Reflexiones

Óscar Fidel González Mendívil

El rincón del conspirador | Erin Go Bragh, los otros héroes que nos dieron patria

Cuando en la guerra de intervención norteamericana se da la primera gran batalla en Matamoros, del lado mexicano ya peleaba un grupo de soldados denominado la Legión Extranjera.

Para @Aisling

¿Estudiaste la primaria en el Colegio Niños Héroes, verdad mi conspireitor? Ya me imagino que por estas fechas patrias todos soñaban con ser Juan Escutia para salvar la bandera de los pinches gringos y, aún a costa de la propia vida, evitar que fuera mancillada envolviéndose en ella y arrojándose al vacío.

Pues sí Filiberto, de niño sí. Pero ahora de grande te das cuenta de que en esa bonita historia hay mitos y medias verdades. De acuerdo con el historiador Alejandro Rosas, Juan Escutia y cincuenta cadetes más participaron junto a unos ochocientos soldados en la defensa del Castillo de Chapultepec el 13 de septiembre de 1847. Pero él no le arrebató la bandera al enemigo, en realidad murió abatido a tiros junto a Francisco Márquez y Fernando Montes de Oca cuando trataban de resguardarse en el jardín botánico.

Lo curioso es que la caída del Castillo de Chapultepec selló el destino de un grupo de valientes soldados, prisioneros del invasor, que en un cerro cercano y con sogas al cuello, esperaban el final de la batalla para ser ejecutados por orden de su cruel verdugo, el coronel William Selby Harney. Todos los condenados habían sido capturados el 20 de agosto, después de luchar ferozmente por nuestro país en la batalla de Churubusco. Todos eran miembros del batallón de San Patricio y ninguno era mexicano.

Cuando en la guerra de intervención norteamericana se da la primera gran batalla en Matamoros, del lado mexicano ya peleaba un grupo de soldados denominado la Legión Extranjera. Entre ellos John Riley, originario de Clifden, Irlanda, quien antes del conflicto había desertado del ejército estadounidense y además había convencido a cuarenta y cinco de sus compatriotas de hacer lo mismo y defender a México de la invasión.

Riley cambió el nombre del grupo de combatientes y en lugar de Legión Extranjera los bautizó como San Patricios, que pasó a ser la nomenclatura del batallón. Además diseñó su bandera con un fondo verde, un arpa celta de color dorado y la leyenda Erin Go Bragh, Irlanda por siempre. Los San Patricios eran un escuadrón de artillería compuestos por soldados irlandeses, la mayoría, pero también por escoceses, polacos, alemanes y mexicanos.

El ejército invasor que ya había comprobado la pericia de los artilleros San Patricios en la batalla de Monterrey, y los había visto retirarse con su bandera ondeando por lo alto, como si de un desfile triunfal se tratara, los volvió a enfrentar en Angostura, Coahuila, el 22 y 23 de febrero de 1847, donde por primera vez en la historia vieron a un enemigo arrebatarles piezas de artillería, nos dice el profesor Michael Hogan. Un oficial le informó al general Zachary Taylor, jefe de los gringos, “nos están barriendo”, a lo que respondió con coraje, “Yo sabré si nos están barriendo o no”. John Riley, que en esa batalla tenía el grado de teniente, pronto fue ascendido a capitán y llegaría a ser comandante de la compañía.

El último combate de los San Patricios sería en Churubusco, bajo el mando del general Pedro María Anaya. Las fuerzas mexicanas estaban rodeadas por un ejército superior en número, tanto en caballería, como en artillería e infantería. Resistieron tres ataques y causaron grandes pérdidas a los yanquis, pero se quedaron sin municiones. Las únicas que pudieron romper el cerco no podían ser usadas por los rifles mexicanos, pero sí por las armas de los San Patricios. Aquellos pelearon a bayoneta y puños, estos tirando bala. Pero un proyectil cayó en el polvorín y todo explotó. Al rendir su espada le preguntaron al general Anaya dónde estaban sus municiones, a lo que respondió “Si hubiéramos tenido parque, no estaría usted aquí”. Los registros oficiales anotan 139 bajas del lado mexicano por 137 de los estadounidenses.

Treinta y cinco San Patricios murieron en Churubusco, 84 escaparon y 85, incluido John Riley, fueron capturados y juzgados por una corte marcial fantoche que condenó a muerte a todos.  A quienes abandonaron el ejército gringo antes de la guerra se les conmutó la condena por 50 azotes y sufrir la marca al rojo vivo de una “D” en sus mejillas, por desertores. Riley fue azotado por un arriero mexicano pues no se le consideró digno de hacer trabajar una mano gringa para castigarlo y fue marcado en los dos cachetes pues la primera “D” quedó invertida.

Cincuenta San Patricios fueron ejecutados en la horca los días 9 y 10 de septiembre de 1847. Los treinta restantes fueron llevados el día 13 a las inmediaciones de Chapultepec, donde el brutal coronel Harney, de ascendencia irlandesa, mandó poner a los prisioneros de pie sobre unas carretas, con la soga anudada al cuello y la vista hacia la batalla. Entonces les anunció que morirían cuando la bandera estadounidense ondeara en el castillo.

Los irlandeses empezaron a quejarse. Le decían a Harney que si debían esperar a que su asqueroso trapo llegara hasta la cima, tendrían tiempo de comerse al ganso engordado con el pasto que crecería sobre la tumba del coronel norteamericano. A la hora en que, según la leyenda, Juan Escutia debería estar recuperando el lábaro patrio, Harney dio la orden y las carretas dejaron colgados a los San Patricios.

No chingues pinche conspireitor, no me dejes así, ¿qué pasó con Juanito Riley?

Permaneció prisionero hasta el once de junio de ese año y, aunque no lo creas, junto a otros sobrevivientes, se reorganizaron para seguir luchando. Cuando el ejército gringo abandonó Palacio Nacional, la guardia de honor que izó de nuevo la bandera mexicana estaba compuesta por San Patricios. Un año después se disolvió el batallón y muchos de ellos pidieron regresar a Irlanda. El gobierno de México pagó el pasaje.

El destino final de John Riley es un misterio. En Veracruz se encontró un acta de defunción de 1850 a nombre de un tal Juan Reley, que es como se le registró en los archivos del Ejército Mexicano. La causa de muerte anotada fue el exceso de alcohol y como dice la maestra Laura Michel, hasta parece chiste irlandés. Pero don Michael Hogan cree que Reley no es nuestro Riley y que este bien pudo regresar a Clifden o permanecer en el país por el cual peleó y padeció.

Esos batos son unos chingones y el Juanito Riley es la riata, así que en su honor, ¡Wakanda forever!

Irlanda, pendejo, Irlanda.

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