Reflexiones

Alejandra Maytorena Güémez

El reto de la movilidad en México

Al dejar de funcionar parcialmente el sistema de metro, que de por sí enfrenta una demanda que sobrepasa a la oferta durante las conocidas como horas pico, los capitalinos debieron optar por rutas alternas menos eficientes o, en algunos casos extremos, no llegar a sus destinos.

Conforme avanzó la industrialización, los asentamientos humanos se volvieron cada vez más grandes y numerosos. Ante el auge de servicios y oportunidades en la arena urbana, comenzó un éxodo del campo a las urbes que llevó, por un lado, al abandono de las zonas rurales, pero, por el otro, a la saturación de las ciudades que ahora crecen verticalmente en un intento de acoger a más personas de las que tienen capacidad.

Ir a la ciudad puede ser bastante atractivo, pues en ella podemos encontrar una gran variedad de entretenimiento, comercio y oportunidades laborales que son exclusivos de aquellos espacios en los que cientos de miles de seres humanos deciden coexistir. Vacacionar en estos lugares puede estar lleno de descubrimientos y actividades distintas a lo cotidiano. No obstante, vivir en una gran ciudad puede convertirse en un dolor de cabeza si falta un elemento indispensable: una movilidad adecuada.

La necesidad de desplazarnos cotidianamente dentro de una urbe absorbe nuestro tiempo de la vida diaria; se deben considerar un par de horas para salir llegar a nuestro destino entre tantas personas que intentan llegar a los suyos al mismo tiempo.

Ya sea en vehículo particular o transporte público, los traslados llegan a ser un martirio por el tráfico, la inseguridad y el mismo estrés de querer llegar a la hora que debemos llegar.

Con la pandemia muchos tuvimos la oportunidad de realizar nuestras labores desde casa, en esquemas que nos permitieron reemplazar el tiempo de traslado diario por tiempo de calidad. Sin embargo, millones no tuvieron esa opción y, aún con un porcentaje significativo laborando desde casa, las ciudades continuaron con sus ya tradicionales- aunque aterradores- embotellamientos.

Incluso, de acuerdo con la percepción de algunos expertos, pareció que el tráfico aumentó cuando algunos optaron por moverse en vehículo privado para disminuir riesgos de contagiarse en transporte público. El resultado: si bien hay menos gente en la calle, el número de vehículos ha llegado a mantenerse estable en las zonas residenciales de distintos centros urbanos, no solo de México, del mundo.

Este problema no es una cuestión individual. La dura realidad es que no hay muchas opciones de transporte sostenible y suficiente para las necesidades de las megalópolis. Tomando como ejemplo la Ciudad de México, la segunda más grande de Latinoamérica, que cuenta con redes de transporte cada vez más sólidas, vio un colapso cuando el transporte público más utilizado – que llega a casi 140 millones de usuarios cada mes- se vio forzado a suspender sus servicios. Al dejar de funcionar parcialmente el sistema de metro, que de por sí enfrenta una demanda que sobrepasa a la oferta durante las conocidas como horas pico, los capitalinos debieron optar por rutas alternas menos eficientes o, en algunos casos extremos, no llegar a sus destinos.

Invertimos miles de millones en crecer las redes de metro, Metrobús y camiones urbanos como si el crecimiento poblacional estuviera próximo a frenarse. Sí, se espera que en las próximas décadas algunos sectores de la población opten por vivir en la tranquilidad del campo, pero aún nos falta para llegar a ese punto. Al menos en los próximos años, la población de las ciudades más pobladas de México seguirá aumentando. Esto refleja que no podemos seguir dependiendo de sistemas de transporte colectivos, porque el crecimiento poblacional amenazará constantemente con sobrepasarlos, sino que debemos comenzar a enfocarnos en soluciones distintas que nos permitan mejorar la calidad de vida de los habitantes de las ciudades, reducir el gasto en transporte y, por supuesto, disminuir la contaminación ambiental.

Una opción siempre vigente va de la mano con lo que nos hemos visto forzados a hacer con el distanciamiento social: los que podamos trabajar sin salir de casa, podríamos seguir haciéndolo para dejar el camino libre a aquellos cuyas obligaciones requieren que se encuentren en movimiento. Empero, esta no es la única opción. Existen alternativas de movilidad que hemos dejado de lado, como el transporte en bicicleta o a pie que, además de reducir el tráfico, nos ayudarían a reducir el sedentarismo en el que la mayoría hemos caído.

Admiramos a otros países que han logrado convertir sus zonas más céntricas en exclusivamente peatonales y de vehículos sin motor, romantizando la idea de transportarnos de esa forma, cuando nos encontramos lejanos a esa realidad al carecer de la infraestructura y la cultura cívica suficiente para hacer esa transición.

En las grandes ciudades mexicanas se han instaurado ciclovías, sin embargo, estas no abarcan tanto recorrido como necesitaríamos y, tristemente, no son respetadas por los automovilistas. En 2019, durante solo tres meses murieron atropellados 673 peatones y ciclistas. Incluso si hoy millones tomáramos la decisión de trasladarnos con medios no motorizados, no contamos con las vialidades suficientes – ni el respeto de los automovilistas – para que fuera una alternativa viable.

Nos urge un cambio de mentalidad y de dirección que nos permita recuperar nuestro tiempo y las ganas de movernos libremente. La transformación comienza desde el diseño mismo de las ciudades, las cuales deben estar orientadas hacia el ciudadano y pensadas para reducir la necesidad de desplazarnos. Actualmente, vivir en una gran ciudad puede reducir nuestra esperanza de vida debido al estrés y la contaminación del aire. ¿Te imaginas lo hermosas que se verían nuestras ciudades, con todo lo que tienen que ofrecernos, sin tráfico?

Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de ESPEJO.

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