Reflexiones

Alejandra Maytorena Güémez

El suicidio, causa de muerte de los jóvenes

En México, las consultas en salud mental se han incrementado, aunque seguimos sin soltar el estigma en torno a las enfermedades psiquiátricas y otros padecimientos que afectan la calidad de vida de las personas y, con ello, sus ganas de vivirla.

Desde hace un par de años, el cuidado de la salud mental ha cobrado relevancia. Mientras más comprendemos al cerebro humano, más claro queda que existen padecimientos mentales que, aunque puedan no ser tan evidentes, son tan reales como un hueso roto y no se resuelven “echándole ganas” o con los consejos adecuados, pues requieren de todo un tratamiento que permita que las personas salgan adelante.

De acuerdo con datos de la Organización Mundial de la Salud, año con año se registran alrededor de un millón de suicidios; es decir, casi la mitad de las muertes violentas de los hombres en el mundo y tres cuartas partes de las muertes violentas en mujeres. Anualmente, se pierden más vidas por esta causa que por guerras y homicidios. Como tal, el suicidio se posiciona como la segunda causa de muerte entre jóvenes de 15 a 29 años.

Esta situación es verdaderamente alarmante si consideramos que, a diferencia de otras causas de muerte, los suicidios podrían prevenirse con un procedimiento adecuado de detección y tratamiento de padecimientos mentales que comienza, entre otras cosas, con dejar de minimizar el problema y seguir pretendiendo como sociedad que, si no lo vemos, no existe.

La pandemia, como he escrito en repetidas ocasiones, tuvo un efecto catalizador en la sociedad: tanto lo bueno como lo malo se vieron potenciados y fortalecidas con su llegada. No es entonces sorprendente que empeorara también una crisis que llevaba años desarrollándose en silencio: la crisis de la salud mental. A finales de 2019, sin saber lo que viviríamos en los años que seguían, se pronosticaba que en México la depresión sería la mayor causante de incapacidades laborales en México, constituyéndose como una pandemia distinta y silenciosa que cobra vidas y bienestar al por mayor.

Ahora, a casi dos años del inicio de la crisis por el COVID-19, la situación social se ha agravado en dimensiones inesperadas; entre el encierro, la disminución de la socialización, el distanciamiento de nuestros seres queridos, las pérdidas humanas y materiales, la crisis económica y el estrés de mantener a flote las actividades cotidianas mientras a nuestro alrededor parece que el mundo se acerca a su fin inexorablemente.

En México, las consultas en salud mental se han incrementado, aunque seguimos sin soltar el estigma en torno a las enfermedades psiquiátricas y otros padecimientos que afectan la calidad de vida de las personas y, con ello, sus ganas de vivirla. Mucho vemos en redes la broma de mal gusto de “mi generación no necesitaba psicólogos, un par de golpes y se nos acomodaban las ideas” pero, ¿en realidad podemos hablar de generaciones sanas? O, en realidad, enfrentamos generaciones que normalizaron el daño mental que sufrieron y decidieron seguir adelante sin detenerse a sanar o a comprender por qué sus emociones o pensamientos podían ser explosivos o dañinos hacia ellos mismos y los que los rodean

Los más vulnerables ante esta situación somos los jóvenes, población en la que se han incrementado, lamentablemente, los suicidios, con una tasa de 15.1 suicidios por cada mil habitantes. Cada suicidio afecta íntimamente a la comunidad que rodea a la persona, no es un problema de individuos, sino de la colectividad. Como resultado, se requieren de acciones colectivas e integrales para combatirlo: la familia, las autoridades, las escuelas, las empresas y cada una de las células de nuestra sociedad.

Si bien, ha habido en la historia otras crisis económicas que han aumentado significativamente las tasas de depresión, ansiedad, autolesiones y abuso de sustancias adictivas, en esta ocasión tenemos el privilegio de estar más y mejor informados, además de que contamos con herramientas tecnológicas que facilitan pedir ayuda en momentos de crisis a nuestra red de apoyo.

El meollo del asunto se encuentra en que, no importa cuántas herramientas tengamos para pedir ayuda, mientras continue el tabú y la costumbre de minimizar los problemas mentales, el suicidio seguirá cerniéndose sobre millones de personas en todo el mundo. Estamos pasando por una crisis mundial con muchos ángulos como nunca, en la que la tecnología puede ayudar o, como en todo, destruir. Debemos ser más empáticos y unidos como sociedad, cuidarnos entre nosotros para poner nuestro granito de arena en prevenirlo.

Suena a exageración, pero hasta un gesto amable en el momento correcto puede salvar una vida.

También es primordial educarnos para identificar y atender los problemas mentales en lugar de desestimarlos: entender que, si un amigo bromea con quitarse la vida, puede haber mucho más detrás que una simple broma; entender que, si una persona querida deja de hacer lo que le gusta, puede ser una señal de alerta.

Dejemos de creer los mitos del suicidio que pregonan que quien realmente se suicida no lo expresa: muchas veces lo hacen como una discreta llamada de auxilio o como un aviso para sus seres amados. Dejemos de desestimar los problemas mentales e intentemos incorporar actividades cotidianas que nos permitan recuperar nuestra tranquilidad, entendiendo que, después de todo, es tan importante saber pedir ayuda como saber ofrecerla.

No es momento de perder la esperanza en el futuro, sino de continuar unidos con la convicción de que esto también pasará, como han pasado todas las crisis de la historia.

Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de ESPEJO.

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