el mismo de años atrás. Un año después de su fallecimiento, su viuda decidió publicarlo, de esa manera nos obsequió con uno de los primeros libros escritos por Saramago, en el que sobresalen las virtudes que serían el gérmen de tantas obras maestras. En ese contexto nos llegó “Claraboya”, libro que hoy quiero reseñar.

El narrador omnisciente de Claraboya, se pasea husmeando por las viviendas en las que viven varias familias; se entera de todo lo que ahí pasa y nos transmite el diario acontecer de los inquilinos; Claraboya, simboliza una ventana por la que el autor nos permite asomarnos y nos deja alimentar nuestra curiosidad con chismes, aconteceres, penas y alegrías, mitotes pues… Los personajes son seres comunes que sufren, se esfuerzan, se regocijan, se “comen” unos a otros buscando un sentido a su vivir.  El primero que se nos presenta es Silvestre, un hombre en la setentena cuyo oficio es ser zapatero,  su único familiar es su esposa, no tienen hijos y apenas subsisten con las escazas ganancias que su oficio le permite, por lo que deciden rentar una habitación. Silvestre es todo un filósofo popular, siempre le está dando lecciones a su huésped: La experiencia sólo vale cuando es útil a otros…tendremos que recibir en la propia carne la cicatriz que nos transforma en verdaderos hombres… Ama a su esposa, a la que Saramago se refiere como: …Mariana, tan gorda que daba risa, tan buena que daban ganas de llorar.

En cada capítulo de la novela aparece cada una de las familias del vecindario. Está el matrimonio que tiene una hija de 19 años, hermosa en su explosiva juventud; es el orgullo de sus padres que no se plantean jamás que el mundo laboral en el que se desenvuelve su hija, puede ser  una trampa en la que ella podría perder su valiosa integridad virginal. Otro matrimonio, no tan joven, sufre la pérdida de su única hija a temprana edad. La pareja se soporta envuelta en una incomunicación en la que el mecanismo de defensa es la ironía que deteriora día a día su relación, hasta que su natural instinto les recuerda que son humanos sujetos a deseos insatisfechos. Uno de los personajes interesantes es Lidia, a quien el autor presenta como “una mantenida”, así, sin otro adjetivo como “prostituta” o “mujer fácil”, etc., ella ocupa uno de los departamentos, con ciertos lujos. De mediana edad, atractiva y reservada, recibe tres veces por semana al hombre que la mantiene. Los vecinos conocen su situación, pero todos aparentan ignorarla saludándola con ciertas reservas. Ante una escena de celos, Lidia confronta al hombre que la visita y con suma dignidad, lo pone en su lugar. En uno de los espacios, viven cuatro mujeres que trabajan día a día para sostener la economía del hogar. Son dos muchachas a punto de dejar atrás la juventud, la madre de ellas y la hermana de ésta. La tía Amelia vive preocupada por el buen manejo de la casa y se inquieta cuando las sobrinas alteran su trato cotidiano. Una velada sospecha late en la convivencia de estas  mujeres que esconden en sus anhelos un soterrado lesbianismo. 

Cada libro es un viaje que nos conduce a mundos inimaginables y en Claraboya, José Saramago nos convierte en voyeristas.

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