Reflexiones

Óscar Fidel González Mendívil

El triunfo del Conspirador

El tío Donald conoce del negocio de la comunicación y si su intención era la violencia simbólica, lo logró.

¿Quién iba a decir que era tan fácil alborotar a una horda de engatusables? Cosa de ser figura pública, tomar el micrófono en un mitin y arengar a la tropa contra el enemigo monstruoso, quienquiera que sea, para alimentar el miedo prexistente. El resto es esperar a que la muchedumbre tumultuaria haga lo suyo.

Por supuesto que incidir en ese resultado no ocurre solo por intervenir de manera incendiaria en una manifestación popular. Detrás de ello hay años de preparar el terreno entre muchas personas, emplear los medios adecuados, alimentar las teorías más alocadas, pero sobre todo, aprovechar el malestar social al perfilar un enemigo común culpable de todos los males.

Es verdad que Trump no asaltó físicamente al Congreso norteamericano, pero sin él nada hubiera pasado ese día.

Al final de la jornada, “la bola” no resultó un golpe de estado, tampoco una insurrección y menos aún el inicio de la revolución. Fue un desmadre. No tenía objetivos claros ni organización definida, parecía pantomima o performance, tal vez mostrar el músculo, la última finta del abusón. Acción que distó de ser inocua ya que generó condiciones de encono que resultaron en la muerte de cinco personas.

El tío Donald conoce del negocio de la comunicación y si su intención era la violencia simbólica, lo logró. Ahí están las fotografías y los videos que han dado la vuelta al mundo. Y en ellas los íconos, desde la bandera de Gadsden hasta una corrupción del Capitán América que suplanta a Steve Rogers con el Güero zanahoria en el rol de héroe de la nación.

Pero aunque se trate de un héroe ficticio, la yuxtaposición de Trump en el uniforme del buen capitán es una contradicción, pues las aventuras del líder de los Vengadores iniciaron en 1941 cuando golpeó, de entre todos los villanos, al mismísimo Adolf Hitler. Una declaración más clara contra el fascismo es imposible.

Estas revolturas que decapitan al personaje para imponer la cara que representa los valores contrarios se dan porque los seguidores del complot responden más a las emociones que a las razones. El pensamiento crítico les es ajeno.

El oficio de pensar es distintivo de los seres humanos, pero si no lo ejercemos olvidamos cómo hacerlo con propiedad. Por eso el conocimiento es lo principal, nos vacuna contra la imbecilidad. Hablo de educación, no de escolaridad. Esta es la manera en que podemos percatarnos de la manipulación conspiradora y devolver el golpe.

Comentarios

Recientes

Ver más

Reflexiones

Ver todas

Especiales

Ver todas

Reporte Espejo