Reflexiones

Óscar Fidel González Mendívil

El rincón del conspirador | Sin osos no hay Troya… ni rey Arturo

Bienvenido al registro escrito de las clases telepáticas del Profesor G, único conocedor de los arcanos de la educación a distancia sin internet. ¿Le falla el WiFi? ¿Le cobran caro por un servicio pésimo? ¿No quiere hacer más rico a Carlos Slim? ¡Conozca el método de enseñanza – aprendizaje que funciona sin conexión electrónica y el conocimiento arriba directamente a su cerebro! Para que siempre llegue del punto A, al punto G. La primera clase es gratis.

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¿Sabe usted mi querido tele-alumno por qué sin osos no hubiera habido guerra de Troya, ni mesa redonda o Excálibur? No estoy hablando de los que se topó Ricitos de Oro después de tomarse su sopa o del tal Winnie Pooh en su bosque de los cien acres, me refiero a osos, osos. O tal vez el nombre no sea el adecuado. Permítanme explicarles.

Al menos desde hace treinta mil años existe una relación entre osos y seres humanos, en particular en las zonas boscosas de Europa. Ahí se enfrentaron, convivieron, coexistieron y se fue generando, en las mujeres y hombres del Paleolítico, una apreciación simbólica del animal que le asignó rasgos de divinidad.

Su carácter sobrenatural influyó en algunos pueblos respecto a la palabra empleada para designarlo. En las lenguas que pertenecen a la familia indoeuropea la palabra oso deriva de la raíz *rks, arks, u orks, cuya pronunciación sugiere la onomatopeya de su gruñido. Por ejemplo, en sánscrito oso se escribía rksah, en griego arktos, en galés antiguo arth, en irlandés antiguo art, latín ursus, italiano orso, francés, ours. En castellano también desciende de este linaje.

Pero, en las lenguas bálticas, eslavas y germánicas la historia es diferente. Por ejemplo, en inglés oso se escribe bear, en alemán Bär, y significa café, que hace referencia a su pelaje oscuro y brillante. ¿Por qué emplear el color de su piel y no su verdadero nombre? Puro y simple tabú. En medio del bosque en el norte de Europa hace cinco mil años el nombre del oso no debía invocarse a la ligera. Por respeto era mejor llamarlo mediante una metáfora, medved, el amo de la miel en esloveno habría sido un buen sustituto. De lo contrario se corría el riesgo de provocar su furia.

Esta necesidad de apaciguar a las divinidades ursinas pervivió en el culto a la diosa griega de la caza y la luna, Artemisa, como podemos apreciar en la siguiente historia. Cuando la flota griega reunida en Áulide se preparaba a zarpar rumbo a Troya para recuperar a la bella Helena, los vientos no soplaban porque Artemisa los retenía. La diosa había sido ofendida por el comandante de la flota, el rey Agamenón, quien por accidente había matado un ciervo en un bosque sagrado dedicado a ella. Para calmar su ira exigía la muerte de Ifigenia, la joven hija del rey. De inicio, Agamenón se negó a cumplir, pero cedió ante el reclamo del esposo de Helena, que además era el rey de Esparta, su hermano Menelao, tío de Ifigenia. A punto de ser sacrificada, Artemisa se apiada, transforma a la doncella en una osa y la lleva hasta Táuride, donde la nombra sacerdotisa de su santuario.

Artemisa no era solo diosa de la caza o la luna, también lo era de los animales salvajes y en particular de los osos. Después de todo, su nombre se forma con la raíz indoeuropea para designarlos, en su variante *art. En el templo de Braurón, el más antiguo dedicado a la diosa, las sacerdotisas eran llamadas arktoi, oseznas y cada cinco años se llevaba a cabo un curioso ritual nocturno en el cual, por órdenes de Artemisa, se expiaba el asesinato de una osa consagrada a ella, que habría devorado a una niña de la aldea. Durante la ceremonia las chicas iban vestidas de amarillo y blanco, hay quien dice de color azafrán, e imitaban los gestos de los osos. Es probable que la celebración incluyera un periodo de aislamiento en el cual se atendía a la diosa, pues ninguna virgen podía salir del santuario a ser dada en matrimonio si no había cumplido en servir como osa a Artemisa.

Y por lo que respecta al rey Arturo, ¡adivinaste mi querida tele-estudiante!, su nombre se relaciona con la misma raíz indoeuropea que Artemisa. Sobre todo porque en el lenguaje de los celtas oso se decía arth, de ahí que el King Arthur de los británicos sea un rey oso. Hay que aclarar que, a diferencia de los antiguos germánicos para quienes el oso representaba la fuerza y el coraje, los celtas veían en ese animal al símbolo de un soberano más que el de un guerrero.

En la leyenda actual no queda nada de oso en Arturo, salvo el nombre. Los mitos celtas originales se diluyeron con el tiempo y con cada reinterpretación de las historias. Sin embargo aún existe una tradición que conserva el rasgo de la fortaleza ursina del rey. Cuentan que en su lecho de muerte se acerca a despedirse su mayordomo, Lucano, quien también había sido herido en batalla. Arturo se levanta, lo abraza apretándolo con fuerza contra su pecho y lo mata. Lucano no resistió el abrazo del rey oso. Artur, latine traslatum, sonat ursum terribilis.

Para saber más: Michel Pastoreau. The Bear, history of a fallen King, editorial Belknap/Harvard, Cambridge, 2011. Jean Markale. King of the Celts, Arthurian Legends and Celtic Tradition, editorial Inner Traditions, Rochester, 1994.

Fin de la clase. Fin de la transmisión.

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