Reflexiones

Óscar Fidel González Mendívil

El rincón del conspirador | Pollos con dientes

Los T. rex podían desplazarse a una velocidad de entre quince a cuarenta kilómetros por hora, por lo que no eran grandes corredores.

¡Eran viles pollos! Te digo mi conspireitor. Pollitos, pollotes o gallináceos. Ellos nos devoraron por millones de años y ahora nosotros nos los comemos asados, rostizados, en caldo, en mole, en taco, en sándwich. Para mí eso es justicia alimenticia y de la buena.

Estás pero si bien pendejo Filiberto. Los dinosaurios y los seres humanos jamás convivieron, hay más de sesenta millones de años de diferencia entre que ellos se extinguieron y nosotros aparecimos en este planeta. Ahora, si te refieres a que se alimentaban de nuestros antepasados mamíferos pues tienes razón. Y también es cierto que algunos de ellos evolucionaron y se transformaron en las aves que nosotros conocemos. Usando tu metáfora, el pollo mayor debió ser el Tyrannosaurus rex.

¿Sabías que el primer fósil de tiranosaurio fue descubierto en 1902 por Barnum Brown en Montana, EE.UU.? El paleontólogo trabajaba para el Museo Americano de Historia Natural en Nueva York y para 1908 ya había descubierto un segundo y mejor preservado esqueleto de Tyrannosaurus. Como cosa curiosa, ante el temor de que la metrópoli fuera bombardeada durante la segunda guerra mundial, el primero de los especímenes fue vendido al Museo Carnegie de Historia Natural en Pittsburgh, cuyo dinosaurio estrella es un diplodoco porque el museo organizó la expedición que en 1899 descubrió los restos del primer Diplodocus carnegii.

De Barnum Brown se dice que fue un verdadero científico excéntrico. Cuentan que cuando iba a buscar fósiles, lo hacía envuelto en un abrigo de piel, aun cuando fuera verano. Que aprovechaba sus expediciones para operar como espía del gobierno o de compañías petroleras. Que era tan mujeriego que las planicies del oeste de Estados Unidos fueron pobladas, en parte, por su descendencia. Fue un célebre conferencista, tuvo su propio programa semanal de radio en la CBS y ayudó a Walt Disney a que los dinosaurios de la película Fantasía (1940) fueran lo más realista posible. Y aunque fue un paleontólogo con una enorme capacidad para encontrar fósiles, siempre será recordado por haber descubierto al tiranosaurio.

El nombre del nuevo y monstruoso dinosaurio se debe al entonces presidente del Museo Americano, Henry Fairfield Osborn, sobrino de J.P. Morgan, amigo del presidente Teddy Roosevelt, amante de la exploración y la naturaleza, que a la vez era un tipo pedante con ideas racistas. Pero en un arranque de inspiración se le ocurrió designarlo lagarto tirano rey, Tyrannosaurus rex.

Desde el inicio, T. rex fue un éxito y su estatus de celebridad perdura. Desde las personas boquiabiertas que vieron su esqueleto por primera vez en la exhibición de 1905, hasta los espectadores atemorizados por su presencia tan “real” en la película Parque Jurásico (1993), todos quedamos cautivados. Pero detrás de esta fascinación se ocultaba un secreto, en realidad no era mucho lo que se sabía sobre ellos. Habría que esperar al siglo XXI para desvelar algunos misterios.

Aunque sea decepcionante para algunos, ya se sabía que los tiranosaurios no vivieron en el Jurásico, sino en el posterior periodo Cretácico. También eran conocidas sus características físicas fundamentales, como el hecho obvio de que era enorme: trece metros de largo y hasta ocho toneladas de peso en la edad adulta. Su descomunal cabeza, con poderosas mandíbulas que albergaban cincuenta dientes afilados, no desbalanceaba al cuerpo gracias a una cola larga y ahusada que lo equilibraba de manera horizontal.

Es, hasta el momento, el animal carnívoro terrestre más grande que haya existido en el planeta. En su dieta se encontraban los Triceratops y los Edmontosaurus. Definitivamente, no eran carroñeros. Eran cazadores y lo hacían en manada. Los T. rex podían desplazarse a una velocidad de entre quince a cuarenta kilómetros por hora, por lo que no eran grandes corredores. Poseían un cerebro más grande que el de nuestros perros o gatos y tenían excelentes sentidos. Haberte quedado inmóvil no te hubiera servido de nada.

Todo su cuerpo estaba cubierto de un cuero escamoso y grueso que le daba apariencia de lagarto, con un detalle, entre las escamas sobresalían plumas, filamentos mucho más sencillos que las que poseen las aves modernas, y que probablemente sirvieran para mantenerlos calientes, intimidar a sus rivales o atraer parejas.

Pero el enigma más grande es el de los bracitos. Los ancestros del rex, Guanlong y Dilong, contaban con brazos proporcionados que empleaban para atrapar presas. Al evolucionar, el cráneo creció y desarrolló herramientas de caza en detrimento de los brazos que empequeñecieron.  Sin embargo, tenían músculos tan fuertes como para evitar que sus víctimas huyeran al ser devoradas.

¡Mmm… alitas! Tu plática, como siempre muy aburrida, pero hiciste que se me antojara ir al Superpollo por una orden bien reportada con todo y papitas fritas. Ándale vamos antes de que llegue el Xico a joder con lo de las abejas. Además, ya sabes que si llega borracho le da por querer llevarle serenata a la Nacha.

Para saber más: Steve Brusatte. Auge y caída de los dinosaurios, editorial Debate, 2019.

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